El Mambí. 24 de octubre de 2018.

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La Habana.

La luna me levantó esta noche de la cama y me resultó irresistible , le hice unas fotos sobre el vecindario.  No niego la atracción que la luna ejerce sobre mi, no me gusta la noche que despierta mis miedos y la luna le quita lo oscuro y me permite disfrutar de su calma. A primera vista no son unas vistas bonitas, pero como la belleza no existe si no sabes verla, yo me esfuerzo por buscarla en el juego de luces y sombras incluso de noche.  Pero me temo que soy muy torpe.

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La Habana.

Me levanto y tras la rutina de los primeros momentos, ducha, pastillas y el medio litro de agua, sigo con lo habitual: media hora de internet, o lo que convenga, en la placita que hay detrás del segundo rascacielos de 20 pisos que está más cerca.  Allí las mujeres de ayer siguen haciendo gimnasia, quiero creer que habrán vuelto a la clase de esta mañana.

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La Habana.

A veces la conexión con internet se pone brava, que es una manera muy cubana de considerar una reacción tenaz e impertinente en contra de tus deseos. Así que me paso más tiempo del pensado en la placita.  Tantas veces tuve que poner el nombre del usuario y la clave de mi tarjeta en el móvil que llegué a aprenderme de memoria los 24 números que tenía que escribir.  En los tiempos en que me rendía y esperaba a recuperar la esperanza de conectarme, me entretuve en mirar los zapatos de la gente intentando interpretar a sus dueños asunto en el que ando todavía en pre-escolar, pues nunca logro descifrar su mensaje.

También me quedé con los guardias y sus perros que pasearon la plaza más por pasar el tiempo que por buscar nada.  Con un mujer gorda y floreada que cruzaba la plaza y con dos mujeres blancas que hablaban con entusiasmo por el móvil.  Suelen llamarme la atención las mujeres blancas en Centro Habana y la Habana Vieja.  Se les ve menos por la calle.   Hoy La Habana es mestiza, el aluvión de personas de origen africano venido desde las provincias de Oriente produjo este mestizaje de la capital que hasta hace no muchos años era eminentemente de personas de origen español.  La verdad es que ese color canela de la piel mulata es mucho más bonito que el blanco o el negro.

La Habana.

Dejé la plaza donde todo el mundo, menos los perros de los guardias y los guardias, está enganchado a internet y ya en la calle San Rafael la primera foto con que me encuentro es con una mujer hablando por un teléfono de pared.  Si no fuera por el contraste con lo que acababa de ver ni me hubiera dado cuenta. Los primeros días del primer viaje si que me llamaban la atención las cabinas de teléfonos en la calle o la hilera de teléfonos en algunos soportales, con uno sujeto en cada columna.

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La Habana.

En la misma calle San Rafael una escombrera me molesta el paso. La Habana es una ciudad sucia y dejada. Los escombros de las muchas obras que se están realizando se tiran junto a los contenedores y pasan días antes de que se pase a retirarlos.   Hay una ONG que trabaja en la elaboración de un proyecto de recogida de escombros. El otro día, la señora de la casa en la que me hospedé en Cienfuegos que acababa de regresar de La Habana, me comentó la sorpresa que se había llevado al encontrarse con una Habana en obras.  Es verdad que hay tres o cuatro calles levantadas y escombros junto a muchos contenedores.  Pero me hizo gracia la frase, la Habana en obras por tres o cuatro calles levantadas, porque en España escuché a más de un alcalde orgulloso porque su ciudad estaba en obras, pero ellos me daban el número de grúas que había en pie. En La Habana también las hay, pero a esta mujer no le llamaron la atención o no las vio porque están junto al malecón, son las de las obras de dos o tres hoteles que están construyéndose

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La Habana.

Alcanzo la calle Infanta y los colores de las casas me entretienen, de nuevo un muestrario de colores en un mismo edificio.  Sigo y son unas flores las que me llaman, asoman por la puerta de una casa.  Alegra verlas.  El color elimina la miseria, supongo.  Detrás de ellas, en el interior de la casa/floristería, una mujer dormita en una mecedora.

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La Habana.

Llego a la calle San Lázaro, a la altura del Biky, cruzo por el paso de peatones y subo hacia la calle L.  La alcanzo y en la esquina del Hotel Colina hay un hombre vendiendo dulce con la camiseta de Javi el exjugador del Barcelona.  Le avisan de que le estoy fotografiando y se da la vuelta para salir saludando.  Me imagino a que a la afición blaugrana.

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La Habana.

Me escapo del calor al Hotel Habana Libre  y allí me entretengo hasta media mañana en que recibo la llamada de Nuestro Hombre en La Habana, quiere que comamos juntos.  Es muy temprano, le digo, no tengo hambre.  Y tampoco me apetece comer su comida cubana por dos dólares, prefiero un pan con perro en los jardines de Copelia.  Y encima es más barato.  Pero prefiero quedarme leyendo a Philip Kerr

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La Habana.

Lo primero que como es una o dos horas más tarde, me compro un bizcocho borracho, en un puesto con el que me encuentro en la calle San Martín, camino de casa.  No me gustan los pastelitos borrachos; pero solo le quedaban dos tipos y los otros eran estaban bañados de chocolate.  Peor aun.

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La Habana.

Duermo y leo, duermo y leo bajo el chorro del aire frio.  Estoy tirado en la cama desnudo, me acabo de dar una ducha de agua fría, como siempre, nunca he abierto el grifo de agua caliente durante todo el mes.  Me llama Nuestro Hombre en la Habana por si quiero tomarme un café en El Café, esa cafetería que hay en la calle Amargura, entre Aguacate y la Plaza del Cristo.  Del Cristo del Buen Viaje, le digo. Si, me confirma.  Le digo que estoy en casa y dice que pasa a recogerme. Mejor, no, se corrige, sal a la calle San Lázaro y cogemos un almendrón.  Me acuerdo de mi madre que siempre que se subía al coche se santiguaba y le decía algo, que nunca oía, al Cristo del Buen Viaje y a San Cristobal.  Solo a ella le escuché hablar de este Cristo, también es el único Cristo con apellido. 

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La Habana.

Me doy prisa en vestirme y recorrer los cuatrocientos metros de la calle Espada.  Cuando llego está en la acera de la esquina con San Lázaro esperándome.   Los almendrones vienen llenos.  De repente aparece uno vacío y lo paro.  Cuando se está acercando a la acera Nuestro Hombre me grita:  ese no, que cobra mucho.  el conductor me pide 5 dólares.  Hace un calor de muerte y llamo a Nuestro Hombre y le indico con la mano que solo son 5, me mira mal y me da un no rotundo.  El taxista me baja a cuatro, transmito la oferta.  Le sigue pareciendo mucho, se lo digo al taxista que me pregunta: ¿De dónde es ese, es catalán?  No, gallego, le digo.  Y se marcha escopeteado.

La Habana.

Los coches que nos paran son solo los almendrones que buscan turistas. Esconde la cámara, me pide Nuestro Hombre.  ¿Tu crees que es la cámara? Le pregunto.  Me mira la gorra, la camiseta, el pantalón corto y las sandalias.  No, déjatela.

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La Habana.

Nos bajamos en Galeano, en la placita con internet, donde la calle San Rafael se convierte en bulevar por las obras hasta El Parque Central, con sus esquinas ocupadas por el Hotel Inglaterra y el Gran teatro de La Habana “Alicia Alonso”.  El bulevar está abarrotado y eso que todavía no han terminado las obras y se camina con incomodidad.  

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La Habana.

Cruzamos el Parque Central y callejeamos por la Habana Vieja hasta la Plaza del Cristo y enseguida estamos en el Café. Hay mesa libre y nos sentamos.  A Nuestro hombre le encanta este café, que se llama así El Café.  Es lo que llamaríamos un café “progre” con jugos de zanahoria, de remolacha y de diferentes mezclas.  El pide un café y yo elijo la mejor mezcla de jugos para mi intestino, piña con guayaba.  Y añado enseguida un bocata de pollo.  Te va a gustar, me dice Nuestro Hombre que aquí todo le parece riquísimo y a muy buen precio.   Y para asustarle le digo el precio, 5 dólares. ¿Tanto?  Si, más que en el Biky, le digo riéndome.

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La Habana.

El bocata es grande, además de la pechuga frita del pollo trae tomate, lechuga y un par de hierbas más.  No puedo con él y dejo una de las mitades en que lo había partido.  Nuestro hombre pide que nos lo envuelvan, que nos lo llevamos.  Para su sorpresa pregunto por el postre.  Hay una mezcla de chocolate con plátano a la que me apunto.  Resulta ser un biscocho espeso, casi duro. Tomo una esquinita y me siento lleno.  También se lo envuelven.  Nos despedimos y quedamos en llamarnos.

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La Habana.

Sigo por la calle Amargura, pienso que si viviera en esta calle le cambiaría el nombre diría que vivo en Felicidad, aunque nadie supiera donde vivo.  Sigo haciendo fotos.  Entre en la galería Amargura/Aguacate en la que tienen una mezcla de foto, dibujo, litografía, pintura y láminas. La mezcla también cuenta con bueno y malo; sin embargo, el resultado está bien.  Me llevaría muchas cosas si tuviera donde ponerlas.  En el ordenador no me entran, y hace tiempo que he decidido que es mi único todo.  

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La Habana.

Decido irme a la Plaza Vieja, pienso que puede ser un buen momento para subir a lo alto del edificio de Gómez a visitar la Cámara Oscura.  Por las ventanas de una escuela veo a unos niños, pequeños “pioneros” como les llaman, que aspiran a ser “comunistas como el Che” como gritan cada mañana antes de entrar en clase, durmiendo la siesta en unas camas plegables.   Por otra de las ventanas una niña está en el encerado en el que está escrito un ejercicio de matemáticas.

Me da pereza subir a ver la Cámara Oscura, ese juego de espejos que te pone en una paellera La Habana Vieja a vista de pájaro.  Allí, en esa especie de bandeja cóncava, ves reducidísimo de tamaño todo el entorno, las azoteas, las calles, a la gente paseando, sentada en las terrazas, los puestos callejeros, etc.  No sé como es esta cámara oscura ni la impresión que me causará aquí en La Habana, pero la primera y única vez que vi este viejo invento, fue en Tavira, Portugal, allí tuve la sensación de que estaba presenciando un juego de magia y tuve que contenerme para no meter la mano en aquella especie de parabólica y empezar a participar en aquel mundo tan reducido, como si fuera un todopoderoso gigante en un país de enanos.

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La Habana.

Dejo La Plaza Vieja y camino sin rumbo, entretenido con las mismas calles, hasta que me detengo ante un vagón de tren que ya había visto más veces y al que no le encontraba ningún sentido que estuviera allí.  Tomándolo como un símbolo o el recuerdo de algún acto heroico nunca le di validez alguna.  Sin embargo, hoy me llamó la atención las letras pintadas en el centro de vagón: “Ferrocarriles de Cuba. Mambí”  y Mambí aparecía como el nombre del vagón y ya empezó a intrigarme. Caminé hasta el final y al ver la plataforma no pude resistirme a intentar entrar.  Un acierto.  El Mambí es el vagón que utilizaron los presidentes de Cuba para moverse por el país, desde 1912 hasta 1959.  Se puede visitar gratuitamente, solo te piden la voluntad.  Y una de las dos mujeres, que están sentadas en lo que es el salón recibidor, te lo enseña encantada.

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Vagón Presidencial “Mambí”. La Habana.

Sabía que Cuba tuvo tren, en el siglo XIX, antes que España y que muchos países europeos, así que me pareció lógico que la Compañía de Ferrocarriles de Cuba, dispusiese de un vagón presidencial.  Al que habían llamado Mambi, como se les llamaba a los que luchaban por la independencia en Santo Domingo y en Cuba. Sin embargo, la historia es del vagón es menos épica.  Tras la Guerra de la Independencia son los Estados Unidos los que se hacen con el poder en Cuba, pero solamente ocupan el gobierno unos años, después les resulta menos llamativo e igual de lucrativo controlar el país  a través de su economía.   Al fin y al cabo, la política es la defensa de unos intereses.  En el año 1900 la American Car And Foundry Company Builder fabrica tres vagones que fueron asignados a los presidentes de las compañías norteamericanas de los ferrocarriles de Estados Unidos, México y Cuba. El Mambi le correspondió al presidente de la Compañía en Cuba, Horatio Rubens, que no se trajo el vagón a la isla hasta el año 1912 y que, desde entonces, tanto él como sus sucesores no dudaron en prestárselo a los sucesivos presidentes del país.  Era como si lo dejasen a un empleado, a un alto ejecutivo de la compañía.

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Vagón Presidencial “Mambí”. La Habana.

Hasta que llegó la Revolución y  la Compañía de ferrocarriles de Cuba, propiedad norteamericana, fue nacionalizada y el “vagón presidencial” acabó en la cochera de la Estación de La Habana, hasta que en 1987 empezó a exhibirse al público en la terminal ferroviaria.  De allí se lo trajo, después de restaurarlo, la Oficina del Historiador para colocarlo donde yo me lo he encontrado esta tarde, ocupando casi toda la calle Churruca.

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Vagón Presidencial “Mambí”. La Habana.

El Mambí es un tren precioso construido sobre una estructura de hierro con maderas nobles con predominio de la caoba antigua.  Tiene un salón recibidor, con dos sillones de dos o tres plazas cada uno, un servicio y dos camas que pueden descolgarse de los laterales, en las que descansaban los guarda espaldas u otro personal de la presidencia. Tiene también, un dormitorio para el presidente, con un lavabo y un wáter y un cuarto de baño completo que comparte con el cuarto contiguo que se destinaba como habitación de la esposa.  Además, hay un salón comedor, con una mesa para ocho comensales con cubertería y vajilla personalizada, una cocina y una habitación con servicio para dos personas.

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Vagón Presidencial “Mambí”. La Habana.

El Mambí, visita recomendable para los amantes de los trenes y para aquellos que, como yo, viajamos en vagones de madera sobre estructura de hierro, con balconcitos en los extremos donde te llenabas de hollín si te ponías en ellos cuando el tren iba en marcha.

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Vagón Presidencial “Mambí”. La Habana.

En la misma calle Churruca está la entrada al jardín “Teresa de Calcuta”  que está pegado al muro del antiguo convento de San Francisco, no es muy ancho pues entre el convento y el mar, poco espacio queda. En la actualidad tanto el jardín, como el convento, incluida la iglesia de San Francisco, es propiedad del Estado que fue el que decidió dedicar este espacio a Teresa de Calcuta, que visitó la Isla en el año 1986 cuando fue recibida con todos los honores y se le otorgaron un sinfín de reconocimientos.

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Jardín Teresa de Calcuta. La Habana.

En este jardín se encuentra también una capilla cristiano ortodoxa griega, que se le regaló a esta iglesia en el año 2002 y una placa recordando al Papa Juan XXIII, donada por la provincia italiana de Bérgamo en el 20O5, en la que se recoge su petición de que “todos los pueblos se abracen como hermanos y florezca y reine entre ellos siempre la tan anhelada paz”.

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Capilla ortodoxa griega en el Jardín Teresa de Calcuta. La Habana.

La capilla huele a incienso, tiene las luces encendidas y está abierta al culto.  Hay un hombre en su interior que se lo recuerda a los visitantes que no se dieron cuenta.  Para las mujeres hay fuera, junto a la puerta, una mesa sobre la que hay seis o siete pañuelos con los que pueden cubrirse la cabeza.

En el jardín hay también una serie de placas, pequeñas, como una o dos docenas, esparcidas por todo el largo del paseo que lo atraviesa, en las que se recuerda a distintos artistas cubanos o amigos de Cuba.

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Claustro de S. Francisco. loa Habana.

Dejé el Jardín por el extremo opuesto a la calle Churruca, por la puerta que da a la Plaza de San Francisco, donde un padre refrescaba a un niño en la fuente que hay casi en el medio.  Y de la plaza salí por una antigua puerta de la ciudad, la que daba al puerto, enfrente de donde hoy está levantada la terminal del Ferry, Sierra Maestra.  Seguí hacia el Malecón por la orilla del mar y me encontré, como atracado en la acera, a un monumental crucero de turistas.  Me pareció precioso pero no sentí ninguna tentación de subirme.  Hace dos o tres días, paseando por el Malecón, entre los hoteles Riviera y el Nacional, vi como salía por la bocana de la bahía un crucero rumbo a México, según Nuestro Hombre en La Habana, y no sentí ninguna envidia.  Solo pensar en pasarme la noche por esa mar oscura me quita el deseo del viaje.

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La Habana.

Como era temprano todavía se me ocurrió pasarme por la Plaza de Armas, el centro de poder de la Cuba colonial y aun durante los primeros años del siglo XX,  y visitar el Palacio del Segundo Cabo.  Pero me daban una hora escasa para detenerme en su interior, así que seguí camino.  Le hice la foto a las palomas refrescándose en una de las fuentes del jardín, en el que la estatua del presidente Céspedes sustituyó a la de Fernando VII, y retraté a unas mujeres que se dedican a hacerle trenzas a los que lo desean.

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Plaza de Armas. La Habana.

Dos pasos después me encontré con el hotel Ambos Mundos, el hotel de Hemingway, y me quedé allí en el medio de la corriente de aire que circulaba entre los balcones abiertos a las calles de Obispo y Mercaderes.  Hasta que ya era tan tarde que solo quedaba ir a cenar algo y meterse en la cama.  O así.

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La Habana.
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Vagón Presidencial “Mambí”. La Habana.
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Vagón Presidencial “Mambí”. La Habana.
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Vagón Presidencial “Mambí”. La Habana.
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Vagón Presidencial “Mambí”. La Habana.
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Vagón Presidencial “Mambí”. La Habana.
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Vagón Presidencial “Mambí”. La Habana.
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Vagón Presidencial “Mambí”. La Habana.
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Vagón Presidencial “Mambí”. La Habana.
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Vagón Presidencial “Mambí”. La Habana.
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Vagón Presidencial “Mambí”. La Habana.
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Vagón Presidencial “Mambí”. La Habana.
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Jardín Teresa de Calcuta. La Habana
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Jardín Teresa de Calcuta. La Habana
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Capilla ortodoxa griega. La Habana.
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Plaza de Armas. La Habana.

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