Tercer día en La Habana. 4 de octubre de 2018

Calle cortada durante el recreo de los alumnos. La Habana.

Las cosas se van normalizando demasiado lentamente.  Persiste el efecto del trastorno del sueño ocasionado por el cambio de hora. Son seis las que hay que atrasar el reloj al llegar a La Habana. Parece que esta vez las noto más.  Espero que sea eso, el jet lag, lo que mantiene mi baja forma y no las molestias que palpitan en mis bajos fondos. 

 Es posible que las largas caminatas no me sienten bien.  Seré comedido.  Acabo de mirar en el móvil y ayer anduve 20.000 pasos, mil más que el día anterior.  Además me aprovisioné de agua.  Acarreé 10 litros de agua unos quinientos metros y subí con ellos cuatro pisos hasta mi casa, un peso a los que debería de añadir los dos o tres de la mochila con el ordenador y la cámara.  Nada fuera de lo normal sino fuera porque en los últimos seis meses mantuve reducidos mis esfuerzos.  ¿O será el calor?

Valoro la impudicia de hablar de mí, pero es que estas son crónicas impúdicas.

Puesto callejero de fruta. La Habana.

Empecé el día donde suelo terminarlo, en el Biky, esa cafetería restaurante que hay en la esquina de Infanta con San Lázaro. Propiedad de una cooperativa de 200 trabajadores que mantienen en pie una panadería, una confitería, un restaurante y dos cafeterías-restaurantes distribuidos por dos edificios adosados. Una cooperativa extraña acogida a esa figura todavía mal desarrollada de Trabajador por Cuenta Propia.  Falta legislación laboral que proteja a los trabajadores totalmente indefensos ante estos nuevos empresarios.  Por no tener, los trabajadores no tienen días libres, ni vacaciones, ni bajas por enfermedad. Están ahora en el desarrollo de una legislación tributaria, para el día ocho se espera unas fuertes medidas de control de los taxis.  Se escuchan protestas en la calle.  Os contaré.

Peluquería. La Habana.

En el Biky pedí un bocata de jamón y un zumo de mango. El bocata venía caliente y empapado en mantequilla, además era demasiado grande.  Un error.  El Biky no está para desayunar ligero.

La noche la acabé charlando con una pareja joven que estaba preparando una casa para ponerla en airbnb.  De lo que me contaron me sorprendió la historia de la propiedad de la casa.   Os la resumo.  Cuando triunfa la revolución, viendo lo caro que pagaban los cubanos el haber colaborado con el régimen de Batista, los propietarios de la casa decidieron marcharse quedándose la casa habitada únicamente por la mujer que les había servido hasta aquel día de 1960.  La revolución castrista abolió la propiedad pero respetó el usufructo de los que vivían en cada edificio.  Así esta mujer pasó de ser una trabajadora de la casa a ser usufructuaria.  A su muerte su hijo heredó  el usufructo  que vino disfrutando hasta que poco después decidió emigrar a Estados Unidos, pasándole los derechos de disfrute de la casa a su primo.  Llegado un momento el nuevo usufructuario tuvo la oportunidad de alquilar la casa a un empresario español que le pagaba al mes 20 veces su salario mensual.   Para entonces la legislación de la propiedad en Cuba ya había cambiado y se le reconocía la propiedad a todos los viejos propietarios o usufrutuarios; pero el primo de América ya había muerto, de todas formas el propietario legal de la casa decidió remitirle la renta íntegra a la única hija que había tenido su primo, que residía también en Estados Unidos.  Hace unos meses el empresario español dejó la casa y los hijos del propietario habían decidido ponerla en alquiler en airbnb con la intención de seguir enviándole, a aquella desconocida prima segunda que vivía en Estados Unidos, la renta íntegra de la vivienda, que seguía siendo 20 ó 30 veces mayor que el salario de la mujer que me contaba la historia.   

Le pregunté si no pensaba cobrarle nada a la pariente americana por su intermediación y me dijo que no.  Le pregunté de quién era la casa.  Muerto mi padre ha pasado a ser mía, me respondió. ¿Pero te sientes moralmente atada con esa mujer que no has visto en tu vida, cuyo padre abandonó Cuba igual que aquellos grandes empresarios, aunque por diferentes razones, dejando la casa en manos del Gobierno de la República? Si, me dijo. ¿Y no crees que deberías, por lo menos, cobrarle algo por tu intermediación y el trabajo que te va a ocasionar Airbnb?  No sé, no se me había ocurrido, me dijo. Y pasamos a hablar de otras cosas.

Charlando. Centro Habana. La Habana.

Me entretuve hasta media mañana en el entorno del Hotel Habana Libre.  El camarero me indicó la mejor mesa para captar la señal de wifi, amigos que hace uno, y allí estuve conectándome, enviando mis primeras señales de vida desde “el Nuevo Mundo”.  Después caminé hasta La Habana vieja.  Había quedado a comer con Nuestro Hombre en La Habana.  Como mi casa me quedaba en camino decidí pasar por el súper y hacerme con diez litros de agua y después seguir en busca del restaurante.  

Sentada delante de su casa. Centro Habana. La Habana.

El restaurante que habíamos elegido estaba lleno así que intentamos encontrar uno que nos gustase en los alrededores, pues Nuestro Hombre había quedado después de comer con alguien que vivía en las inmediaciones del Parque Central. Nos metimos en la calle Mercaderes en un restaurante claramente para turistas, La Imprenta. A mi no me gustó.  Aunque no estaban mal los garbanzos fritos al estilo campesino que me tomé, algo parecido a unos callos, ya sé que poco apropiados para mi salud y menos con treinta y tantos grados a la sombra; pero la mesa en que me los comí estaba junto a un gran ventilador que nos enviaba un vendaval refrescante cada poco tiempo. ¿Excusa aceptable?

Parque infantil. Habana Vieja. La Habana.

Acompañé bajo un sol candente a Nuestro Hombre en La Habana hasta la casa en que había quedado a tomar un café y me volví a casa con calma haciendo fotos y parándome de vez en cuando a charlar.  No es difícil hacerlo con los habaneros.  El primero fue un hombre que me invitó a pasar a su cafetería. Se lo agradecí, pero le dije que no. Fue suficiente para que la liáramos. Acabé firmando por las paredes del local y una camiseta de no sé qué equipo.  Estaban empeñados en que pusiera España debajo de mi firma, y lo hice y le añadí un dibujo y casi me convencen para que les decorase el local.  Salí a tiempo.

Peluquería. La Habana Vieja. La Habana.

La segunda parada fue con un taxista que estaba sacándole brillo a la carrocería de un Playmouth de los 50.  Resultó insoportable.  Solo a mi se me ocurre preguntarle por los nuevos impuestos que van a regir en el sector del taxi a partir del día 8.  Un atraco. Quieren acabar con nosotros. Y empezó a darme cuenta de todas las injusticias cometidas por el régimen para con su madre, con su mujer y con su hija.  A esta última  había tenido que comprarle un piano porque en las clases particulares, porque es mentira que la educación sea gratuita en Cuba,  si el piano lo ponía la profesora costaba 9 dólares más, 15 en total. Me habló de los apartamentos de lujo que Raúl Castro había construido para los militares, de los 16 millones de pobres que existían en Cuba.  Pero solo sois 11 millones de habitantes, me atreví a corregirle. Eso era antes, me dijo, el nuevo censo va ya en 16 millones.  Pero ya hemos parado, porque ya nadie se atreve a tener hijos con este régimen obsoleto, ladrón y criminal.   Y como cerrando el discurso dijo:  Una bomba en el 59 era revolucionaria hoy es terrorismo.  Y que ahora querían subirle los impuestos a él que ya le paga 40 dólares al día al propietario del coche y se hace cargo de los daños y averías inferiores a los cien dólares y además, también diariamente paga una media de 10 dólares de carburante.  Y ahora quieren que paguemos impuestos.

Su mujer vino a interrumpirle la soflama para decirle no sé qué,  momento que aproveché para marcharme.

Centro Habana. La Habana.

Después fueron dos mujeres que poniéndose a mi altura, una a cada lado empezaron a hablarme.  Al principio creí que la casualidad y el tráfico me había colocado entre ellas, por lo que di por hecho que las palabras que me decían eran, en realidad, parte de una conversación que venían manteniendo entre ellas.  Les pedí perdón por haberme inmiscuido y me detuve para que pudieran volver a caminar juntas; pero se pararon conmigo. Querían charlar y charlamos, muy poco porque enseguida me propusieron que me fuera con ellas a la casa que la más alta tenía cerca.  Tu eliges a la que más te guste, me propusieron sin mostrar rivalidad alguna. Encantadas con la proposición como si yo al hacerlo dejara tan feliz a una como imaginaban que podía hacer a la otra. Pues no sé, les dije, preferiría no tener que elegir y con las dos no me atrevo.   Y antes de cualquier reacción que me pudiera costar la vida, añadí rápidamente: Además me están esperando y a mi edad necesito cierto tiempo. No me creyeron. Ignoro que parte de lo que les dije no me creyeron, pero me marché agradeciéndoles mucho su propuesta de amistad tan dulce y prometedora.

Vendedor de pájaros. Plaza del Cristo. La Habana Vieja.

La casa la había achicharrado el sol durante todo el día y seguía haciéndolo.  Debía de estar en los 50 grados.  Me desnudé enseguida y me apuré a poner en marcha los dos aparatos de aire acondicionado tardé en dejar de sudar como media hora larga.  Después pasé las fotos del día y ya de noche me fui a La 23 a tomarme un helado en el puesto que hay en los jardines de Copelia.  Me lo tomé sentado en una parada de autobús junto a un bulto negro que se movía convulsivamente.  Me pareció una persona acurrucada al otro extremo del banco. Como nadie de los que pasaba le hacía caso y ya era de noche, di por creer que sería un sintecho que estaba tratando de conciliar el sueño.  Es verdad que no abundan los sin techo en La Habana, no he visto ninguno, pero en ese momento fue lo que pensé.  Quizá he sido un imbécil.  Una vez más.

A la salida del cole. La Habana Vieja.

Ya de regreso caí en la tentación de la Casa del Perro y me tomé una salchicha con problemas.  En la ventana en la que te sirven hay un hombre embuchando salchichas y sirviéndolas con mostaza y ketchu y una mujer que te cobra el pedido por adelantado. Una salchicha con poca mostaza, por favor, le dije al pagarle los cincuenta céntimos de dólar.  La mujer pasó la orden y el hombre me entregó un pan con perro en el que desbordaba la mostaza.  Perdone, dije con poca mostaza.  El hombre me miró perplejo, cogió un tarro de goma y todavía me echó más mostaza sobre la que ya desbordaba. Miré a la mujer y le pedí socorro diciéndole: La quiero sin mostaza.  Se lo dijo al hombre que me miró con la misma perplejidad de antes y me preparó un pan con perro con ketchu y un buen chorro de amarillenta mostaza. Me rendí y me comí el perro que aquel hombre quiso.

Iba a ducharme antes de acostarme, pero sería ya la tercera vez en el día y tuve miedo acabar con las defensas de mi piel.  ¿No me digáis que no lo habéis pensado alguna vez?

Centro Habana. La Habana.
Centro Habana. La Habana.
Centro Habana. La Habana.
Centro Habana. La Habana.
Centro Habana. La Habana.
Centro Habana. La Habana.
Parque Central con el Gran Teatro de La Habana “Alicia Alonso”.
La Habana Vieja. La Habana.
La Habana Vieja. La Habana.
Mercado en La Habana Vieja. La Habana.
La Plaza del Cristo. La Habana Vieja. La Habana.
La Plaza del Cristo. La Habana Vieja. La Habana.
La Plaza del Cristo. La Habana Vieja. La Habana.
Dos mujeres en Centro habana. La Habana.
Peluquería en La Habana Vieja. La Habana.
La Habana Vieja. La Habana.
La Habana Vieja. La Habana.
La Habana Vieja. La Habana.

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