En el tren camino de St. Jean de Pied de Port

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Estación de Santiago.

 

 

A veces, como hoy, me cuesta ponerme a escribir. El recurso es empezar comentando lo transcurrido con excesiva imparcialidad: El tren arrancó a las 10.06. La hora que venía anunciada en el billete. Empezamos bien, pude haber dicho, pero no se me ocurrió quizá porque ya estamos acostumbrados a que los trenes circulen con puntualidad. Iba a escribir británica, como antes.   Creo que ya puedo decir antiguamente. Antiguamente, cuando la puntualidad era cosa de puntillosos y nada ocurría a la hora en que debía ocurrir sino que sucedía con un retraso que a veces llegaba a ser considerable, la puntualidad no era tal sino iba calificada de británica. Sino era británica, la puntualidad podía tener una prórroga que podía alcanzar los diez minutos. Alcanzar la modernidad consistió entre otras cosas en lograr una puntualidad a secas, sin calificativo, sin prórroga.

Me tocó el último vagón, el que descarrila, el que el profesor Barrio Doval proponía que se suprimiesen para evitar así una buena parte de los accidentes ferroviarios. Estaba vacío y fui de los primeros en entrar y pude desembarazarme de la mochila, de la pesada mochila, sin incordiar a nadie. Me tocó una plaza inmejorable. En una mesa de cuatro, la ventanilla de la derecha, mirando en el sentido de la marcha del tren, para delante. Pero cuando ya iba a sentarme, una mujer morena y baja me dijo con un dulce acento sudamericano: “Perdone señor, pero a mi me toca esa plaza de la ventanilla.” La miré desde mi altura superior en treinta centímetros a la vez que recordaba con claridad que mi billete me asignaba el número 11A. Pensé, esta debe de tener el 11 B y, a continuación, me sorprendí preguntándome ¿ creerá que es la B de Ventanilla? No le dije nada y miré para la numeración de los asientos, situada encima de la ventana, buscando alguna indicación. Solo se me ocurrió que la A va antes que la B y siempre se cuenta de fuera para adentro, así que la ventanilla le corresponde al asiento que lleva la A y ese era el mío. Pero como hasta entonces yo no había dicho nada, la mujer volvió a repetirme que a ella le correspondía la ventanilla, que le había dicho a la señora que le había despachado el billete que le diera ventanilla y que por lo tanto ese era su sitio. La miré de nuevo y seguí callado. No sabía que decirle, ni como justificar que el asiento que llevaba la A era el de la ventanilla. Por un momento pensé: si no hablo a lo mejor creé que soy un extranjero que no le entiende y se da por vencida, claro que tendría que estar todo el viaje callado y no podría decirle que me cuide la mochila cuando me fuera al Bar o al wáter. En esto, un hombre que se acomodaba en el asiento de delante, sentenció en voz alta. “La A siempre es de la ventanilla”.   Ya está, pensé, lo ha dicho el oráculo este, con la misma autoridad de un funcionario de ventanilla, y el asunto está resuelto. Pero la mujer insistió en que le había dicho a la que despachaba los billetes que ella quería ventanilla, a la vez que se iba dejando caer sobre el asiento del pasillo. Entonces ocurrió algo inesperado. Aquella mujer pequeñita y morena empezó a colocar todos su bultos de viaje sobre su regazo y yo me vi empequeñecido y aprisionado en aquel asiento que daba al paisaje, que ya había empezado a moverse, y al que nunca podría acceder. Qué agobio. Además el oráculo había utilizado un tono algo ofensivo y yo había sido una mala persona por considerar a esta mujer, que me parecía  boliviana, una analfabeta. Así que le dije que estaba bien, que se sentara ella en el asiento de la ventanilla.

Cuando la mujer pequeña y morena se sentó en su sito, lo primero que hizo tras distribuir por el suelo aquellos amenazantes bultos, fue tomar posesión del reposabrazos del medio y envolverme con su perfume dulzón, como un pachuli ajazminado.   La fastidiamos! Pensé.   Y hasta dónde vas? Le pregunté. Hasta Zaragoza, me dijo. Que horror! Juntos hasta las siete y media de la tarde. Después se descalzó, se puso unos calcetines y cruzó los brazos sobre la mesa. Al poco tiempo reposó la cabeza sobre ellos y se quedó dormida. Y así sigue.

Ya estamos camino de Monforte por la orilla del Miño, después de estar una media hora parados en Ourense. El viaje es precioso.  A pesar de que los ríos me inquietan me gusta el viaje. A lo mejor porque el río, aunque oscuro y profundo, se presenta disminuido por la altura de sus riberas con un bosque muy  espeso. Me atrevería a decir que de carballos sino fuera por el color extremadamente verde de las hojas que les están naciendo. Me sorprende la cantidad de pinos viejos y secos que se mantienen en pié en ambas orillas. No tardarán en caerse, me imagino, pues por las riberas se ven troncos que la corriente ha ido dejando atracados.

El tren va tan despacio como si redujera la marcha para que disfrutáramos del paisaje.

Un túnel nos aparta del Miño para llevarnos a las riberas del Sil. Fuera, a la salida, vemos la estación de San Estevo, pero no nos detenemos. Hacerlo hubiera sido como un viaje al pasado. A lo mejor es lo que estoy iniciando ahora. Veremos.

Un poco mas tarde el tren se aparta del río para llevarnos a Monforte. Otra parada larga. Después volveremos al sil y ya no la abandonaremos hasta un poco antes de entrar en las llanuras de Ponferrada.

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Por tierras leonesas

 

Dejo el paisaje y me pongo a enviar WatsApp a los amigos anunciándoles la vuelta a esta web. Algunos me llaman. Lo que más sorprende es que vaya solo. Bueno, me dice alguien, enseguida harás amigos en el camino. Claro que, como no bebes, es más difícil.   Y justo eso de las amistades es lo que más me asusta del viaje. Eso y que me roben la mochila.

Hay entre las personas que se echan al Camino un espíritu de cofradía, de hermandad, que no acabo de identificar con precisión pero que me repele un poco.

Es verdad que el hecho de que nos pongamos a andar mucho más de lo que nos conviene, seguramente, nos hace miembros de esa tribu de caminantes exagerados pero no tiene porque implicar que tengamos muchas más cosas en común.

Temo ese momento en que al llegar al albergue me saluden todos como si fuera de la familia. Entonces, aparentando sorpresa, les preguntaré fríamente ¿Nos hemos visto antes? .

Lo peor de todo es que para ese rechazo inicial no encuentro ninguna justificación salvo el manoseado saludo de Buen Camino que se cruzan todos los peregrinos. Durante unos años tuve que soportar a una persona a la que no acababa de comprender. Lejos de ser transparente era endemoniadamente falsa. Podía estar hablando contigo todo el día y no decirte absolutamente nada, a pesar de las confidencias que tu te habías visto obligado a hacerle. Ese hombre, que me obligaba a estar en guardia permanentemente, me saludaba siempre sonriente y con un efusivo “Buen Día” y no con el generoso “Buenos días” de siempre.

Bueno, ya veremos. Tampoco la soledad es mi fuerte. Todavía recuerdo con pavor mi escapada a Grándola. Una vez que dejé las cosas en el hotel salí a la calle y me encontré solo. Peor que solo. Estaba en la acera, tenía que cruzar una calle adoquinada para poder sentarme en un jardín alargado que, como si fuera un amplio bulevar, marcaba el centro del pueblo. Pero me quedé quieto, ensimismado. Más allá de las losetas que ocupaba en la acera no había nada. Era la soledad en vertical, el abismo. Y eso que hacía sol… pero en el hotel hacía un casi imperceptible frio mortal. Hice bien en escaparme de mi escapada.

Todo son dudas en este preámbulo del camino.  Me uniré a algún grupo? Rechazaré toda congregación?  Soportaré la soledad?  Acabaré harto de tanto esfuerzo físico?  Me aguantarán las rodillas? Y los pies?

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Por tierras de León

 

El Tren sigue con lentitud buscando nuestro destino.  y le cuesta encontrarlo.  Se para en todas partes pero se bajan menos de los que suben.  después de atravesar las llanuras de Castilla que parecen cuadros de la abstracción americana, de enredarnos en Burgos y en Miranda llegamos a Vitoria con casi cincuenta minutos de retraso y a Pamplona con casi media hora.  La puntualidad recobró su sentido de la medida vigente en la mitad del siglo XX.

La mujer boliviana y yo nos hicimos amigos, resultó ser tan dulce como insistente con lo del asiento de la ventanilla.  Trabaja de cocinera en caldas y cada poco , siempre que puede, se acerca a Zaragoza en donde reside toda su familia: su hija y su nieta.

Como era tarde, llamé al hotel diciendo que me retrasaba.  Un hombre había quedado en esperarme hasta las diez e iba a llegar pasadas las once de la noche, después de trece horas de viaje.

 

La noche se hizo antes de que llegáramos a Pamplona.  Una pena.  La carretera por los Pirineos impresionante incluso en esta noche oscura.  y Saint Jean de Pied de Port, un lujo.  parece que todos sus habitantes se han puesto de acuerdo para hacer de su pueblo un pueblo hermoso.  Mañana antes de iniciar la ascensión me daré una pausada vuelta.  Ahora son las 0.13 y voy a ver si duermo algo.

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Por tierras de León

 

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