Viaje a Viñales. 13 de octubre de 2018

Mural de la Prehistoria. Viñales

A las cinco de la tarde nació Jacobo.  Parece que salió con prisas y desbaratándolo todo.  Es lo menos que se puede hacer cuando se es el séptimo de los nietos, por lo menos para que no se lo olviden en un jardín como pasó con su madre.  ¿Y la niña? Hace tiempo que no la oigo. A la niña bajamos a buscarla al jardín de la manzana donde habíamos pasado la tarde, estaba dormida en un banco.

Pareja ante el Mural de la prehistoria. Viñales.

A las cinco de la tarde yo estaba abandonando Viñales, en la provincia de Pinar Del Río, donde el Huracán Michel dejó algunas carreteras cortadas, campos anegados y alguna techumbre por los suelos.  Acababa de despedirme de Dagoberto.  Mejor, Dago, es más fácil, me había dicho cuando le pregunté cómo se llamaba.  Dago es un labrador tranquilo y tan satisfecho que creí que era el dueño del secadero de tabaco donde nos acababa de explicar el ciclo de vida del tabaco.

Secadero de tabaco. Viñales.

A las cinco de la tarde emprendía el regreso a La Habana después de un día en una excursión organizada para conocer la “belleza natural y majestuosa” de Viñales, sus mogotes, su mirador de Los Jazmines, su mural de la Prehistoria, La Cueva del Indio y un secadero de tabaco.  A esa hora volvía a La Habana, lamentando haber ido en una excursión organizada a este parque natural de Cuba, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1999.  A Viñales hay que ir de otra manera, sobre todo si se tiene el tiempo que tengo yo.  Hay que ir a pasarse dos o tres días y recorrer a pie o en bicicleta el valle, detenerse a disfrutar de los mil rincones que ofrece el paisaje y hablar con la gente.  Y, si hay tiempo, a ver el Mural de la Prehistoria y la Cueva del Indio.   

Campos anegados por el huracán Michael. Viñales.

Viñales es un valle pobre, castigado por los Huracanes que se pasean por el Golfo de México, en el que la gente sobrevivía hasta ahora de las plantaciones minifundistas de tabaco.   Ahora empieza a darles aire el turismo.  Desde que se empezó a “vender” turísticamente el valle, su paisaje, su mural prehistórico y La Cueva del Indio, Viñales tiene otra cara.  Las calles están arregladas, las casas que las jalonan están pintadas, abundan las casas de huéspedes, los bares, los restaurantes, las tiendas de recuerdos y hasta hay una calle de tenderetes con productos de artesanía.   El deterioro y la pobreza que todavía se puede ver diseminada por el valle va desapareciendo.

Paisaje con mogote. Viñales

En Viñales, como en toda Cuba, la Revolución les quitó las grandes fincas a sus propietarios y dividiéndolas en pequeñas explotaciones de entre tres y diez hectáreas las repartió entre los agricultores.  Los últimos cambios ocurridos en el 2011, según me dicen, permiten que las propiedades tengan una extensión máxima de 30 caballerías, es decir unas 330 hectáreas.  En los valles de la Sierra de Los Órganos, entre los que está el de Viñales, me pareció que todavía no había ninguna explotación que superara las 10 hectáreas, pero no lo sé.  

Paisaje desde el mirador de Los Jazmines. Viñales.

El Paisaje es impresionante en esta parte de la provincia de Pinar del Rio, la más occidental de Cuba.  Vas percibiendo su belleza en los retazos que te deja ver la exuberante vegetación desde la ventanilla del autobús.  Pero lo confirmas al llegar al mirador de Los Jazmines.  Desde allí dominas el valle en el que sobresalen los mogotes, pequeñas montañas como flanes de diferentes formas y tamaño que se extienden por la zona aisladas o incrustadas en la sierra.  Los mogotes son únicos en Cuba y parece ser que solo son comparables con otras formaciones geomorfológicas localizadas en China y en Malasia.

Paisaje desde el mirador de Los Jazmines. Viñales.

En el valle de Dos Hermanas, cercano a Viñales, se encuentra el Mural de La Prehistoria.  Un mural realizado por Leovigildo González, alumno cubano del gran muralista mexicano Diego Rivera, el amor de Frida Kalo. El mural puede parecer una idiotez, pero a mi también me gusta, es lo que se acostumbra a considerar una idea descabellada. Se le ocurrió a alguien que se lo propuso a Fidel Castro y a Celia Sánchez  argumentando que se habían descubierto en la zona fósiles de peces, esqueletos de grandes saurios y evidencias de yacimientos aborígenes.  Y además, les propuso realizarlo en un mogote conocido como Pita, en una de sus paredes que tenía una superficie de 120 metros de altura por 160 metros de largo. Debió de contarlo con un entusiasmo contagioso porque al año siguiente se le encomendó la obra a Leovigildo González  que tardó cuatro años en realizarlo utilizando a la gente del valle que asegurada con arneses limpió la pared, la preparó y la pintó siguiendo las instrucciones del pintor que la controlaba y dirigía desde el suelo con unos prismáticos. Y, me imagino, que con un algún sistema de megafonía.

El Mural del la Prehistoria. Viñales.

El entorno del mural está muy cuidado, los coches y autocares aparcan a unos centenares de metros, y el restaurante y la tienda de recuerdos son cabañas que obedecen a lo que se llama turismo sostenible que es el que el gobierno practica en este Parque Natural.   Allí comimos, lo que es más habitual en Cuba, arroz moro con carne de pollo, res y cerdo.  También, como es costumbre, los perros y gatos vagabundos no anduvieron lejos, algunos llegaron a pasearse por debajo de las mesas buscando las migajas caídas.  

Restaurante junto al Mirador de la Prehistoria. Viñales.

Después de comer nos fuimos a la Cueva del Indio casi una hora de viaje por una carretera en reparación con más kilómetros de morrillo que de asfalto.  En el camino vimos algunos de los efectos del Michael, carreteras cortadas, tierras anegadas y a una familia reponiendo el tejado de su casa.  El camino se hizo largo porque más de la mitad del trayecto fuimos detrás de un camión con asiento , que es el medio de transporte, junto a los carros de un solo caballo, en el medio rural.

Camión de pasajeros. Viñales.

La Cueva del Indio si la hubiera descubierto yo, iría corriendo a decírselo a todo el mundo y me esforzaría porque fuera conocida y me alegraría que se utilizara como reclamo turístico para elevar el nivel de vida de unos valles que el tabaco solo lo consigue malamente.  Pero no siendo así y habiendo visto otras sin salir de España, no puedo hacer grandes recomendaciones.  Hombre, una vez que se está en Viñales yo no me la perdería.  Y eso que el principal atractivo de la cueva casi pasa desapercibido.

La Cueva del Indio. Viñales.

En la cueva entras por un hueco que hay en la pared de un mogote (no estoy seguro si es un mogote o el lado escarpado de la Sierra) que alcanzas por medio de unas escaleras de cemento.  La entrada es más bien pequeña y no anuncia para nada lo que te vas a encontrar en el interior.  Una vez en la entrada todo es descender por un camino en el que hay que ir de uno en uno y por momentos, unos cuatro o cinco metros, andar en cuclillas, hasta llegar a un balcón de no más de tres metros de ancho bajo el que corren las aguas del rio San Vicente cuya anchura oscila entre los seis y los 8 ó 10 metros a lo largo de los doscientos o trescientos metros que mide su paso por la cueva.

La Cueva del Indio. Viñales.

La cueva que es estrecha siempre, pero que alcanza considerable altura en algunos momentos, es más amplia sobre el caudal terroso del san Vicente, en el que pueden cruzarse dos lanchas a motor de unos cuatro metros de largo por uno y medio de ancho, en las que entran unos 10 pasajeros en cada viaje. 

La Cueva del Indio. Viñales.

El rio San Vicente entra en La Cueva del Indio, en la que no nos han comentado que hubiera evidencia alguna de que allí hubiera vivido un indio, precipitándose desde una altura de seis o siete metros. Formando una cascada uniforme que desde la distancia a la que se acerca la lancha, a unos treinta o cincuenta metros, se ve con gran dificultad y parece como una pared o una cortina blanca.  Eso es lo más llamativo de la cueva, lástima que no se ilumine mejor, como debería hacerse con toda la cueva y no  con más luz precisamente,  como se podría ambientar con algo de música el paseo en barca.

La Cueva del Indio. Viñales.

Se sale de la cueva por el propio rio a donde te lleva la barca que atraca en una pequeña presa construida a la salida.  Tras la presa se puede ver como el rio San Vicente pierde la pequeña majestuosidad que le había conferido la cueva.

Salida de la Cueva del Indio. Rio S. Vicente. Viñales.

La excursión en Viñales acaba con una visita a un secadero de tabaco donde Dago se afanó por enseñarnos el ciclo vital del tabaco, desde que se siembra hasta que se recolecta, poniendo a secar las hojas colgadas en unas barras de madera en el interior de la cabaña en la que se establecen unas corrientes de aire de manera que eviten que la humedad estropee las hojas, con las que ,llegado el momento, se elaboran los puros, como vimos que hacía Dagoberto en el secadero de la familia Benito.

Secadero de tabaco. Viñales.

Dago es un labrador de la sierra de Los Órganos en Pinar del Río que tuvo que abandonar su casa y sus tierras tras los huracanes que azotaron la región en el año 2008.  Ahora vive en Viñales, a kilómetro y medio de las tierras que trabaja que son de Benito, un pequeño propietario al que la Revolución no le quitó las tierras que desde hacía cuatro generaciones venían siendo propiedad de la familia.  Su finca tiene 10 hectáreas, la máxima superficie en que dividieron las grandes propiedades quitadas a los terratenientes para dárselas a los labradores.

Secadero de tabaco. Viñales.

Dago naciólabrador y el sol y el aire de la sierra le ha marcado, no hay más que verle.  Su cara no se corresponde con el que ha estado peleándose bajo cubierto.  Pudiera parecer mal encarado cuando está callado, tiene la expresión del que ha vivido en el esfuerzo permanente; pero cuando nos explica el ciclo vital del tabaco se le ve enamorado de su oficio, solo hay que ver la delicadeza con que elabora un cigarro, y es amable ante las preguntas, las fotos y los vídeos con los que cabría suponer que se intimidase.   

D. Dagoberto. “Dago”. Viñales

Esperé a que se quedara solo y fui a hablar con él.  Rayé la impertinencia, como es mi costumbre, pero se mantuvo amable.  Traté de encontrarle un descontento, con el gobierno, con Benito, con la vida, con la climatología, pero no lo tiene.  Ni cuando me contaba que los huracanes del 2008 le desposeyeron de todo lo que había sido su vida, revelaba una pizca de lamento.  Me pareció un hombre mucho más que fuerte.  Trabaja para Benito, junto a otros tres peones, y con muchos más en los momentos de siembra o recolección, vive a kilómetro y medio en su nueva casa en Viñales y tiene cuatro nietos, que le hicieron sonreír cuando me lo contaba.  Me enseñó las plantas y los árboles que estaba dando frutos, mientras el resto de la excursión estaba encerrada en una casa donde algún familiar de Benito les vendía café y tabaco.  Me mostró los granos de café en las ramas, la placa donde lo ponían a secar y el lugar donde separaban el grano de la cáscara.  Al lado del alpendre, bajo otra techumbre cuatro negros jugaban al dominó.  ¿Son trabajadores, hijos de Benito?  Le pregunté. No, son vecinos que viene a jugar la partida.  Me mostró el cacao en el árbol, y el aguacate, la guayaba y el mango y otra fruta que no había visto nunca, que me dijo que se tomaba triturada y con leche.  Y fue ahí cuando pensé si el secreto de su fortaleza estaría en el amor que tenía por el campo, en la satisfacción que le daba su trabajo.  Entonces nos llamaron para subir al autocar y me despedí.  ¿No quiere tomar algo? Me preguntó señalándome el interior de la casita donde habían estado los otros excursionistas.  No, gracias.  ¿Un café? ¿Un Ronsito?  No, no gracias, que ya nos vamos.  ¿Y de dónde es? De España.  Ah!  De la madre patria.  Y me pareció que lo decía con nostalgia y que quería darme un abrazo; pero ya me iba, era el último en dirigirme al autobús.

D. Dagoberto. “Dago”. Viñales

Llegamos ya de noche a La Habana, sobre las siete y media, llovía en el barrio de Cubanacan por donde entramos.  El viaje de vuelta había sido una tortura, el autobús chino estaba bien equipado, aunque los asientos podrían ser más cómodos, más amplios y más mullidos. Encima del parabrisas llevaba un televisor apagado y dos especies de pantallas digitales más pequeñas, en una de ellas podía verse la temperatura exterior alternándose con la hora y en la otra la velocidad que llevaba el autocar.  Inevitable no estar pendiente de esta última.  No pasó de 58 kilómetros por hora.   En un momento decidí ir a sentarme al abatible donde suelen ir los guías porque estaba libre.  Ya sé que no se puede hablar con el conductor, pero a 31 kilómetros por hora se le puede pedir incluso que se baje a estirar las piernas.  Así que le dije, que si llevaba fijada la velocidad.  Si, me dijo, he puesto el automático.   Pues no vaya a quedarse dormido.  Nooo, me dijo.

Cuando estaba por Playa recibí una llamada de Nuestro Hombre en La Habana invitándome a acudir a La Habana Vieja a cenar algo por allí. Bien, me bajaré en el Hotel Sevilla, le dije, nos vemos en la esquina que hace con el Paseo Martí.  Cenamos bien, en el Habana,61.  Una buena alternativa al Biky.

Paisaje desde el mirador de Los Jazmines. Viñales.
Paisaje desde el mirador de Los Jazmines. Viñales.
Paisaje desde el mirador de Los Jazmines. Viñales.
Paisaje. Viñales.
paisaje. Viñales.
Paisaje. Viñales.
Paisaje. Viñales.
El Mural del la Prehistoria. Viñales.
El Mural del la Prehistoria. Viñales.
Paisaje. Viñales.
Secadero de tabaco. Viñales.
Vivienda rural. Viñales.
vivienda rural. Viñales.
La Cueva del Indio. Viñales.
La Cueva del Indio. Viñales.
rio S. Vicente a la salida de la Cueva del Indio. Viñales.
Cueva del Indio. Viñales.
Paisaje. Viñales.
Viñales.
Viñales.
Viñales.
D.Dagoberto. “Dago”. Viñales.
interior secadero de tabaco. Viñales.
interior secadero de tabaco. Viñales.
interior secadero de tabaco. Viñales.
Planta de café. Viñales.
Carretera en Pinar Del Río.

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