Diecisiete de enero

DSC_0455Etiopía vive un momento prolongado de exaltación del espíritu nacional.  Los colores de la bandera del país están por todas partes, en las cintas que llevan en el pelo las mujeres, en las muñecas de los hombres que se sientan en las terrazas de los mejores hoteles, en las defensas de los todoterrenos, en las camisas de los niños que visten de fiesta, pero también en los bajajs y en las gorras y en las camisetas de los trabajadores.  Sigue leyendo

Dieciséis de enero

DSC_0124En el mercado de Jijiga me encontré con personas que vendían un solo producto.  La mujer que traficaba con los tomates de su huerta, la que lo hacía con las lechugas y la que se apostaba detrás de dos carretillas de plátanos.  Tiendas monoproducto. Había una mujer, que ni siquiera estaba en el centro, a la que se le podían contar las patatas que tenía a la venta.  Cuando no hay nada incluso unos céntimos son dinero.  Un hombre esperaba sentado en una silla a que la gente quisiera usar su báscula para cobrarle por decirle lo que pesaba. Sigue leyendo

Quince de enero

DSC_0027Hoy, después de comer, cuando iba andando hacia el Hotel Triangle, donde quedé con el cooperante después de su trabajo,  dos hombres jugaban la partida en un bar que hace esquina cien metros antes.  Me hizo gracia que tuviéramos la misma costumbre.  Ellos juegan a las damas y los de ahí, por poner un ejemplo, al dominó a cien metros del Hotel Compostela. Me pareció todo tan igual.  Con la diferencia de que ellos jugaban a las damas habiendo hecho un tablero con un cartón y un lápiz de colores y convertido en damas blancas unas chapas de cerveza boca arriba, y en damas negras las que iban boca abajo, o al revés.  Sigue leyendo

Catorce de enero

DSC_0325Probablemente sea una idiotez, pero es una forma mas de acercarme a la vida diaria en Dire Dawa, la que ha sido y a lo mejor todavía es, la segunda ciudad de Etiopía.   Todas las mañanas al salir a la calle de arena, tierra, piedras, arbustos, restos de animales y trocitos de bolsas de plástico y de botellas de agua en la que está nuestra casa, me encuentro el espacio delantero de cada portalón impecablemente barrido o, todavía barriéndolo, a alguna vecina o a una de las chicas que trabaja en la casa ante la que barre, posiblemente a cambio de cama y comida.  Sigue leyendo