Viaje en tren. 10 de enero de 2016.

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Una de las advertencias que me hace el cooperante sobre los saharauis es que son muy religiosos, extremadamente religiosos.   Y recuerdo con cierto pavor las repetitivas llamadas a la oración de los imanes de nuestro barrio, eminentemente musulmán, en Dire Dawa (Etiopía), que empezaban a las cinco de la mañana. Pero le respondo: No hay problema. Y el cooperante dice en otro momento, entienden y hablan español. Cada uno con su acento, con el del lugar de donde lo aprendieron, Cuba, Andalucía, Galicia… Después hablamos de otras cosas. Pero pienso si en el mensaje del Cooperante habrá una llamada a que sea comedido en mis expresiones. Pero en realidad no blasfemo tanto, solo cuando me lastimo, me equivoco o se me complican las cosas, pienso. La verdad es que no se de dónde me viene esto de hablar tan mal, este habla tabernaria. Si ni siquiera bebo.

El primer taco que le escuché a mi padre, que era muy corajudo, fue: Puñetas! Fue su expresión ante el relato de uno de los chóferes del almacén de mi abuelo en que contaba como, la noche anterior, se había matado a un hombre al estrellarse contra el camión. Yo tenía catorce años y a pesar de la tremebunda historia que estaba escuchando no dejó de sorprenderme el primer taco de mi padre.

Hace algo más de un año, teniendo en brazos al que entonces era el más pequeño de mis nietos me llamó una amiga y respondiendo a cómo están todos, le dije que muy bien y que ahora tengo en mis brazos al más pequeño que, por cierto, ya sabe hablar. Espera. Pio, Piiño, dile algo a la Titiña. Me cago en la puta mierda! Le dijo el niño. Bueno, me puse en seguida, también sabe decir mamá y papá. Y pasé a lamentar el tiempo que hacía que no estábamos juntos.

El niño no había cumplido los dos años. A finales de este mes cumple tres y todavía no blasfema. Menos mal. Nos hemos esmerado en enseñarle los más horrorosos tacos que no debe decir nunca: Rasputín y berberecho. Pero lo de cagarse en la puta mierda le sigue resultando muy recurrente.

En Argelia seré comedido. Por lo menos silencioso.

 

Voy algo preocupado por la mochila, por si no me la dejan pasar como bolso de mano. El cooperante insiste en que no hay problema cada vez que le señalo lo pesados que son todos los bultos que llevamos. Mi mochila debe andar por los 13 kilos, él lleva dos y, además, arrastramos cada uno un maletón lleno de ropa de invierno para los niños, con la que amortiguamos unas botellas de ron. No podemos ser perfectos.

 

El viaje en tren es molesto. Nos ha tocado un asiento sin mesita en un espacio para cuatro enfrentados dos a dos. En la ventanilla que se anuncia como salida de emergencia. Cuando acaba de ponerse en marcha el tren un hombre viene dando voces diciendo que si no se retiran las maletas que atascan una de las puertas las bajará en la próxima estación. Vamos allá tres hombres y dos mujeres. Nos dice que es el maquinista, o algo así, y que si tiene que dar solución a una urgencia no puede tener una puerta atascada. No hay sitio para las maletas. No se viaja en tren seis horas para ir a pasar la tarde, la solución tendrá que darla Renfe… El hombre se escabulle y dice que le pidamos soluciones al que pica los billetes (le llama de otra forma). Al final todo el vagón se presta y a las cinco maletas, entre ellas nuestros dos maletones que necesitan dos hombres para subirlas, se les encuentra acomodo en los altillos.

Llegamos a Madrid con cinco minutos de retraso habiendo alcanzado, entre Soria y Madrid, los 239Km por hora. Claro que marcaba 168km/hora cuando ya estábamos parados en el andén de Chamartín. Eran las 22.07 de una calurosa noche de enero, 14 grados. Pero llovía.

 

 

 

 

 

 

 

 

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