Museo Napoleónico. 25 de octubre de 2018

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Museo Napoleónico. La Habana.

En la calle me encuentro a mi vecino, el del segundo, el marido de la mujer que me ayudó el primer día cuando me quedó la llave en la cerradura y tuvieron que venir los vecinos, cada uno con sus artes, a tratar de extraerla. Al final fue alguien con unos alicates quien logró sacarla.  Que se estropee la cerradura del portal afecta a toda la comunidad y genera un gran problema, no es fácil conseguir una cerradura nueva y difícil también hacer tantas copias de llaves para tanta gente.  Fue un recibimiento extraño, desde aquel día uso la misma llave, no encontré quien me hiciera una copia de la original, y no ha vuelto a pasar nada. 

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Jardín en la calle Espada La Habana.

Esta mañana desde el balcón vi que una mujer arreglaba el jardín que está delante del portal contiguo.  Estaba en el medio del parterre, con una escoba en la mano y un gran saco de plástico al lado.  Hablaba con un hombre que aun estando casi en vertical me pareció mi vecino.  

Al salir, estaba en la puerta del portal y le saludé.  Su mujer me había dicho que los viernes tocaba jardín, hoy es jueves y ahora estaba otra mujer arreglando el jardín de al lado, el tercero de los de delante de la casa, así que le pregunté cómo se organizaban los turnos de jardinería.  No hay organización, me dijo,  ese lo arregla ella y estos dos, los de delante de nuestro portal, los arreglamos mi mujer y yo porque nos gusta vivir en un sitio decente.  También arreglamos los del patio de atrás. Cuando llegamos hace quince años a vivir a esta casa, aquí delante había una montaña de porquería y escombros y en el patio la maleza y la suciedad lo cubrían todo, incluso el depósito de agua. No sé cómo eran capaces de vivir así. Y siguió hablando y quejándose de los vecinos que arrojan de todo por las ventanas y que si se les dice algo se ponen bravos, y de los niños de la calle que rompen las plantas.  Y de la gente que es muy sucia, que tira todo lo que le sobra directamente al suelo, papeles, latas, botellas.  Incluso la basura no la llevan al contenedor, la lanzan al contenedor y no siempre aciertan.  

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Jardines en la calle Espada. La Habana.

Pero la calle está limpia, incluso muy limpia, le digo.  Si, es el barrendero que es un hombre muy amante de su trabajo, es muy mayor pero es muy cuidadoso.  El tiene estas tres calles de aquí.  Empieza a las cuatro de la mañana.  Mi mujer le baja todos los días a las seis y media una taza de café. Es un hombre muy bueno.  Sin embargo, el de esa otra calle se limita a barrer, solo tiene la escoba, no tiene carrito y acerca toda la basura de la calle hasta el contendor, pero con una escoba es imposible traer toda la basura, y llega con lo que llega.

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Parcela/plaza junto al Parque de Trillo. Centro habana. La Habana.

Mi vecino del segundo es de los que le gusta hablar, así que me despedí como pude y me fui a la placita de internet.  La rutina es como un animal de compañía, siempre está por el medio marcándote el ritmo.  Después de la ducha, el agua y las pastillas, toca internet, leer unos periódicos cada vez peores, hablar con la familia y preguntar por esos cuatro amigos que aun quedan y después el desayuno.

De camino a la placita vuelvo a fotografiar a los gatos delante de la carnicería que comparte tenderete con los agricultores del barrio. No hay pescaderías en Cuba, no he visto ninguna.  

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Agro Mercado en San Martín. Centro Habana. La Habana.

Me entretengo poco en la placita.  Hay clase de gimnasia; las gimnastas de días pasado han envejecido, se le han resumido las carnes y aflojado las mallas.  Están más lentas y han perdido ritmo.  Es otra gimnasia y son otras mujeres.  Son mayores, los ejercicios son tan suaves que incluso a mi me sorprende que a eso le llamen ejercicio. Es sorprendente como el tiempo va a agarrotando las articulaciones y debilitando los músculos.  A cierta edad cualquier movimiento requiere un esfuerzo que demanda concentración para ser capaz de hacerlo.

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Parque de Trillo. Centro Habana. La Habana.

Desconecto y me voy.  En Centro Habana, donde vivo, no he visto a la gente haciendo taichí por las mañanas. En el viaje anterior solo vi taichí en las plazas ajardinadas de El vedado. No he pensado a dónde ir esta mañana así que me dejo llevar.  Estoy delante de una carnicería esquina Concordia que he retratado muchas veces desde fuera.  El carnicero está solo y me detengo a hablar con él.  La carne está cara, me dice.  Una libra cuesta 55 pesos, exactamente 2 euros.   Pero, ¿cuántos gramos tiene una libra? Le pregunto.  12 onzas, me dice.  Ah!  ¿Y cuántos bistecs entran?  Cinco, está cara, me dice.  Le hago las fotos y me voy pensando que por 55 pesos se puede uno tomar 11 bocatas de jamón o casi 20 jugos de fruta. Está cara la carne, si.

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Carnicería, Concordia. Centro Habana. La Habana.

Desayuno en el Biky, un jugo de fruta bomba, que es papaya, y un pan con perro con mostaza y kétchup.  Pago 7 dólares por lo que hubiera pagado 1 en la Casa del Pan con Perro, en la 23, y mucho más rico.  Recuerdo que tengo que ir hasta el edificio Focsa, el que fue uno de los edificios de ingeniería civil más importante de latinoamérica, en su momento,  que está casi al final de la calle M, la calle que termina en la embajada americana y cuya primera casa casi tengo enfrente. Me voy para allá.

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Paso de peatones en la 23. El Vedado. La Habana.

Me detengo en el Bodegón de Theodoro porque una de las mujeres que trabaja allí, la joven esbelta de color caoba, me detiene en la puerta.  No quiere nada, matar el tiempo.  No se debe de gustar con el uniforme negro que lleva puesto y busca en su móvil una foto para que la vea vestida de color azul con el que se siente más favorecida.  Mientras lo hace la fotografío de cerca, demasiado de cerca.  Pero su cara es joven y lo aguanta todo.  (Qué hija tan guapa tienes, Adolfo.  Es juventud, es juventud, decía con humildad mi abuelo cuando alguien se sorprendía con la belleza de mi madre).  

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La Habana.

Al fin la mujer encuentra la foto, me la muestra y me pregunta: ¿sabes quién es esta belleza?  Me pone el móvil tan cerca que, sin gafas, no distingo nada más que el vestido azul; pero me arriesgo:  Tú.  ¿A que estoy guapa?   Guapísima, como esta mañana.   Y antes de saber lo que quiere decir su sonrisa me despido.  Vuelve a verme, me dice.  Siempre.

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almendras. La Habana.

A la entrada de la calle M me detengo en la frutería, busco el juego de colores en el mostrador de la fruta y como noto que al vendedor no le molesta lo fotografío a él y a los precios y busco la foto que pueda dar la imagen de lo que yo veo.  Pero no sé hacerlo.   Pues si que la carne es cara, me digo viendo los precios de la frutería.  

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frutería. El Vedado. La Habana.

Un poco más allá, están pintando la fachada de una casa de dos pisos que han convertido en un hotel, que ahí llamaríamos con encanto.  Tiene muy buena pinta y la casa me gusta y más ahora que está recién pintada.  Estorba el inseguro andamio que está en una esquina, delante de la puerta.  Hechas las fotos oigo que alguien me llama. Foto, foto, Foto.  Es el muchacho que da los últimos toques a la fachada, a la altura de la cornisa.  Se la hago y se queda feliz.

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Pintor. El Vedado. La Habana.

La calle M empieza con una pequeña subida y tras un cambio de rasante desciende hasta el Malecón.  Bueno, no llega al Malecón porque se interpone la Embajada Americana, hoy casi abandonada. Otra vez.     En la bajada, a la altura de la 25, hay unos taxistas sentados en la calle, uno me pide que le haga una foto.  Se la hago y posa feliz con el pulgar levantado indicando que está de acuerdo.    Es mucha la gente que me pide que le haga una foto.  Pensarán que es una forma de viajar, de ir por el mundo, que alguien te lleve con él al extranjero.  En Kuito, una provincia del interior de Angola, en las aldeas alejadas había gente que no quería que los retratases porque les robabas el alma.  Aquí lo quieren, quizá piensen que su alma se va a ir conmigo en el avión de Iberia del próximo domingo.

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Taxistas. La Habana.

Hoy las colas de Etecsa, la telefónica cubana, están mezcladas. Los que van a hacer gestiones y los que vamos a comprar tarjetas para navegar por internet estamos en las dos colas.  El barullo se deshace rápido cuando se dan cuenta que la de las tarjetas va más rápida.  Yo, experimentado en estos gastos, me había colocado bien y salgo rápido.

Dejo el Focsa y me voy al Habana Libre, el hotel donde Fidel Castro montó su cuartel general cuando entró en La Habana.  Este hotel es de Meliá y está bastante abandonado.  La gestión no es buena.  En muchas ocasiones los cuartos de baño están cerrados.  Solo son para los clientes del hotel o de la cafetería. Pero en la cafetería no te los abren. Hoy están cerrados todos.  Me acerco a la recepción del hotel y una mujer del mostrador, sin necesidad de enfadarme, me facilita una llave para entrar en cualquiera de los servicios.  Se lo agradezco, cuando intento devolvérsela me dice que la conserve. Vale oro. 

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Cola en Etecsa. Edificio Focsa. La Habana.

Como en el Habana Libre y espero a que llegue la hora en que abran el Museo de Napoleón.  La de hoy será la tercera vez que intento visitarlo.  La primera vez estaba cerrado y no encontré ningún cartel con el horario en que abre al público; la segunda, al entrar me salió una mujer diciéndome que había llegado tarde, que cerraban en unos minutos.  No lo visité, por supuesto, pero conseguí saber cuando podía hacerlo. Y creo que hoy es el día.

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Museo Napoleónico. La Habana.

La sede del museo de Napoleón está en la última casa de la calle San Miguel, la que está más cerca de la Universidad de La Habana, es la “Dolce Dimora”, la Dulce Morada que le llamaba Orestes Ferrara, el hombre que la mandó construir encargándole el proyecto a los arquitectos que levantaron el Capitolio.  Orestes Ferrara era un napolitano que llegó a la isla con 20 años, en 1896 y se unió a la lucha por la independencia.   Fue catedrático de Derecho Político en la Universidad de La Habana, periodista propietario del heraldo de Cuba y ocupó asiento en la Academia de la Historia.  Hablaba 5 idiomas y poseía una vasta cultura.  También desarrolló una vida política muy activa y controvertida.  Fue Presidente de la Cámara de Representantes y ministro de Hacienda y de Estado durante el gobierno dictatorial de Machado por lo que en su momento tuvo que exiliarse. De regreso a Cuba se reincorporó a la vida cultural y política siendo elegido representante en la Asamblea Constituyente y, desde la creación de la UNESCO hasta 1959, fue embajador de Cuba ante esta organización.  Como figura del gobierno de la derrocada dictadura de Fulgencio Batista, volvió a optar por el exilio, muriendo en Roma en 1972.  Tras la Revolución pasa la casa, como todas, a ser propiedad del estado; pero, en su caso, por abandonar Cuba y exiliarse, pierde también el usufructo, razón por la que no ha recuperado la propiedad en el momento que el Estado las ha devuelto.

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Museo Napoleónico. La Habana.

Desde 1961, la “Dolce Dimora”, la Dulce Morada, como le llamaba Orestes, fue destinada a Museo Napoleónico, con una colección formada a partir de la del magnate azucarero cubano, Julio Lobo Olavarría.  Julio Lobo Olavarría otro personaje como Orestes Ferrara, pero nacido doce años mas tarde y en Caracas.    Fue traído por sus padres  de recién nacido a Cuba.  Estudió en estados Unidos, donde se graduó de Ingeniero Agrónomo y cursó una maestría. Por su amplio conocimiento sobre la caña de azúcar, la tradición bancaria de la familia y sus dotes para los negocios pudo convertirse en el más importante productor y exportador de caña de azúcar del mundo.  Sobresalió como banquero, dueño de poderosas y diversas empresas, y fue accionista de importantes sociedades mercantiles como las de electricidad y ferrocarriles. Logró adquirir en Europa y Estados Unidos múltiples objetos relacionados con Napoleón I, de quien fue un apasionado admirador.   Su casa de El Vedado y otras viviendas en sus centrales azucareras estuvieron decoradas con armas, libros, souvenirs y obras de arte evocadoras de Napoleón.

Al abandonar el país en 1960, su colección, una de las más importantes del mundo, pasó a formar parte del patrimonio nacional cubano. Murió en Madrid en 1983.

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Museo Napoleónico. La Habana.

En el 2010, la Oficina del Historiador de la Ciudad realizó una cuidadosa restauración del inmueble y de las valiosas piezas que atesora. Entre ellas se encuentran: un busto de Maria Antonieta de Félix Lacomte (1737-1817). Mesas y cómodas francesas del siglo XIX estilo imperio en las que se combina roble, caoba, bronce y mármol; relojes de la época de bronce, esmalte y coral; candelabros de bronce y mármol; poltronas estilo imperio de roble y seda; la mascarilla mortuoria de Napoleón en yeso;  jofainas, mesas y lámparas y un cajón de aseo para hombres

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Museo Napoleónico. La Habana.

Igualmente se exhiben en el museo: una vitrina con miniaturas militares de principios del siglo XX, en la que se reproduce desde Napoleón y a muchos de sus mariscales, al general Junot, a oficiales del estado mayor francés, timbaleros y soldados con los diferentes uniformes de la caballería y de la infantería francesa.  Así como soldados de las distintas compañías de los ejércitos ruso, inglés, austríaco y prusiano.  Retratos de Napoleón en diferentes momentos de su vida, de sus hermanos

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Museo Napoleónico. La Habana.

También pueden verse una colecciónd e casacas, como la de un juez francés del siglo XVIII, la casaca de un funcionario del primer imperio, del siglo XIX, la casaca de un Heraldo de Armas, de la policía municipal de Paris de 1830, la casaca de un funcionario del Primer Imperio, del s.XIX y una de las casacas que utilizó Napoleón Bonaparte siendo Primer Cónsul. 

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Museo Napoleónico. La Habana.

También se exhiben en esta casa de la calle S. Miguel,  el sello de las caballerizas de la Emperatriz Josefina; diferentes medallas e insignias de otras tantas órdenes militares de la época, medallas conmemorativas de algunas victorias napoleónicas, una carta manuscrita de Napoleón Bonaparte, como general Jefe de la armada de Italia; dos relojes de bolsillo que pertenecieron a Napoleón, un mechón de sus cabellos, su cepillo de dientes, una pieza dental, una sortija con camafeo con el perfil de Napoleón y tabaqueras con el mismo motivo, y un ramillete de siemprevivas que procede del jardín de Longwood, última residencia de Napoleón.

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Museo Napoleónico. La Habana.

Además, a esta colección se unió un reloj de oro que perteneció a Napoleón que los herederos del médico que lo cuido en Santa Elena, doctor Francisco Antonmarchi, le regalaron a Raul Castro Ruz, general del ejército de Cuba, con motivo de su boda Vilma Espín Guillois celebrada el 26 de enero de 1959 en Santiago de Cuba.

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Museo Napoleónico. La Habana.

Antes de dejar el Museo de Napoleón, paseo la casa y su jardín. Disfuto del lujo con que la diseñaron los arquitectos Evelio Govantes y Félix Cabarrocas, busco el detalle, la piedra de jaimanitas, las maderas de caoba y cedro y los mármoles y vitrales italianos.   Pienso en Orestes Ferrara, el napolitano culto, en su Dolce Dimora y lamento que tanta exquisitez solo supiera conjugarla sirviendo a los regímenes dictatoriales, el de un sátrapa como Gerardo Machado, admirador de Benito Musolini,  y el de un títere criminal como Fulgencia Batista.

Se ha ido la tarde, llamo a Nuestro Hombre en La Habana y le cito para cenar en el Biky.  El día merece una cena con sobremesa y un paso por la noche.

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Museo Napoleónico. La Habana.
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Museo Napoleónico. La Habana.
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Museo Napoleónico. La Habana.
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Museo Napoleónico. La Habana.

Museo Napoleónico. La Habana.

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Museo Napoleónico. La Habana.
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Museo Napoleónico. La Habana.
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Museo Napoleónico. La Habana.
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Museo Napoleónico. La Habana.
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Museo Napoleónico. La Habana.
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