En la piscina. 15 de octubre de 2018

Rendido al calor de La Habana me entregué al mar del Caribe. Hubiera sido mejor hacerlo en un cayo, en una playa de aguas turquesas y arena blanca sembrada de conchas anacaradas y brillantes.  Pero fue una rendición súbita, me sorprendió un ramalazo de calor con la guardia baja y me entregué a la molicie en la Habana misma.  Lo más cercano era el Hotel Habana Libre, donde estaba, pero en su espléndida piscina el sol se come todas las sombras y te abrasas a partir de las doce.  Preferí el Copacabana que está igual de viejo pero tiene un trozo de mar acotado donde te puedes bañar asustando a los peces de colores.

Hoy el asustado fui yo.  Estábamos tres personas en el agua.  Un hombre pálido, una mulata y yo, desgraciadamente cada uno a lo suyo, cuando al pie de las escalinatas que entran en el agua, un hombre salvavidas se puso a dar voces.  No le entendí nada de lo que gritaba, me había quitado los audífonos y en ese momento los tenía él más cerca que yo, pero por las señales que hacía entendí que la violencia con que el mar se desbordaba en la piscina era mejor que saliéramos.

Los tres lo hicimos y al ritmo que el hombre nos fue marcando.  Había que esperar a que pasara la ola más fuerte y entonces acercarse a la escalinata, agarrar la cuerda para evitar resbalar en las algas y subir.  Una vez arriba nos explicó con una serie de datos meteorológicos, que la cosa se estaba poniendo chunga para bañarse.  Nos señaló la raya del horizonte y nos hizo seguirla hacia el suroeste.  Lo ven, dijo, eso demuestra lo que les acabo de decir.  Y los tres asentimos como si hubiéramos visto en el horizonte algo más que agua y nubes.

El salvavidas se iba y estaba claro que quería desentenderse de toda responsabilidad respecto a nuestra seguridad en aquel lugar.   De todas formas, como imaginaba que no le íbamos a hacer mucho caso, pues por el momento no pintaba tan mal el mar, nos advirtió:  Si van a seguir bañándose eviten siempre la séptima ola, porque si les coge saliendo tendremos que recogerles como a un puzle desbaratado.

 A los tres nos pareció tan exagerado que no tardamos en volver a bañarnos.  Eso si, esperando para salir a no hacerlo durante la séptima ola, que supusimos que sería esa en que el agua salpicaba más y entraba con más violencia en la piscina acotada al mar. Sin embargo , el pronóstico del salvavidas fue certero y no tardamos en subir a bañarnos a la piscina, más tranquila pero sin peces de colores y falta de la vivacidad del mar

No me dio para mucho más el día.  Lo que disfruté bañándome casi lo pago a la vuelta. Regresé en una guagua, en la P1.  La cogí a tan solo una manzana del hotel, que está en el reparto de Playa, cruzando El Almendares, una de las zonas privilegiadas de La Habana en la que abundan las residencias de diplomáticos, deportistas de élite y directivos de empresas.  En la parada aguanté algo más de media hora, durante la que mi cuerpo perdió todo el frescor acumulado durante seis horas de baños continuados. En varias ocasiones estuve a punto de volverme al hotel y pagar diez o quinces dólares a un taxi para que me devolviera a casa.  Pero aguanté.  Un viaje en guagua tiene su encanto.

En esta parada no se hacía cola, así que cuando la P1 se detuvo y abrió sus puertas todos tratamos de ser uno de los seis o siete que lograrían entrar en aquella guagua en la que ya no cabía nadie más.   No nos peleamos y nos comportamos lo más educadamente posible.  Lo sorprendente fue que entramos todos.  Nunca pensé que podía ser tan indiferente al abrazo con tantos desconocidos.

El viaje no duró más de media hora en el que no de subir más gente de la que bajaba, lo que nos obligó a abrazarnos más de manera que ya no sabías si lo que se te clavaba en los riñones era un bastón, un codo, un cesto o la cabeza de un niño.  Imposible girarse y mejor no poder.  En esos casos parece que es mejor desentenderse de lo que te apretuja y tratar de controlar la mochila que has tenido que bajar a la mano para ocupar menos espacio.

Cuando pasamos el cruce de Linea con la G traté de aproximarme a la puerta pues calculé que tendría que bajarme en la próxima parada o en la siguiente.  Pedí paso por favor y solo un joven que tenía de cara se puso de perfil, espacio que fue ocupado inmediatamente por una mujer que estaba próxima.  Tuve suerte, en la siguiente parada nos bajamos casi todos. Y me pareció que el día había refrescado.

Nuestro Hombre en La Habana me localizó para que cenáramos en el Biky, está echado a perder.  Cenaríamos lo que solemos cenar últimamente, camarones rebosados, arroz moro y una ensalada mixta y de postre cualquier cosa de vainilla helada.

Esperé la hora de la cena refugiado en el Habana Libre, antes de dejarlo tuve suerte y pude utilizar los servicios.  En ocasiones alguien cierra las puertas que solo se pueden abrir con una llave maestra que nadie tiene.  La última vez que me encontré cerrado el de los hombres utilicé el de las mujeres.  No está ni mejor ni peor que el de hombres y por lo que vi tampoco acostumbra a tener papel. Por eso yo me traje cuatro paquetes de 40 paquetitos de pañuelos de papel que voy regalando a todo necesitado. 

A las diez estaba en cama, cansado y convencido de que había pasado un buen día.

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