Taller de Colchones. 16 de octubre de 2018

La mujer más guapa de Cuba. centro habana. La Habana

Hoy comí con una de las mujeres más guapas de Cuba. Bueno, exactamente comí enfrente de ella.  Fue en un pequeño boliche de una calle perpendicular a San lázaro justo antes de del Hospital Hermanos Ameijeiras.   Ella atiende el mostrador en el que junto a una jarra de limonada con mucho hielo, hay dos grandes bandejas, una con fritos de maíz y otra con fritos de malanga, y, al lado, las hojas de una mazorca de maíz que utiliza como platos.   

Acababa de entrar en el patio de la misma casa, porque al acercarme a la puerta a hacerle una foto a una mujer que vendía flores, un hombre salió del fondo invitándome a que fotografiara su guarapera. Entendí que como reclamo para venderme un vaso. Entré, pero como no estaba exprimiendo la caña de azúcar y como tampoco vi hielo picado me relajé, no me ofrecería beber nada.  Era tarde, tenía hambre, pero no me entraba algo tan dulzón como un guarapo.  Por cierto, una de las mujeres que organizó mi infancia, Josefa, que era lista e ingeniosa, me daba de vez en cuando un sorbo de “xarapo” como ella le llamaba, era más fuerte que el guarapo cubano y más oscuro. El xarapo llevaba café solo, un chorro de aguardiente, que llamamos caña, y el suficiente azúcar para que aquello me gustara.  No llegué a hacerme adicto, pero celebraba que compartiera el xarapo conmigo.

Guarapera “El Barracón de Manolo”. La Habana.

En aquel patio había dos mujeres que vendían carne y dos dependencias más, cerradas ahora, pero que también debieron ser con anterioridad despacho de otros emprendedores, que le dicen en España a aquel que se busca la vida por cuenta propia.  Solo le hice la foto a la guarachera porque lo demás resultaba tan pobre y sucio que ni la carne se veía.   Al salir del patio me enredé hablando con la florista y me llamó la atención que justo en lo que creí que sería su dependencia había un hombre con una gran sartén en la que estaba friendo algo. Asomé la cabeza y vi que lo que se freía eran una especie de croquetas y cuando me despedí de la mujer de las flores me fui por la calle a ver de qué iba aquello.

Acodado en el pequeño espacio del mostrador que dejaban libre las bandejas y la jarra de limonada, estaba un hombre que animaba a la que podría ser su hija a comer más, como si fuera un premio.  Y la niña pedía.  Como las croquetas no eran muy grandes, no le vi mucho riesgo a tomarme dos. La primera resultó ser dulce, la de maíz, y la segunda salada.  Así que por poner orden en el menú pedí otras dos y tomé la de malanga primero y la dulce después, como corresponde, pues pensaba cerrar así esta especie de primera comida. Para beber, un vaso de limonada. No había otra cosa.

Pero la verdad que no estaba mal y no vi inconveniente en arriesgarme algo más con aquella fritanga.  Esta vez pedí dos de cada, que me comí respetando el orden de cerrar con dulce pues pensaba que serían las últimas.  Pero no paré ahí.  Mientras estuve comiendo el cocinero vino a echar dos o tres sartenadas en las bandejas, la niña y su padre se marcharon, dos mujeres vinieron a llenar una tartera con fritos de malanga, y les siguió un hombre quiso que le llenaran un botellín de agua con la limonada y pidió dos fritos para comerse mientras esperaba, otra mujer y dos hombres más vinieron también en busca de fritos y otra mujer que me acompañó un rato en el que me explicó lo que me estaba comiendo.  Se llaman fritos de malanga estos de aquí, me dijo señalándolos, que son salados y se comen exclusivamente en Cuba, que yo sepa. Y estos otros son fritos de maíz, que se comen en toda Sudamérica.  A mi me gustan los de maíz, le dije.  A mi también, me contestó riendo la coincidencia.  Y nos comimos dos más cada uno.

Cuando pedí mis últimos fritos vino el cocinero y me dijo que la mujer que me estaba atendiendo había sido la mujer más guapa de Cuba en 1990. Ahora ya no es lo que era; pero fue muy guapa, dijo como haciéndome una gracia. Lamenté su impertinencia y le dije que yo la veía guapísima y que para mi seguía siendo muy joven.  La mujer me miró con la misma pena y, sin agradecerme la defensa, me preguntó: ¿Cuantos años tiene usted?  Se los dije y debieron parecerle muchos porque sin decir nada ni cambiar de expresión puso otros dos fritos en la hoja de maíz que me hacía de plato.  

Fue cuando le pedí que me cobrara cuando pareció que sonreía. Los dos habíamos perdido la cuenta. Digamos que me comí ocho, le dije. Y fue lo que me cobró.  Ocho pesos por los fritos y dos por la limonada.  Al cambio cuarenta céntimos de dólar.

Tienda de discos. Centro Habana. La Habana.

En el camino hacia La Habana Vieja a donde había decido ir a comer, viendo que hacía ya un rato que no hacía más que cruzarme con gente comiendo helados le pregunté a una mujer, que lamía uno amarillento, que dónde los vendían.  Ahí, dijo señalándome el portal que había un par de casas más allá.  Anduve doscientos metros, nada, unha carreiriña dun can, para comprarle el helado a una mujer antipatiquísima que se negó a que le hiciera una foto cuando ya se la había hecho, y que me cobró por tres pesos, 12 céntimos de dólar, por un helado de mantecado.  

Heladería. Centro Habana. La Habana.

El helado era amarillo y estaba tan malo que si encontrara dónde, sin que me viera nadie, lo hubiera tirado.  Me lo comí creyendo que el barquillo iba a aminorar su mal sabor, pero no lo hizo. Puse la esperanza en que aquello me descompusiera, pero tampoco.  Por dar por terminada la comida insistí en el peligro y sin escatimar riesgo entré en una tienda y me compré lo que parecía un bollo de leche.  No lo era, aunque sí con mucha azúcar en mucha masa algo horneada. Tampoco con eso me pasó nada. Pero a las diez de la noche seguía sin apetito.

El bar de un madridista. Centro habana. La Habana.

El día lo empecé muy de mañana, como siempre, y como siempre con la foto a las azoteas del otro lado de la calle, donde hoy,  para mi sorpresa, me pareció distinguir a un hombre en la más alta.  Hice la foto, la amplié y me encontré a un hombre vestido solo con un traje de baño rojo y lo que pudieran ser unos auriculares en las orejas.  ¿Querría sentirse el amo del mundo?  Desde esa altura nos vería al resto mucho más pequeños y si a esa visión le pones una música peleona, como la banda sonora de la Guerra de las Galaxias, puedes acabar sintiendo que dominas el mundo. Pero a lo mejor subió desesperado, desde su recalentada casa, a buscar solamente una mísera ráfaga de aire.  Que las noches también son muy calientes en La Habana.

Un hombre en la azotea. Centro habana. La Habana.

Desayuné en la calle de detrás de casa, en una de esas breves cafeterías que tanto le gustan a Nuestro Hombre en La Habana.  En la casa de enfrente hay un gimnasio que ocupa un local que no tiene más luz ni ventilación que la que entra por la ventana y la puerta que da a la calle.  No sé si es por eso, porque sin aire no pueden respirar, o porque dentro todo el espacio está ocupado por máquinas, en la acera siempre hay alguien saltando a la cuerda.  El otro día vi a una mujer que saltaba mal, sin ritmo y con mucho esfuerzo, y hoy a un hombre muy ataviado y con una cuerda muy llamativa, pero que parecía que estaba más por exhibirse que por hacer ejercicio, pues durante mi desayuno no le vi dar ni un saltito.  A lo mejor era el reclamo del gimnasio.

El gimnasta ante el gimnasio. Centro Habana. La Habana.

Me pedí un bocata de jamón, de los pequeños, de los cinco pesos, y un jugo de naranja de dos.  Después me fui hasta el Habana Libre a beber mucha agua, que aquí como te despistes te deshidratas, y a hacer la selección de fotos de los últimos días que, entre el viaje a Viñales y el día en la piscina, llevo retraso.

Portal. Centro Habana. La Habana.

En cuanto al resto del día, la mayor parte del tiempo me la pasé caminando entre ir y venir a La Habana Vieja.  Aunque a la ida me paré en una fábrica de colchones, digamos en taller de rehabilitación.  En él dos hombres trabajaban mientras uno más joven y dos mujeres hacían tertulia a la puerta.  Me detuve y a los dos minutos ya estábamos liados y empeñada una de las mujeres que le diera un trago al vaso con ron que tenía en la mano.

Ya voy aprendiendo, me dije y razoné:  Primero te ofrecen, te invitan o te regalan y luego te piden.  Hay que tomarlo como viene, es el juego.  No conviene dramatizar para no acabar con complejo de cajero automático de donativos. 

Tras la oferta de ron, la mujer me preguntó si no la invitaría a un jugo de frutas, que solo vale dos pesos, me dijo.  Le di cinco y le parecí tan tacaño que no dudó en decirle a los del taller y los de su tertulia que era un rata.  Para calmarla saqué las monedas  de pesos que tenía y se las entregué.  Y me da doce pesos en total, les gritó a los otros.  Te da para invitar a jugo a todos los que estamos aquí, le dije.  Y viendo que arriesgaba todo lo conseguido guardó silencio y mandó al negro de la tertulia a que le fuera a buscar el jugo.

Arreglando colchones. Centro Habana. La Habana

El hombre vino sin nada en el momento en que se ponía a llover y aproveché para despedirme.  Me lo impidieron invitándome a que me metiera en el taller y que esperase a que escampara.  Me metí yo, se metió la mujer con la silla en que estaba sentada, y la otra mujer y el negro metieron el colchón roto que tenían en una carretilla y también ellos se pusieron a cubierto. Me acordé del camarote de los Hermanos Marx.

Colchón para rehacer. Centro Habana. La Habana.

Mientras llovía, la mujer que quería el jugo le dio el dinero a la otra mujer y le dijo que le trajera lo que hubiera.  Llueve, le dijo.  Y aprovechando que pasaba un conocido con un paraguas le pidió a este que le fuera a por el jugo.  El hombre que retorcía alambres para el colchón que estaban haciendo me preguntó que de donde era. Cuando se lo estaba diciendo, el hombre del paraguas le trajo a la mujer que mandaba mucho un jugo en un tetrabrik que no le gustó y le mandó que lo fuera a devolver.  Alguien puso un bidón de plástico detrás de mi y la mujer me dijo que me sentara, lo hice. El del paraguas también le obedeció y se fue a por el zumo.  El del taller me dijo que su familia era de Canarias, lo que provocó la intervención de la mandona que le gritó que total nunca le mandaban nada. Mientras el colchonero le quitaba importancia a lo que había dicho la mujer, nos dijimos los nombres. La que actuaba como jefa se llamaba Raquel y la otra Teresa.  

Recuperando un colchón. Centro Habana. La Habana.

Como si mi nombre fuera aval de algo, Raquel  me dijo que me alquilaba el tercer y último piso de la casa.  ¿Cuantas habitaciones tiene? Le pregunté.  Es para cinco personas, me respondió.  Y cuando le iba a decir que era demasiado grande, el del paraguas volvió con el dinero y unas explicaciones que desatendí, porque aproveché para dirigirme al hombre que engarzaba un muelle en el alambre guía del colchón para decirle que aquella mujer mandaba mucho.  El hombre me dijo que si, que mucho, sonriendo.  Y en ese momento alguien sacó una botella de ron y rellenó el vasito en el que me había invitado a beber que yo había perdido de vista. El vaso empezó a rotar, mientras la mujer me pidió que le enseñara las fotos que le había hecho. Me sacas muy gorda, no me hagas más.  El vaso llegó a mi y mojé los labios, el ron me quemaba pero me supo dulzón, diferente a lo que esperaba.  Le dije que no era gorda, que era delgada y era muy guapa. Entonces dejó de llover y la mujer volvió a sacar su silla a la acera y como el sol la iluminaba bien, saqué de la mochila la cámara donde la había guardado por la lluvia, y me puse a fotografiarla.  No, me dijo, que me sacas gorda.  Le dije que se sentara al borde de la silla, que se pusiera derecha y estirara el cuello. Lo hizo.  Pero ni se preocupó por ver como la había sacado.  En cambio me preguntó los años, se los dije a la vez que le pedía a la otra mujer que se pusiera en pose.  Entonces vino el hombre semidesnudo del taller y me dijo que él tenía sesenta y como quería que le alabara lo bien que estaba lo hice, me caía bien.  Le hice las fotos a la otra mujer y le enseñé las suyas y las de Raquel.  Entonces me llamó Nuestro Hombre en La Habana y mientras hablaba oí a la mujer que me decía que a ella le gustaban los hombres mayores. Colgué y les pregunté cuántos años tenían ellas, Teresa me dijo que 32.  Raquel se rió y me dijo, si ella tiene 32 yo 31, siempre un año menos.  Andarían por los cuarenta o más, o menos, nunca sé. Me despedí, el colchonero me dijo que volviera y Raquel dijo, como si fuera la primera vez, que a ella le gustaban mayores.  Ay!  Si fuera verdad, pensé, pero no le dije nada.

Me tomé una Coca Cola en el Hotel Parque Central y pagué seis dólares por ella y por un café.  Nuestro Hombre en La Habana se escandalizó.  Presumí de haber desayunado un bocata de jamón y un zumo por 8 pesos, 30 céntimos de euro y de haber comido por 10 pesos.  Me prohibió que dejara propina. 

Cuarteto en el H. Parque Central. La Habana Vieja. La Habana.

En la vuelta a casa, buscamos miel.  La encontré yo en uno de los puestos de fruta del mercado de San Rafael, enfrente del boliche en el que suele desayunar Nuestro Hombre en La Habana.  Compramos la miel y yo, además, una piña aun sabiendo que no son dulces ni están buenas. En la acera una señora me ofreció bolsas de plástico a un peso casa una.  Le compré una y le entregué cinco pesos; pero lo pensé mejor y le pedí una bolsa más y le dejé la vuelta.  Y agradecida me dijo que me cuidara y me echó un beso, se lo devolví y nos reímos.  No era guapa, los ochenta y tantos la habían deformado bastante, pero resultaba acogedora. 

Mercado de San Rafael. Centro Habana. La Habana.

A doscientos metros de casa nos detuvimos en el parque a establecer la última conexión para mirar los mails y los whatsapps. Empezaron a caer unas gotas. Nuestro Hombre en La Habana se levantó precitadamente del banco en que se había sentado y me gritó mientras escapaba, corre.  Pensé que no sería para tanto.  Pero en un minuto jarreaba.  Me arrimé a un árbol para evitar que la lluvia me calara, guardé la cámara en la mochila y me pegué al tronco.  Hubo un relámpago e inmediatamente el trallazo del trueno.  Está muy cerca, pensé.  El segundo ya cayó cerca.  Escapé del árbol  a refugiarme en el portal más cercano.  Ya había tres mujeres y un niño en el refugio.  Me parecieron asustadas. Les pregunté si le tenían miedo a la tormenta y me miraron como si no me entendieran.  Les conté que yo había sobrevivido a un trueno, y no se inmutaron. Pude haberme inventado más cosas, hasta que reaccionaran.  Pero me distrajo un cartel pegado en la pared, junto a las escaleras, en el que se avisaba a los Cederistas a que presentaran los papeles para acceder a las ayudas a la rehabilitación de viviendas.   Escampó y me fui.

Comunicado en un portal. Centro Habana. La Habana.

Ya en casa le pregunto a Nuestro hombre en la Habana quienes son los cederistas, son los miembros de los Comités de Defensa de la Revolución, los CDR, me dice.  ¿Y solo le dan ayudas a los cederistas? Le pregunto.  Si, pero es que todo el mundo es cederista.  Ah!  Cosas de Cuba, me digo.

Cuando me meto en cama pienso que no he cenado.  Me tomo una rodaja de piña y compruebo que no estaba equivocado.  Son malísimas las piñas en Cuba.

Esperando un almendro. Calle S. lázaro. Centro Habana.
Mercado de San Rafael. Centro Habana. La Habana.
Centro Habana. La Habana.
Centro Habana. La Habana.

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