Argel. 12 de enero de 2016

Nuestra cocina

Nuestra cocina

Desde el avión la costa es escarpada con muy pocas y pequeñas playas. Llegamos a Argel sobre la una y media pasadas. Las tierras de labranza son rectángulos perfectos, grandes, en los que, en algunos, hay invernaderos. Entramos por lo que creo que es el Este de Argel y sobrevolando unos núcleos urbanos separados de la gran ciudad que apenas de ve a lo lejos.   El cielo está nublado desde la mitad del Mediterráneo. El vuelo ha durado, para mi alegría, unos cuarenta y cinco minutos largos. La mayor preocupación por este viaje va desapareciendo. El avión me sigue imponiendo. Es lo que me inquieta de estos viajes. Ahora pasaremos el día en la terminal 1, la de los vuelos locales, esperando a que se haga de noche. A Tinduf solo se vuela de noche, me dicen. Es territorio militarizado y así impiden que se hagan fotos.

Los consejos me obligan a llevar la cámara guardada. Prohibido hacer fotos. No la líes. El Cooperante me sorprende tratando de retratar a unos árabes, como unos treinta o cuarenta, entre hombres y mujeres, que van todos vestidos con chilabas y gorros y pañuelos blancos, que esperan en la sala de equipajes a que lleguen sus maletas. Están ante la cinta contigua a la nuestra. Yo me paseo disimulando, como mirando mi móvil. Y enseguida el Cooperante me asusta diciéndome que estamos rodeados de agentes del gobierno, que se me nota que estoy haciendo fotos.

Dónde están? Le pregunto. Disimulan, apoyados en una columna, sentados en un banco, me dice. Guardo el móvil y busco vigilantes. Los hay por todas partes, encorbatados, descamisados, con anorak, con americana, con gafas de sol, con gafas de miope, sin ellas, con auriculares, sin ellos, con apariencia de hombre de negocios, de médico cubano, de comerciante, de trabajador de banca, de agente de seguros… Cuando dejamos la terminal internacional siento cierto alivio.

El Cooperante es como un padre, me va dando consejos de cómo tengo que hacer y qué camino debo tomar el día que regrese. Cuando termina le pregunto si hacemos un ensayo? Nos reímos.

De repente un hombre al que doy por seguro que es del servicio secreto viene de frente hacia nosotros. Es delgado, atlético, va relativamente bien vestido, con una americana pero sin corbata. En la tele sería un detective de la fiscalía o un agente del gobierno. Faltan como veinticinco pasos. Meto la mano en el bolsillo e intento teclear la clave del móvil con la intención de borrar todas las fotos, incluso las que no hice. Me mira, me está mirando. Dudo si mirarle desafiante. Pero me acojono. Cuando llega a junto de nosotros mira hacia otro lado y dice en un susurro, cambio, quieren cambio.   A cómo va el dinar? Le pregunto a mi acompañante tras un resuello de liberación. En el banco a 108; pero en la calle puede andar a 150, me contesta.

En la Terminal cuatro del aeropuerto de Barajas nos habíamos encontrado con Cooperantes de otras ONGs que van a volar con nosotros a Tinduf. El encuentro es una fiesta. Todos están felices de reencontrarse. El de Médico del Mundo pide colaboración para repartirse los doscientos  kilos que lleva en medicinas. Al final es imposible colocar cincuenta y tantos y se ve obligado a pagar 500 euros. Espera que la factura le sirva para no volver a pagar en Argel, lo va a intentar. Pero lo dice sin convicción. Siempre me hacen pagar, se lamenta.

La comida del avión fue mala, mucho mejor que las de Iberia, pero mala. Me comí lo que pude más por pasar el tiempo que por hambre. Me hice un bocata diminuto con la tercera parte de un triangulito de queso y me comí un pastel pequeñito que figuraba como postre. Así que en la terminal local lo primero que hago es pedir un bocata. Pedimos dos diferentes y nos los repartimos. Así que me tomo medio de queso de cabra con lechuga y otro de carne, no sé si de cordero, o pollo o pavo, y lechuga. Me bebo dos cocas zero que distingo de otra bebida por los colores, el rojo y negro característicos de la marca. La leyenda está en árabe.

Pasa la tarde. Los cooperantes acabaron reuniéndose todos en tres mesas de una de las dos cafeterías de la terminal, A su lado hay un sinfín de carros abarrotados de bultos. Una de las cooperantes, casada con un saharaui tiene a su hijo de dos años en los brazos. El niño duerme. Hay dos francesas y un argentino, el resto son españoles. Les observo desde un rincón en donde me he puesto a escribir estas líneas. Todos hablan animadamente. El ambiente es el mismo que podría haber en cualquier aeropuerto del interior de Lugo. Si hubiera algún aeropuerto comercial en Lugo. Es un ambiente de gente normal, de provincias, sin nadie especialmente bien arreglado, todos vestidos con la ropa de diario, esa que lleva ya cien días de uso, esa que se diferencia claramente de la que se pone la gente cuando se viste de domingo, bueno, aquí, digamos que de día de fiesta. La nota la puede dar un hombre con chilaba que cruza la terminal y el que la mitad, o un poco menos de la mitad, de las mujeres lleva pañuelo, pero eso ya nos llama cada vez menos la atención hasta en nuestras aldeas.

El cooperante se me acerca y me avisa que en breve nos vamos a facturar. Voy plegando.  El de Médicos del Mundo nos pide los pasaportes y hacemos un equipaje común con todos nuestros bultos.  Le sale mejor y al final consigue no pagar nada par este último trayecto.

 

El vuelo a Tindouf es tranquilo. Un olor a vela perfumada nos recibe en el aeropuerto. Tindouf es una ciudad militar y el aeropuerto es su aeropuerto. Una vez más tenemos que cubrir una ficha con nuestros datos y los motivos del viaje. Esperamos la llegada del equipaje y nos vamos reuniendo en la entrada donde nos aguardan siete coches, todoterrenos de talla grande, y los de los militares que nos escoltarán hasta el puesto de guardia de los polisarios. A la salida de la ciudad nuestros protectores se dan el relevo y circulamos con total tranquilidad los treinta kilómetros que nos llevan a nuestra casa.

La carretera discurre por un paraje pedregoso donde parece que las lluvias de octubre, que produjeron graves inundaciones, han ayudado a crecer algunas hierbas. Pero solo se adivinan al borde del haz de luz de nuestros coches. Todo es tierra y pequeñas piedras.

Llegamos a nuestro destino a las doce de la noche. Nos bajamos de los todo terreno y mientras los soldados inspeccionan con espejos los bajos de los coches, nosotros vamos cubriendo una nueva ficha y firmando en el libro de entrada.

El recito amurallado es grande como tres o cuatro campos de futbol. Al menos me parece. En el interior hay un edificio rectangular con una calle sin salida en la que intentan crecer veinte arbolitos y a la que se abren ocho o diez puertas, cuatro o cinco a cada lado. Son las viviendas. En una de ellas viviré con el Cooperante.

La casa es pobre, muy pobre. Incluso diría que miserable pero no lo digo porque pienso cómo estarán los refugiados. La pobreza siempre es relativa.  Al menos aquí hay agua y luz. Tenemos nevera e internet. Y aire acondicionado para mitigar los 54 grados del verano.  Mi cama es un colchón en el suelo y mi abrigo el saco de dormir que siempre me acompaña. Además estreno alfombra.  La cooperante ausente que me ha dejado su habitación me la ha cedido para estrenar.  La cena mantuvo el tono: una lasca de queso y una lata de mejillones, un trozo de pan y un tomate. Para los dos. De beber, agua.  Y no cabe queja.

Cuando nos despedimos hasta mañana, me dijo el cooperante casi orgulloso: A que está bien la casa!

 

Mi cuarto

Mi cuarto

La ventana de la habitación del Cooperante. "Habitación con vistas"

La ventana de la habitación del Cooperante. “Habitación con vistas”

 

7 pensamientos en “Argel. 12 de enero de 2016

  1. Orgullosa de mi hermano, si señor! Tiene muchísimo mérito! Se me hace un nudo en el estómago, la pobreza es relativa! Besos a los dos!

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