El día del trastorno horario. 3 de octubre de 2018

Parque Central. La Habana Vieja

No sé si me los he traído con el equipaje, pero hoy estaban todos aquí ,conmigo, mis demonios y mis miedos.  Aquí están expectantes todavía, pendientes de mis debilidades para dar el salto.  Tengo la esperanza de que no sean verdad, de que sean tan solo una imagen, que el cansancio del viaje me haya hecho recordarlos con la suficiente fuerza como para confundirme. 

Como me pasó en el primer viaje que hice a La Habana en el segundo día me pregunté, como hoy, qué hago aquí.  Y como entonces espero que este solo sea el efecto del cansancio del viaje y que se prolongue tan solo, como aquella vez, hasta después de la segunda noche.

Centro Habana. La Habana.

Me acosté a noche a las seis de la madrugada y me desperté a las doce del mediodía de hoy, con este horario de Europa seguí hasta que a última hora de la tarde en que logré una tarjeta cubana para el móvil.  Tras un parpadeo aparecieron las 14.39 en la pantalla.  De repente me daban la oportunidad de volver a vivir las últimas seis horas.  Pero no tiré por ahí, tan solo me dije: “Ah! Todavía me queda tiempo”.  Como si tuviera planeado hacer algo.

Pasando por delante del Hotel Telégrafo. La Habana.

Salí temprano.  La noche no había enfriado para nada el ambiente.  Hacía calor.  Y eso que el cielo estaba cubierto por una sola nube gris que lo tapaba todo sin fisuras. No se veía ni un rayo de sol. Mala luz para las fotos.

Amaneciendo en la calle Espada. Centro Habana

Mi plan era conseguir dinero cubano, en las dos monedas oficiales, en CUC y en pesos, comprarme por quince CUC tres tarjetas de cinco horas (es lo máximo que te venden) para navegar en internet, y desayunar. Por este orden. Tenía tiempo así que fui callejeando hasta la calle San Lázaro.  Al llegar a Infanta me dejé caer un poco hacia el malecón y volví a meterme por las calles más estrechas en dirección al Habana Libre. Fui haciendo fotos a una mujer en bicicleta, a dos niñas de primaria de cháchara en una esquina, a las raíces de unos árboles que no se sabe si sujetan los árboles o el muro, a un barrendero ya anciano y a casi todo lo que se me puso por delante.

La casa de cambio no abrió hasta las ocho y media.  Fui a la que está en La 23, entre la Plaza del Quijote y el Hotel Habana Libre, enfrente de la heladería Copelia.  Ya había cola delante de la notaría, debajo de la que un hombre de mi edad extendía su mercancía de revistas y libros de segunda mano, también había cola en la casa de cambio y delante del banco que está en la esquina.  Seguí haciendo fotos a la espera de que abrieran y viendo como una mujer limpiaba con un periódico viejo el cristal de la puerta de entrada a la casa de cambio. Cuando abrieron seguía la puerta de cristal espesamente manoseada. 

el encuentro antes de entrar en el cole. La Habana.

A unos pasos de la casa de cambio me tomé un pan con perro en la Casa del Perro, con un poco de mostaza y otro churrete de kétchup, y de allí me fui hasta el Focsa, el histórico rascacielos de los cincuenta, que alberga en uno de sus locales de la calle una agencia de Etecsa, la Empresa de Telecomunicaciones de Cuba. Después me fui al Habana Libre donde el camarero me saludó como si no hubieran pasado seis meses.

La calle 23

A media mañana tuve que volver a casa.  Siguiendo los consejos de uno de mis médicos he venido poniéndome una inyección para evitar un trombo en el largo viaje en avión.  Me tocaba la tercera y última dosis a la una. Ya en el portal abrí la puerta, pero no fui capaz de sacar la llave de la cerradura. Forcejeé hasta desistir por miedo a romperla.  Decidí aplazar la solución y mientras tanto subí los cuatro pisos con la esperanza de que alguien arreglara aquello mientras subía y bajaba.  Pero no sucedió y al bajar la llave seguía allí empeñada en no moverse e impidiendo que aquella puerta se abriera. Esperé a que ocurriera algo. Recurrí a unos niños que jugaban cerca y a una mujer que pasaba; pero acabé llamando a las puertas de los vecinos para pedir ayuda.  Me socorrió un vecino que podría haber sido compañero de colegio de Fidel.  Fue amable y tenaz, abrió la puerta, pero no sacó la llave por lo que acabé yendo a un cerrajero.   No fue fácil.  La dirección era sencilla, en los bajos del rascacielos que estaba al lado.  Pero tuve que preguntar.  En la puertecita que está en el rincón, me dijeron dos viejos (La Habana está llena de viejos, muy viejos).  Pero aquello no era una puerta era un hueco al que se llegaba pisando un jardín y tardé en encontrarlo.  Entré en los sótanos sucios y sin luz del rascacielos y cuando ya estaba a punto de irme descubrí un cuartito, apenas iluminado con una bombilla, atiborrado de hierros, trozos de tuberías, tornillos y cerraduras viejas, en el que un hombre también centenario que, sentado ante una mesa muy sucia y llena de cosas, le estaba enseñando a un joven aprendiz, negro de pelo pincho, como se cubría una factura.  Esperé a que acabara la lección y le conté lo que me pasaba.  Para mi sorpresa cogió el block de las facturas y escribió en ella mi nombre, la dirección de la casa, el asunto de la visita y dos o tres líneas más con la labor a realizar de acuerdo con lo que le había contado.  Al final me dijo, son 208 pesos u 8  cucs o dólares, como le decimos nosotros.

Ya había sacado el dinero del bolsillo cuando apareció una mujer gritando: Espere, espere.  Era una vecina que me traía la llave que al final entre el vecino, ella y otros dos hombres más habían logrado extraer de la cerradura sin estropearle el bombín. El asunto tuvo un final feliz y, para mi sorpresa, nadie me recriminó por haber atascado la cerradura ni nadie me dio consejos de cómo abrir una puerta.  Lo que es de agradecer.

Después de toda esta historia volví a subir a casa y me pinché, se había hecho tarde.

La 23, junto a la notaría. La Habana.

Al salir no me atreví a usar de nuevo la llave y esperé a que entrara o saliera alguien, que no tardó en venir.  Solo somos ocho vecinos, pero hay ajetreo.  La calle tiene mucha vida en la Habana. 

Comí arroz con frijoles y un zanco de pollo, para beber: agua, y de postre un pastelito de guayaba que fue lo mejor del menú. Después me fui hasta La Habana Vieja, despacio, callejeando, hasta que un hombre sentado en el escalón de entrada a su casa me llamó la atención. Era de nuevo otro hombre mayor que fumaba un puro mientras veía pasar la tarde.  Le saludé con una evidencia: ¿Está usted fumando un puro?  Pues si señor, hasta hace poco los hacía yo mismo, me contestó. ¿Y usted no fuma?.  No, yo no, que ya soy mayor, le respondí.  Pues yo ya cumplí los 91, pero ya ve, me dijo.  Y siguió diciendo:  Me fumo un puro al día, lo dejo que se pague muchas veces, pero lo vuelvo a encender y a veces me queda algo para el día siguiente.

Charlamos un rato y le pedí que me dejara hacerle una foto y se dejó encantado llevándose a la boca el puro que acababa de encender por enésima vez.

Pasé la tarde en la terraza del Hotel Telégrafo el que ocupa la esquina del Parque Central más próxima al Paseo José Martí.  La terraza estaba vacía. Solo estaba la orquesta que anima las sobremesas, pero estaba ya recogiendo; por eso me senté.  Me sobraba con la música del cuarteto que estaba tocando en el otro extremo de los soportales, en la terraza del Hotel Inglatrerra. Allí mismo me puse a escribir lo del día anterior, lo del viaje, y de vez en cuando me levantaba a hacer fotos de la gente que pasaba por la calle. Cuando di por terminada la entrega del primer día me di cuenta de lo cansado que estaba y todavía me quedaba atravesar Centro Habana y subir cuatro pisos por unas escaleras donde la temperatura podía sobrepasar los 40 grados. Pero lo hice y  al llegar me di una ducha y me tiré en la cama bajo el chorro frío del aire acondicionado.  Me quedé dormido.  Me despertó Nuestro Hombre en La Habana para ir a cenar algo. 

la terraza del Hotel Inglaterra. La Habana.

Tenías razón, le dije mientras cenábamos, hoy estoy mucho más cansado que a noche. Y aceptó mi confirmación sin decir nada.  Nos comimos unos camarones rebozados, como calamares a la romana, una ensalada y unas fajitas de pollo. De postre me tomé un helado de fresa que no me gustó nada.  Y me volví de nuevo a la cama.

La calle M. La Habana
bajando de un taxi en la 23. La Habana.
Calle Infanta. La Habana
Barrendero. La Habana.
Cruce de las calles L y 23. La Habana.
La23. La Habana.
Calle Espada. La Habana.
El patio de manzana desde mi ventana. La Habana.
Adelantando los deberes esperando al bus. La Habana.
Taxistas en el Parque Central. Las Habana.
Mujer con zapatillas rojas. La Habana.
Vendedora de frutas en la calle. La Habana.
Fumador de puros en Centro Habana. La Habana.
empezando el día en la calle L. La Habana.
Vendedora de flores. Calle san Lázaro. La Habana.
Vendedoras de recuerdos. calle San Lázaro. La Habana.
Plaza en Centro Habana. La Habana.

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