víspera de festivo. 21 de enero de 2016

La tienda de las chuches en Bujador

La tienda de las chuches en Bujador

Detrás de la cafetería de La Base de Acnur crece un bambú que en Galicia llamamos del país, son las cañas con las que se siguen construyendo las parras para el vino en el valle del Salnés. En la Base del Transporte, en un rincón de su parcela amurallada, un hombre mantiene un huerto en el que crecen tomates y pepinillos para alimentar a una parte de los trabajadores. En mi vida he comido unos tomates más ricos, me contaba ayer el cooperante responsable de la base. Yo, que soy un indocumentado y tan atrevido como ignorante, les digo que los judíos en una tierra como esta, con acuíferos tan caudalosos como estos (ahora dudo de si se podrá calificar de caudaloso al agua embolsada bajo tierra), a pesar de su salinidad, convertirían estos arenales en productivos huertos. Solo hace falta dinero. Solo.

Las cañas en La Base

Las cañas en La Base

El Cooperante me dice que los argelinos no permiten utilizar abonos químicos, entre otras cosas porque sirven para elaborar explosivos, que hay ONGs que están tratando de que se cultive la tierra, las hay españolas y francesas que están enseñando a cultivar la tierra.  Recuerdo ahora, que ayer, en Smala pregunté por un arbolado que crecía tras un muro que hay cerca del Protocolo de allí, a donde tuvimos que acudir a firmar el libro de entradas y salidas que nos exige seguridad, y me contaron que hay una ONG extremeña que intenta convertir aquel lugar en un huerto grande.

El huerto de Smara

El huerto de Smara

Estoy sentado en la cafetería, en la desangelada que tiene una nevera con una foto del Barça de la liga del 2008-09. Dos hombres vienen a saludarme y a preguntarme si estoy bien, si estoy a gusto, si se me trate correctamente. Les contesto a todo que si, que muy bien, que estoy muy a gusto, que todo el mundo es amable. Y, a lo mejor me excedo, pero le pregunto si ellos están bien, si están a gusto, si todo el mundo es amable con ellos y por su familia y por la salud de toda ella. Y no se extrañan, porque son así. Ellos mismos cuentan que cuando un saharaui llama por teléfono, en los saludos se les acaba el saldo antes de que lleguen a contar la razón por la que llaman.

Me lo contaron cuando quise saber las palabras que se decían al encontrarse. Rezan?, pregunté, convencido de que aquel hablar tan de seguido sin esperar la respuesta del interlocutor y en tono tan monocorde me recordaba al rezo de un misterio del rosario o de una parte de las letanías que se rezaban después. No, no. Están saludándose, me respondieron; se preguntan por la salud, la familia, el trabajo y esas cosas. Por eso yo siempre pregunto por todo. Solo me falta preguntar cómo están de moral, de ánimo para seguir aguantando?   Pero impertinencias, las mínimas.

 

La cafetería de La Base

La cafetería de La Base

Hoy, muy de mañana, todavía estaba yo arrebujado con mi saco de dormir y una manta doble que me echo por encima, cuando escuché la primera llamada a la oración. Tengo que preguntar quién la hace, me dije, si está grabada, si es por la radio o es que hay algún imán en Protocolo? No me despertó, estaba en ese duermevela en que se me pone el cuerpo en varias ocasiones cada noche. No era elevado el volumen, como para no molestar, como si solo quisieran llamar la atención de los que ya estaban despiertos. Son así de respetuosos, me dije; pero al momento me entró la duda, esta forma de llamar como en susurro, no será debido a que duermo sin el audífono puesto? De todas formas, haré las preguntas.

El Barça en la nevera

El Barça en la nevera

Cae por mi mesa un cooperante español. Hablamos. Es divertido. Lleva a extremos sus comparaciones, sus ejemplos. Los musulmanes, dice sin limitación alguna, son como los españoles de los años cuarenta en que el cura de mi pueblo iba con el pistolón al cinto. A mi abuelo, que solo iba a veces a la iglesia, le preguntó un día por qué no había acudido el domingo a misa. No pude, tuve trabajo, le dijo. Y como no le gustó la respuesta le metió una multa de mil pesetas. Mil pesetas de los años cuarenta, una fortuna! exclama. Ahora yo voy, cuando estoy en España, muy de vez en cuando. Cuando me apetece. Y no pasa nada, me cuenta como si yo no lo supiera.

Y sigue. Los musulmanes necesitan la religión, sus costumbres de la edad media, para protegerse ante el mundo occidental que amenaza con arrollarles. Se les viene encima un mundo que no controlan, mucho más evolucionado que el suyo. Ellos, que todavía están lamentando acomplejados la caída del Imperio Otomano, de repente se ven sorprendidos por la globalización. Viven en la edad media pero con celular. En España no se dice celular, se dice móvil, no? Con la computadora precisamente cuando es por ahí por donde se les está colando la modernidad. No son capaces de renunciar a la tecnología que, sin embargo, acabará difuminando sus costumbres.

Y no para. Por eso su radicalización, el Taligh, la figura del monje-soldado, el que tiene a un lado el Coran y al otro el kalasniskov.

 

Exterior cafetería

Exterior cafetería

Ahora se está bien al sol. Cojo una silla de debajo del entoldado redondo donde están las sillas y las mesas, y me siento al sol. Siento que me quema un poquito la piel, como el del mes de agosto en la playa y me asaltan los consejos de vieja en los que el sol de invierno trae los males de garganta y la gripe. Me echo la gorra hacia delante y sigo adormecido hasta que me espabilan unas voces. No iban conmigo. El calor me espanta hacia la sombra de unas cañas en donde opto por jugar con la cámara y hacer el retrato del chamizo con una persona al fondo.

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Me vienen a buscar. Nos vamos a comer a Bujador.

Los hombres del garito de la entrada donde cada día intercambio mi carnet de identidad por una tarjeta de congresista en la que puede leerse BASE UNHCR/TGH y debajo un número, hoy me han dado el 013. En algunas culturas es el de la suerte, me digo para espantar el mal fario.

Cuando llego para que me devuelvan el carnet, los del garito están rezando. El que se sienta fuera, que siempre está sentado en una silla leyendo el Corán, ha extendido una pequeña alfombra sobre la arena y está arrodillado con la cabeza en tierra. El de dentro del garito está de pié de espaldas a la ventanilla de recepción. Miran a la Meca, pienso; pero me doy cuenta que están orientados en dirección contraria. Será que el que atiende a la ventanilla no quiere darnos la cara mientras reza. Será. No me imagino encontrarme con un hombre en una ventanilla que me mira y reza, porque el Islám no acepta la imaginería, la imagen de culto, porque si no ya me sentiría yo como el santo de los cooperantes, algo así como Jesús Malverde, ese que tienen los narcos mexicanos como patrón, que no es santo ni es nada, sino un viejo colega del oficio, al que los narcos veneran porque si, porque les da la gana y porque creen que intercede a su favor. Pero todo esto lo pienso yo mientras espero sin hacer un gesto, ni una mueca. Sin molestarme lo más mínimo la espera. Y qué haría yo en Europa, me pregunto, si alguien me hace esperar en una ventanilla porque se ha puesto a rezar?

 

Camino de Bujador

Camino de Bujador

Nos vamos. Me entero que el termómetro marca veintidós grados más que a primera hora. La impresión es de un buen día de verano en Galicia. Aquí en agosto alcanza los 54 grados. Los novatos se cogen insolaciones como le pasó al Cooperante.

En el viaje, a la salida de Rabuni, donde está el cruce para Bujador, unos hombres venden trufas como todos los días mientras dura la temporada. Entonces le comento al que nos lleva, que ayer en Smara cuando acabábamos de abandonar Protocolo, donde habíamos firmado la salida del campamento, nos pararon unos chicos que iban en un coche en dirección contraria para ver si queríamos comprarles medio camello. Qué coche era? Me preguntó. Pues no me acuerdo, le respondí. No sabes si era grande o pequeño? Sigiió preguntándome. No era grande, le dije. Me parece que un mercedes, intenté puntualizar.   Pero aquí todos los coches que no son todoterrenos son mercedes. Mercedes españoles con muchos años de uso. Era blanco? No sería un todoterreno grande, blanco? No, creo que no, le contesté. Creo que era un coche bajo. Por qué? Le interrogué intrigado. Porque ayer cuando íbamos hacia Smara un todoterreno blanco, con los cristales tintados, nos adelantó y después de un rato volvió a adelantarnos. Llamamos a vuestro conductor, que es el responsable de vuestra seguridad, y por eso a la vuelta no vinisteis en este coche como habíamos hablado, por seguridad tuvisteis que volver en el otro coche que era más grande y mejor. Pues fue nuestro conductor y protector, le conté yo, el que se detuvo cuando los vendedores nos pararon y fue él quien nos dijo que nos querían vender medio camello. Que andaban buscando a dos o tres familias que quisieran comprar un camello y repartirse la carne. Y yo le conté que la misma costumbre la había en las aldeas de Galicia pero que allí se repartían una ternera o un cerdo, no un camello. Y ahí dejamos el tema, como sino fuera importante, como si no tuviera ningún significado, como si no fuera un dato más para anotar sobre la preocupación que los responsables de los campamentos tienen sobre la seguridad de los cooperantes. Y la preocupación que esa preocupación me causa.

 

Bujador

Bujador

Comemos de nuevo en Bujador donde comimos hace tres días. Esta vez un pastel de patata y carne, con manzana rebozada, sí, manzana, y una ensalada con un cuenco de arroz y de postre una especie de natillas con plátano y otras frutas. Como poco porque todavía arrastro el haberme pasado los días anteriores.

La mesa

La mesa

De nuevo nos tratan como no nos merecemos.  Somos conscientes del esfuerzo económico que significa el agasajarnos de tal manera y se lo reconocemos como podemos.  A la mujer de la casa le llevamos una caja de bombones.  Ferrero Rocher, no hay otros. A medida tarde volvemos a Protocolo, el cooperante trabaja en su despacho y yo me pierdo. Hablo con un cubanui, un saharaui educado en Cuba, y lo tiento a abrirse y me cuenta lo difícil que resultó para él adaptarse, a la vuelta de Cuba, donde vivió 15 años, a la vida en el Sahara, a las costumbres y a la misma práctica religiosa. Y le doy carrete y de repente me encuentro hablando con un hombre de la España de los cincuenta reafirmando su hombría, todo machote, en el desprecio de la mujer cubana de la que me cuenta mil historias de sexo y dinero, para acabar confesándome que la mujer española ha de ser para un español, la cubana para un cubano y la árabe para un árabe. Y me da pereza seguir aguantándole. Y echo de menos al muchacho con el que comí ayer que razonaba, buscando en la historia, que el Islán nunca se había entrometido en el progreso de la humanidad, que no había condenado a nadie por decir que la tierra era redonda, por ejemplo. Cosa que sí había hecho la iglesia católica.

Bujador desde el coche

Bujador desde el coche

Bujador desde el coche

Bujador desde el coche

Bujador desde el coche

Bujador desde el coche

Bujador

Bujador

La Haima dentro de casa

La Haima dentro de casa

La niña pequeña

La niña pequeña

Nuestros anfitriones

Nuestros anfitriones

Bujador desde el coche

Bujador desde el coche

Un pensamiento en “víspera de festivo. 21 de enero de 2016

  1. Pues sigues sin dejarme muy tranquila! Te das cuenta q en este viaje sacas pocos retratos de niños? Y he os visto hoy la primera mujer… A mi estas costumbres de tener a las mujeres escondidas no me gustan… No hemos visto ni una, ni en el bar, ni en la tienda, en ninguna comida… Vaya q ni lo entiendo ni me gusta… Y las niñas con velo me ponen enferma!!

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