4º DÍA EN LA HABANA. 6 DE OCTUBRE DE 2018

Es sábado, no se puede desayunar en cualquier sitio.  Los habituales suelen estar cerrados y estos suelen ser los mejores.  Intento aprovecharme y pasar de esta primera ingesta, que es como mi médico de cabecera le llamaría al desayuno. Pero no paso, cedo ante un pan con perro. Después me dejo caer por el Habana Libre a tomar una Coca Cola mejicana, que se anuncia “con menos azúcar”.  Me parece que en este viaje no voy a perder kilos. Del anterior volví con cuatro menos.

Está nublado, anunciaban tormenta y lluvias para hoy, pero una nube blanca, inmensa, se ha quedado quieta sobre La Habana y no creo que pase de ahí.  Además, como se ha levantado un poco de viento se está muy bien en la calle.   Eso me anima a dejar la cafetería y salir a buscar algún tipo de pegamento para reparar la cámara; se le está despegando, por una punta, la goma que recubre casi todo el cuerpo.  Es como si quisiera irse porque a pesar de los cuidados con que la trato cada vez hay más goma despegada.  

En la primera tienda de fotos que hay al otro lado de la calle, un poco más abajo del cine Yara, me atienden con mucha amabilidad: Ay! No, no tenemos.  A nosotros se nos empezó a despegar una igual y acabamos con la cámara pelada, me dicen. Que horror!  Estuve a punto de lamentarlo, porque me lo dijeron como si hablasen de una persona; pero solo les pregunté en dónde podía arreglarla.  Mire en esa otra tienda que hay enfrente, me aconsejaron sin atisbo de miedo a la competencia.

Lo hago y tampoco en esta otra tienda de material fotográfico tienen ningún tipo de pegamento, pero me recomiendan una solución, que me pareció muy casera, que le pegase un papel adhesivo. “Lo tiene en la librería que hay en la 27 con L”.  Le agradezco el consejo y me marcho sorprendido de que no tengan un rollo de cello, como le llamamos en Galicia en honor al fabricante que nos lo dio a conocer.

Me vuelvo a la cafetería del Habana Libre, la joven que me dejó fotografiarla cuando salí, está sentada en la mesa de enfrente.  Habla por teléfono y me mira, pero creo con esa mirada que va más allá de mi.  No es nueva. Hace tiempo que he aceptado que soy transparente para las muchachas jóvenes.  Así que la miro con detenimiento, es una joven guapa, de talla menuda, seguramente una M o una S y está muy arreglada.  Ahora se ha dado cuenta de que la estoy mirando y me sonríe. Si, es a mi.  Porque detrás solo tengo la pared.  No le respondo y me concentro en el ordenador.  Pero cada vez que levanto la mirada la suya sigue pendiente de lo que hago y me vuelve a sonreír.  Entonces comprendo de que va el juego y me desentiendo.  Cuando vuelvo a levantar la vista ya no está.  Ah! Si, está sentada en las escaleras que bajan a la 23, me da la espalda, pero la veo teclear en su móvil.  Pero, como si sintiera mi mirada, se da la vuelta, nos miramos y me dice, vamos!  Le digo que no.  Repetimos la escena tres veces hasta que me lo pide por favor, le digo que no, le echo un beso y le digo adiós, me lo devuelve y se va.  La veo alejarse por la 23 hacia la Plaza del Quijote. No lo siento, creo que no hubiera sido capaz de sacarle nada hablando con ella, demasiado joven. Con otras mujeres sí que me he arrepentido de dejarlas ir sin más, fue con aquellas que iban tan cargadas con una historia que se les notaba.

Se acerca el mediodía voy a pasarme por la librería a ver si además de papel adhesivo tienen algún tipo de pegamento.

Nada más entrar, a la izquierda de la puerta hay una mujer sentada detrás del mostrador, me parece que es la cajera.  La saludo y le muestro la cámara a la vez que le pregunto si tiene algún tipo de pegamento.  No, me dice, lo siento, pero esto solo lo puede solucionar con goma loca.  ¿Goma loca? Le repito por miedo a haberle entendido mal.  Si, solo con goma loca.  ¿Y dónde puedo encontrarla? Pensando que me iba a responder con el chiste fácil: en una papelería psiquiátrica, pero no. Me dijo: Pues no lo sé la verdad.  Para un momentito le puedo hacer aquí un arreglo; pero se le va a estropear tan pronto la use un poco.  Y sacó un rollo de cello de debajo del mostrador y me hizo el arreglo.

Para comer había quedado con Nuestro Hombre en La Habana que me llevó a uno de sus restaurantes preferidos, uno que hay de cuatro mesas entre la J y la H, cruzando la 23.  Y comimos, como no, como cubanos.  La cuenta nos salió por 5 dólares a los dos y yo me comí un pescado rebozado con arroz con frijoles, unas virutas de lechuga, una rodajita de patata y dos jugos de mango. No fui capaz de comérmelo todo, dejé la mitad de lo que me habían servido, que se lo comió mi compañero que al parecer no le había llegado con los dos zancos completos de pollo y el arroz con frijoles que le habían puesto.

El postre me lo tomé en la dulcería Almendrares, un pastelito de dulce de guayaba coronado de nata.  Nuestro Hombre en la puerta de la pastelería dio la espantada.  Amenaza lluvia –me dijo- y necesito ponerme a cubierto antes de que se desate el aguacero.  

La tarde se había puesto oscura pero no llovió.  Tan solo unas gotas a última hora cuando ya me retiraba agotado de no haber hecho nada un día más. 

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