Día de la Hispanidad en casa del embajador. 12 de octubre de 2018

Calle L. La Habana.

Mi vecina barría hoy el portal.  Era temprano, no habían dado las ocho.  ¿Le gusta madrugar? Le pregunté después de darle los buenos días. Si, me contestó, me enseñaron mis abuelos a levantarme temprano.  Y añadió, “al que madruga Dios le ayuda”.  No a todos, pensé; pero solo le sonreí. Y me fui dándole vueltas a por qué habrá dicho sus abuelos y no sus padres.

Calle espada. Centro Habana. La Habana.

Ya no hacía fresco a esa hora y me asusté pensando en el día que íbamos a tener.  Las ocho no es una hora temprana en La Habana, los niños ya cantaron el himno en el patio de mi manzana.  Con ellos estaba también el hombre del abanico y cinco niños, como ayer, se pusieron junto al mástil para izar la bandera.  Ignoro si son los más aplicados de cada clase.  Le hice la foto y, cuando ya me iba, volví para cerrar las ventanas y descubrí en el patio, en el que ya solo había dos niños, al cocinero sentado en una esquina preparando la comida de hoy.

Patio del colegio en mi patio de manzana. La Habana

Pregunté si había turnos para limpiar los portales comunitarios y me respondieron: “No hay legislación, ese es un acuerdo que se toma entre los vecinos. Pueden turnarse o pueden pagarle entre todos a alguien que lo haga”.  La vecina que barría el portal hace un momento es la misma a la que le doy la ropa para lavar una vez a la semana.  Me dio un precio de un dólar por pieza, pero lo dejamos en seis euros la bolsa. No sé quién gana pero a un dólar la pieza me parecía carísimo.  Y me la devuelve planchada.

Empezando el día. Centro Habana. La Habana.

Son limpios los cubanos.  Viendo las carencias que hay y el estado ruinoso de las casas resalta más lo limpios que van y lo bien que huelen, al menos algunas mujeres con las que me he cruzado ahora en la calle.

Centro Habana. La Habana.

Decidí desayunar en el chiringuito que hace esquina a la entrada del Hospital General Calixto García.  Un bocata de jamón y un jugo de mango por 15 pesos, unos 60 cts de dólar.  Para llegar caminé mi calle, la calle Espada, que recuerda al Arzobispo de La Habana que decidió construir el cementerio público con el fin de evitar los enterramientos en las iglesias, por insalubres y porque en ellas solo se enteraban los ricos.  No fue fácil realizar su propuesta, el ayuntamiento le pleiteó la propiedad del proyecto, tuvieron que fallar a su favor los tribunales de Madrid, era en la segunda mitad del XIX, y la misma iglesia le puso trabas a su ejercicio pastoral, el arzobispo de Santiago de Cuba llegó a pedir la intercesión del mismísimo Papa de Roma para impedírselo.

La carnicería en l esquina con S. Miguel. La Habana

En la calle Espada, que parecía todavía adormilada, no había nadie sentado en las puertas de las casas aunque ya se había organizado una tertulia en la carnicería de la esquina con la calle San Miguel.  En el asfalto me encontré pintada con tiza una Mariola, un poco antes me había detenido a fotografiar a una mujer que arrastraba una caja y le daba órdenes a un niño que las acompañaba a disgusto caminando a su lado por la acera.

La mariola. La Habana.

Subí por la calle Neptuno, cruzando Infanta, hasta la Universidad y le hice una foto a un carro de bolas, una imagen que pudiera ser de una calle de Lalín o Vilagarcía a finales de los cincuenta o principios de los sesenta.

Centro Habana. La Habana.

Desayuné en la calle y por escaparme del calor, de nuevo agobiante, me refugié en el Habana Libre, en el ventanal frente al cine Yara en donde, delante de su entrada, hay un grupo de música tocando.  Salí con intención de cruzar la calle, pero el golpe de calor volvió a recluirme en el bar.  Lo lamenté, en una mesa de al lado se sentó una mujer inflada de si misma a la que no era capaz de dejar de mirar, nunca había visto a nadie así, tenía todos los dientes de oro, los de arriba y los de abajo, la dentadura entera, y hablaba de manera que la enseñaba toda. Me dolía verla por provocarme un sentimiento tan contrario a la admiración que buscaba. Pero, a la vez, no podía dejar de mirarla porque me parecía una exageración irreal, un personaje imposible. Tenía oro en los dientes, en los dedos, en las orejas, en el pecho, en las muñecas, hasta el bolso era dorado y me sentí un idiota porque ella era feliz en su ostentación, en el disfrute de la exhibición, de su exhibición. Y yo era el que estaba allí para su vanagloria, excitándola al mirarla.

Hotel Internacional. La Habana.

A la tarde Nuestro Hombre en La Habana estaba invitado a una recepción en la residencia del embajador de España, con motivo de la celebración del Día de la Hispanidad, me ha invitado a ir de acompañante.  No me apetecía nada, pero no podía perderme el ver cómo es la residencia particular cuando el edificio de la embajada es un palacio, quizá sea el mejor edificio de embajada de La Habana.  La de Estados Unidos, en el Malecón, es más grande, pero es un edificio funcional de la segunda mitad del siglo XX, pues tras la Revolución EE.UU abandonó Cuba dejando la sede que estaba en la Plaza de Armas, que hoy alberga el Museo de Historia Natural.

Hotel internacional. La Habana.

Residencia del embajador de España, siete de la tarde, en la puerta más occidental un centenar de personas, en la acera, forma una larga cola que va pegada al palmeral que cierra la residencia.  Nos bajamos del coche de Karel Osél, el taxista, que pasará a recogernos dos horas y media más tarde.  Habíamos decidido ir como cubanos. Había dejado mi camisa blanca, mi corbata y mi chaqueta en el armario por imposición de Nuestro Hombre en La Habana. No desentonamos, salvo en que mi camisa de manga corta era verde e iba arrugada y estaba muy lejos de pasar por una guayabera.  De las ochocientas o mil personas que había en la fiesta, solo dos hombres y el embajador iban de traje oscuro.

En la cola, no sería elegante preguntar quién era el último, como en la de la guagua, así que nos pusimos detrás de una pareja de cuarentones en las que ella iba con un traje de noche y él con pantalón vaquero y camisa azul de cuadros.  Ellos estaban a continuación de un grupo de militares bolivianos, con los que se fueron deteniendo y colándose algunos militares de otras embajadas.

El Vedado. La Habana.

Enseguida dejamos de ser los últimos.  Un obispo, natural de La Mancha, con una gran cruz de plata colgada sobre una camisa blanca, acompañado de una señora se puso enseguida detrás de nosotros. No hablé con el Obispo porque me miró mal desde el primer momento, lo hice con el matrimonio de delante que resultaba más agradable y además la mujer manejaba con soltura un abanico del que aprovechaba las ráfagas refrescantes que la sobrepasaban.  Creímos que habría mucha menos gente, le dije a los de delante:  Ay! No, me respondió la mujer, siempre es así en lo que organiza la embajada de España.  Siempre son los actos en los que hay más gente, me aclaró.   Más tarde, en su discurso, el Embajador daría más datos, “más de mil quinientas solicitudes se presentan cada día en nuestra embajada, unas quinientas mil al año”.  En un país de once millones de habitantes, casi el 5%.

Frutero. Mercado de S. Rafael. Centro Habana. La Habana.

Nos recibieron en el jardín de entrada cuatro mujeres puestas en fila a las que le fuimos dando la mano, porque intuimos que nos estaban allí para recogernos los abrigos.  Hacía un calor de muerte.  La primera, la mayor, de melena rubia, me dio la mano plana, como para que se la besara, por lo que dudé si no sería la mujer del embajador.  Ya en el interior de la casa, parejas de cubanos jóvenes vestidos con los trajes regionales de España, formaban haciendo un pasillo que nos llevaba al amplísimo jardín, unos cinco mil metros cuadrados, salpicado de  toldos bajo los que servían de comer y de beber, junto a los que había una pantalla gigante de Tv y un escenario.  

Nos fuimos dejando caer por aquel parque que estaba encuesta hasta que terminamos en las inmediaciones de la piscina y la amplia zona de los vestuarios, allí aparcamos y esperamos a que comenzara todo. 

El vedado. La Habana.

Habló bien el embajador, no fue brillante, pero fue familiar y cercano.  Hasta creí que nos conocía personalmente a todos, all Ministro de Turismo, al secretario del ministro de Industria y al dueño del grupo hotelero balear más importante, los tuteó y llamó por su nombre. Un fallo técnico impidió que empezara el acto con los himnos de Cuba y de España, que se remedió con el canto a capela de los presentes del himno cubano y cuando me temía que nos hiciera tararear a los propios el “chinda, chinda”, salió un gaiteiro que nos sacó del apuro.  El embajador aprovechó para despedirse, pues ya hay nombrado uno nuevo y para darle las gracias a todos los que habían colaborado con él, empezando por su esposa que, según dijo, siempre le echaba en cara que nunca la nombrara en sus discursos (risas del público y gesto de azoramiento de la mujer que estaba su lado, que era aquella de melena rubia que me había dado la mano plana para que se la besara).  Para finalizar os pido que no me dejéis solo y dio vivas a Cuba, a España y al Rey y el público le respondió sin ardor guerrero pero con el agradecimiento de estar en una buena fiesta.

Vendedora de refrescos. Calle Hospital. La Habana.

Hubo tortilla de patatas pinchada en palillos coronados con la bandera de España y paella valenciana, jugo de tomate, algo de embutidos y banderillas de esas de cebollino, aceituna y alcaparra con bebida en abundancia, mientras en la tele del jardín pasaban vídeos en los que no me detuve y en el escenario actuaba un grupo cubano cantando flamenco y alguna sevillana.  Parecían de allá, que no lo eran, que Nuestro Hombre en La Habana sabía quienes eran, que ya los había visto actuar en otros lugares de menor postín.

Centro Habana. La Habana.

Nuestro Hombre en La Habana saludó a conocidos y yo, por no ser menos, le fui a dar la vara al hombre del tiempo de la tele, un hombre ya jubilado, al que recurren para que informe cuando una amenaza meteorológica ronda Cuba. Le había visto informando del huracán Michael, hacía un par de días. Transmitía credibilidad, me pareció un tipo del que te puedes fiar.  Estaba con una mujer que le miraba mientras le hablaba y que parecía corroborar mis alabanzas.  Le agradecí lo bien que lo había hecho, la credibilidad que había transmitido al informar del huracán. Nos había alertado de un peligro inminente, haciéndonos sentir la gravedad del momento; pero, a la vez, nos había dado tranquilidad con sus explicaciones, sencillas y claras, de lo que estaba pasando y de lo que se esperaba que ocurriese, sin dejar de recomendarnos que estuviéramos pendientes de las informaciones que la Tv iría dando a lo largo de la tarde.

La L con la 23. La Habana

Tuvimos que decirle al taxista que había quedado en recogernos que se retrasara una hora larga, porque allí se estaba muy bien. Tan bien que me he quedado sin tiempo y sin fuerzas para hacer esto más largo.  Tampoco os perdéis nada, seguro. 

Cafetería en El Vedado. La Habana.
calle S. Miguel. La Habana
El Vedado. La Habana.
El vedado. La Habana.
La cafetería preferida por NHH. El Vedado. La Habana.
El Vedado. La Habana.
Centro Habana. La Habana.
Maniseras dn la Plaza de S Miguel con San Lázaro. La Habana.
Centro habana. La Habana.
Calle Hospital. Centro Habana. La Habana.
Centro Habana. La Habana.
La 23. La Habana.
Centro Habana. La Habana.
Calle Espada. La Habana.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s