Nueve de enero. Otra vez domingo en Kuito

Otra vez domingo en Kuito

Otra vez domingo en Kuito

Es domingo en la ciudad.  L os vendedores ambulantes han recogido su mercancía la Plaza Espello da Agua, el corazón de este centro asfaltado.  Tampoco están en el cruce de la cafetería «Esplanada», ni delante de la tienda la «Moda Tuga», ni junto a la panadería.  Es domingo en Kuito, es día de descanso. Hay menos ajetreo y, sobre todo, la gente se ha vestido de domingo.  Yo creo que son, sobre todo, los que acuden a sus oficios religiosos, católicos en su inmensa mayoría.   Sigue leyendo

Ocho de Febrero. La moda en Kuito

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Muchachas en Kuito

 Hoy hace tanto sol y  hay tanta luz en todas partes que tengo que buscar un lugar oscuro para trabajar. En los lugares de nuestra casa en que hay silla y mesa es imposible, apenas veía si la pantalla del ordenador estaba encendida.  Es por la mañana, claro, las diez y media.  Pero estoy desde las siete haciendo fotos e hice tantas que quería ir ya con una primera selección. Sigue leyendo

Siete de febrero. Tomar conciencia en Africa

 

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Constantemente me llegan noticias de la gente que se está esforzando por dar conocer la realidad de África, de proyectos que se están desarrollando para conseguir que mejore un poquito la vida de las personas que viven en este continente.  La última, al margen de las que vivo diariamente, es el  de los memory books africanos, esos libros que escriben los padres enfermos de sida en los que intentan transmitir a sus hijos, demasiado pequeños para entenderles, sus sentimientos.  Sigue leyendo

Seis de febrero. Viaje a Nharea

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A las siete de la mañana el Cooperante se detuvo a pensar en cómo podía salvar el día. Todavía estábamos en Kuito y la baja inesperada de una de las personas que iba a acompañarnos trastocaba todos los planes previstos.  Simplemente no se presentó.  Cuando fue el conductor a recogerlo a su casa no estaba, se había ido a hacer footing.  Ves, me dijo el cooperante, lo difícil que es trabajar en Angola.  Un argumento más para la conversación que habíamos mantenido la noche anterior. Sigue leyendo

Cuatro de febrero. Volviendo a Angola

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Fue un duro golpe volver a la realidad del siglo XIX, al hambre, a la malaria, a la lepra -850 nuevos casos se han dado en el 2013 en Angola- y a la muerte por cólico miserere.  Las doce horas que nos costó llegar a casa fue la benévola penitencia por nuestro exceso.  Nos gastamos en cuatro días el salario de dos meses de un trabajador.  Y ni siquiera vivimos como los que viven bien, como los que habitan Ponta da Restinga. Sigue leyendo

Tres de febrero. En las playas de Punta da Restinga

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Salimos después de desayunar rumbo a Lobito.  No teníamos prisa pero tampoco queríamos perder el tiempo.  Así que después de tomarnos nuestro bolloo con mantequilla y mermelada de uva nos fuimos con nuestras mochilas a la avenida principal a ver si cogíamos un candongueiro que no fuera muy agobiante.  Si es que existen.   Antes  de seguir, un consejo.  Nunca le llaméis candongueiro, les parece fatal.  Ellos dicen que son taxis.  Y serán, pero son lo más parecido que hay a un candongueiro. A los taxis, como los conocemos nosotros, por aquí les llaman taxis particulares. Y a los candongueiros, les llaman simplemente taxis, cuando por lo menos deberían llamarles colectivos. Sigue leyendo

Uno de febrero. Encantados en Benguela

Caota desde Caotiña

Caota desde Caotiña

El termómetro debía de rondar los 40 grados en Benguela.  Llegamos sobre las doce de la mañana después de seis horas de viaje.  A última hora de ayer dos compañeros de el Cooperante decidieron pasar aquí el fin de semana y nos vinimos con ellos.  Lástima que se vuelvan mañana.  Nosotros lo haremos el martes en autobús, disfrutaremos de unos divertidos transportes públicos. Sigue leyendo

Treinta y uno de enero. Cuando llueve en Kuito

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Ayer llovió tanto que me creí en Macondo.  Vino el cooperante a buscarme al Cíber, a meterme prisa, mucha prisa, porque el cielo se estaba poniendo tan mal, tan mal, que no podía esperarse que sucediera nada bueno.  Me faltan diez minutos, le dije.  Y quedamos en que le saldría a la cafetería de la explanada.  Date prisa, pero mucha prisa que no sabes como está el cielo, me dijo antes de irse.  Sigue leyendo