De Foncebadón a Ponferrada. Veintinueve de abril de 2015

Salí de Foncebadón esta mañana como quien huye de la peste. Todavía faltaba mucho para el alba y un coreano, asistente de director de cine según me contó, me iba alumbrando con su móvil.   Fue atento y a cambio yo le acompañé durante cuatro kilómetros a su paso, y le mantuve la conversación mientras el resuello me dejó decir palabra. Cuando me rendí y aminoré la marcha, nos fuimos separando hasta que a él acabó tragándoselo la niebla.   Salí temprano, ya dije, e hice bien en no seguir los consejos del pasadero, del sucio posadero, y no esperar a que llegara el día para salir al camino.  Me recomendaba que saliera con el día para disfrutar de las vistas de la caminata.  Pero hice bien en desatender su recomendación.  El monte Irago estaba cubierto por las nubes y no hubiera visto nada incluso con el sol encima.

Saliendo de Foncebadón

Saliendo de Foncebadón

El Coreano apagó el móvil después de pasar la Cruz de Ferro, una cruz pequeña que está al final de un desmesurado mástil de madera clavado en un montón de piedras que van arrojando algunos peregrinos, esos que juegan a colocar altarcitos, cruces, piedras, como si el camino fuera una especie de juego de la oca, donde según donde te detengas has de hacer una cosa determinada y no otra. Esta cruz está en lo más alto del Monte Irago, a 1500 metros de altitud, el punto más alto del camino francés en España. Bueno, pues desde ahí cruzamos menos palabras, muy pocas.  Que a mi no me daba el fuelle a causa del ritmo que me marcaba el coreano. Fue poco después cuando, aprovechando que un silencio se alargaba, aminoré el paso  y lo vi largarse hasta que  desapareció en un momento en que la niebla se hizo mas espesa.

Saliendo de Foncebadón

Saliendo de Foncebadón

Desapareciendo en la niebla

Desapareciendo en la niebla

Me quedé solo en medio de aquel monte y pasé junto a unas casas abandonadas que con el buen tiempo del verano se convierten en el albergue de Manjarín, donde no hay luz, supongo que no hay agua, y la gente duerme en el suelo. Vano remedo de la Edad Media en nuestros días. Estos ermitaños de ahora, que salen al camino a socorrer a los peregrinos a cambio de la voluntad, son los pícaros de antes, los de siempre que siempre han estado aquí transmutándose según el momento y el lugar.  De trileros en las calles concurridas o de altos ejecutivos en consejos de administración de las empresas públicas y privadas. Al fin y al cabo son parte de este país. Que por eso hemos aportado al mundo la picaresca, lo que conocemos a fondo, como los italianos aportaron la ópera, los alemanes el romanticismo, los ingleses el humor inteligente y los franceses… los franceses todas las demás cosas buenas, que no aportaron los rusos, los chinos, etc, etc, etc..

El Refugio de Manjarín

El Refugio de Manjarín

Pero antes de empezar la crónica de esta jornada, no quiero dejar Foncebadón sin contaros lo que supe del pueblo al terminar el día de ayer. Cuando a las seis y media de la tarde, en el sucio albergue en que me había hospedado, empezaron a repartir vasos, platos y tenedores por todas las mesas que no vieron necesidad de limpiar ni de cubrir con un mísero mantel de papel, me marché. Recogí mis bártulos (cámara, ordenador, cables y gafas) y me fui a la calle. No cenas? Me preguntó la alemana que había estado toda la tarde mirando por encima de mi hombro como escribía y montaba el blog. No, es muy temprano para un español, le dije. Pero no hubiera cenado allí ni loco. Antes la inanición que  tomar allí bocado alguno.

Las cabras del Albergue Monte Irago

Las cabras del Albergue Monte Irago

Salí por atrás, que era por donde menos molestaba, porque el albergue de estos pícaros estaba abarrotado hasta tal punto que no quedaba sitio para moverse por el comedor que era el espacio que hacía de recibidor y de cuarto de estar también. Fuera, una cabra y sus cabritillos que habían ensuciado toda la era, me amenazaron con trucarme lo que hizo que saliera con prisa y descuido de donde ponía los pies, pues estaba además de inmundo, todo lleno de piedras y barro. Y yo iba de chanclas, las de la ducha. Por despiste, por supuesto.

La tienda de Foncebadón

La tienda de Foncebadón

Dejada la era, ya en la calle, el barro lo ocupaba todo de manera que andar diez metros te llevaba casi cinco minutos. Por eso me quedé en la primea casa abierta que había. La segunda de la izquierda subiendo la cuesta. Era una tienda de comestibles, pero también servían té, café y bocadillos. Lo atendía una mujer oriunda de un pueblo minero de Ponferrada, que tras su matrimonio había abierto casa en Astorga donde vivía con su marido y sus dos hijos hasta que se separó, hacía tan solo dos meses, aprovechando que le había salido este trabajo de dependienta en Foncebadón. Hablaba sin detenimiento y aprovechando  un carraspeo le dije: Pues ya era duro tu matrimonio, si esto es lo que te ha salvado. Y le señalé la calle, las treinta casas arruinadas, los cuatro albergues y la tienda. Y para que ella no hablara todo el tiempo y acabara sacándome las fotos de los hijos, lo que hizo un poco mas tarde, le conté lo del hijo de puta del albergue de al lado. Y se moría de risa y empezó a detallarme historias de clientes que lo habían denunciado. Me puso un bocata de tortilla francesa, ya que estamos en el camino francés, pensé como disculpa ante el colesterol, y mientras me lo comía me fui enterando de cómo era Foncebadón. Ideal para los hermanos Cohen.   Veinte casas arruinadas, cinco en pie y en cada una, una historia. Al final el malo era el del albergue donde yo estaba dado de alta como cliente de la única habitación individual que tenía.

La tienda de Foncebadón

La tienda de Foncebadón

Bueno, mi habitación constaba de una cama alta de matrimonio, un armario de la casa de alguna abuela de mediados el siglo XX, que estaba lleno de ropa maloliente, toda revuelta; unas repisas a las que llegaba poniéndome de puntillas, un sillón de mimbre de una plaza, una ridícula silla muy pequeña, como de juguete, y como dos taburetes de distinto tamaño, para utilizar, según talla del cliente, para conseguir subirse a la cama que estaba como a metro y medio del suelo. Además,  tenía dos ventanucos como ojos de buey, pero rectangulares, que para eso estábamos en el campo y no en la mar, y que estaban en lo lato, rayando el techo. Y dos puertas, una, por la que se entraba y salía del cuarto, y la otra la de un cuarto de baño, que también tenía dos puertas, una la que daba a esta habitación y otra que daba al pasillo. Y según pagara el cliente se abría y se cerraba una u otra. Como yo no quise pagar más de 20 euros, pues se cerró la puerta que daba a mi habitación y se abrió la que daba al pasillo. Si llego a pagar cuarenta, la del pasillo estaría cerrada y el cuarto de baño sería de mi uso exclusivamente.

Mi cuarto en Foncebadón

Mi cuarto en Foncebadón

Como toalla me dieron una de la playa, tras pedirla. Y de ropa de cama, una sábana bajera que ya estaba puesta y que debió cambiarse después del último año Santo, y para echar por encima un edredón de plumas que debió dejarse olvidado en Foncebadón Ramiro II de León cuando vino a este lugar en el siglo X porque había convocado aquí un concilio. Buscando algo que pudiera contagiarme menos enfermedades fue cuando abrí la puerta de aquel armario que alguna mujer había llevado al matrimonio en la primera mitad del siglo XX. Iba a echarle mano a una punta de sábana que emergía de una bola de ropa diversa, cuando me sacudió un olor a orines. No pensé otra cosa que debía ser la venganza del último cliente. Y lo peor es que ni se habían enterado, me dije mientras lo cerraba. Eché mano de mi saco y me embutí en él cual chorizo maragato.   Y dormí mal, por supuesto.

Primera foto del día en Foncebadón

Primera foto del día en Foncebadón

No os cuento más del día de ayer que todavía me queda el día de hoy, que también tiene su apuro, además de niebla y kilómetros en exceso.   Después de Foncebadón todavía el camino sube durante unos seis kilómetros. La máxima altura está en la Cruz de Ferro, pero desde allí no es todo bajada hasta Ponferrada.  La primera parada fue en el primer pueblo, El Acebo, que está a 11, 6 km de Foncebadón. Para mi sorpresa bajé corriendo y no con cuidado aquella torrentera de kilómetro y pico que lleva al pueblo. Y no me caí. Bueno, corriendo no, a saltitos, como si fuera una piedra rodando.  Pero sin resentirme de las rodillas ni de los piés que es lo malo de las bajadas.

El Acebo es un pueblo del camino que se ha reconstruido gracias a las peregrinaciones iniciadas en el 1993 y a los vecinos de Ponferrada que buscan aquí sus escapadas de fin de semana. Pero somos los peregrinos los que le damos vida en el día a día. Pues para nosotros hay abiertos cuatros casas de comida y huéspedes y un albergue grande como un colegio.

Disipándose la niebla camino de El Acebo

Disipándose la niebla camino de El Acebo

Disipándose la niebla camino de El Acebo

Disipándose la niebla camino de El Acebo

Me detuve en el primer bar abierto, por hacer caso de lo aprendido y porque me pareció que la mochila que estaba apoyada en la puerta era la del coreano. Entré, salude al mesonero, un chico que había estudiado en Santiago, al menos un año, y le pregunté por mi amigo, que había dejado la mochila fuera.   No, aquí no entró nadie, es usted el primero, me dijo. La mochila, añadió, la ponemos nosotros como reclamo.   Y yo piqué, le dije. Si, que bién, me respondió él todo contento.

Bajando a El Acebo

Bajando a El Acebo

Disipándose la niebla camino de El Acebo

Disipándose la niebla camino de El Acebo

El mesón ofrece cuatro habitaciones, tiene una buena sala con estufa de leña a la que desayuné arrimado, y una buena cocinera que hace unas empanadillas de cabello de ángel recomendables. Le pedí pan tostado, no de molde, para echarle aceite. Y me trajo cinco rodajas de baguet tostadas y con el aceite servido. Pero el zumo de naranja era natural y no fueron tacaños con el hielo. Además eran educados y simpáticos. Ah! Y le dieron todas las facilidades del mundo a tres o cuatro mujeres que entraron pidiendo permiso para ir al cuarto de baño. Venían apuradas y sin esperar respuesta intentaron meterse por todas las puertas que tenía el bar buscando desesperadas el cuarto de baño.

El Acebo

El Acebo

El Acebo

El Acebo

Antes de que salieran ellas del servicio yo ya estaba bajando la única calle que hilvana El Acebo. Y me compadecí de las mujeres y sus apurones. Un día, que no os lo conté, atravesando aquellas praderas de cereales de Navarra sorprendí a una mujer escondiéndose detrás de unas moles de paja, que como si fueran instalaciones de arte moderno están esparcidas por los campos de Navarra, La Rioja y Castilla. Y me fastidió que el marido, que la esperaba, se diera cuenta que le había hecho una foto que nunca publiqué. Pero me acordé entonces de la escatológica muiñeira gallega que describe el acto: “Fuches tu, fuches tu, a que fuches  cagar ao palleiro. Fuches tu, fuches tu, que ainda levas as pallas no cú”. Y que cantábamos de pequeños para escandalizar, algunos.

dejando El Acebo

dejando El Acebo

Vista desde El Acebo

Pues bien, hoy tuve la desgracia de pasar, una vez que había dejado El Acebo, el mismo apuro que las mujeres que entraron precipitadamente en el bar y que aquella mujer que fue detrás del pajar navarro. Me ocurrió en el siguiente pueblo, Riego de Ambrós, 4,4 km más abajo, y que como El Acebo es un pueblo del camino, pero sin servicios. Con las mismas casas de hace siglos, de esa arquitectura popular de la montaña leonesa y que empiezan a restaurarse con detalle, salvo cuando lo hace uno de los vecinos de toda la vida, que tira de ladrillo y aluminio en vez de piedra y madera. En Riego de Amorós solamente hay un albergue, casi a la entrada viniendo de El Acebo, y un bar que está apartado del camino de los peregrinos como cien metros mas allá de la última casa.

Camino de Riego de Ambrós

Camino de Riego de Ambrós

Entrada en Riego de Ambrós

Entrada en Riego de Ambrós

Como el albergue municipal de Riego de Ambrós me pareció cerrado, a pesar de que había un mozo en la puerta, me contenté con preguntarle a él si había algún bar en el pueblo. Si, hay uno, me dijo.  Coja, cuando tenga dudas, la calle de la derecha y ya lo encontrará cien metros mas allá, ya fuera del pueblo, me detalló. Y allá me fui. Pero como estaba cerrado decidí seguir camino hasta Molina Seca, que estaba cinco km más lejos. Sin embargo, pasada ya la iglesia y el cementerio, me empezaron a entrar dudas de mi capacidad de resistencia intestinal y a imaginarme las dificultades por las que podría pasar a lo largo de la hora larga en que iba a estar caminando para llegar al primer bar de Molina Seca. Así que me di la vuelta y, en vez de volver por donde había venido, rebusqué por el medio de la aldea  por ver si había alguna casa rural u hotel, pensión o posada. No había nada, pero para más seguridad me dirigí a una mujer que barría delante de su casa.

Calle de Riego de Ambrós por donde se va al bar de al lado de la Iglesia

Calle de Riego de Ambrós por donde se va al bar de al lado de la Iglesia

Buenos días, señora. Sabe si hay algún bar en estas casas próximas? No señor, me respondió, el único es el que está al lado de la iglesia, por el camino por donde usted ha venido.   Ya, pero está cerrado, le respondí. Si, que hoy la mujer que lo atiende fue a Ponferrada al dentista, me detalló. Bueno y al albergue se va por aquí, verdad?  Si, señor. Para el albergue siga esa calle y tuerza después a la derecha. Pues muchas gracias. Y me fui deprisa, que con tanto rollo ya estaba yo como las señoras del bar de El Acebo. Pero antes de que diera yo diez pasos salió un hombre de no sé dónde dándole voces a la mujer, diciéndole a gritos que por qué me mandaba al bar al albergue si en el albergue no hay bar y como los gritos seguían. Me di la vuelta y le grité a todo el pueblo: necesito un cuarto de baño, no un bar, UN-CUARTO-DE-BAÑO!! En el fondo también tenía la esperanza que alguien saliera de alguna casa y me dijera, pase. Pero creo que en aquel pueblo solo estábamos aquel matrimonio, yo y el del albergue.

La mujer que me indicó, cuando barría delante de su casa, que la dueña del bar iba en el dentista en Ponferrada

La mujer que me indicó, cuando barría delante de su casa, que la dueña del bar iba en el dentista en Ponferrada

Cuando llegué al albergue ya andaba yo como las mujeres aquellas y entré contándole atropelladamente mi problema. Para eso no hacía falta que fuera hasta al bar, me dijo. No le contesté. Porque inmediatamente seguido me sugirió que usara el cuarto de baño pequeñín, el que tiene la puerta abierta. Y señaló hacia el piso de arriba. No hay problema, le contesté subiendo ya las escaleras. Me metí en la primera puerta abierta y allí había literas, busque y busqué y salí a preguntarle por cual puerta abierta. La del fondo, me dijo. Y allí entré yo en el cuarto de baño pequeñín para acordarme  de la madre que parió a aquel chico amable del albergue. El cuarto de baño pequeñín no solo era de reducidas dimensiones, es que era para niños que estaban aprendiendo a dejar los pañales. Pero no solo la taza era enana, lo era todo.  Y no había otro sitio? Se romperá? Y si se me rompe? Y qué hago con esta pierna? Hubiera sido más cómodo detrás del pajar. Tardé un montón, como es comprensible, debido a los cálculos y posturas que tuve que adoptar para todo, y temiendo que el posadero me esperara impaciente me acordé de aquella frase que empleaban las monjas en los internados de principios del siglo XX, “ En el retrete y en el confesionario, cada una el tiempo necesario”. Se la iba a repetir al del albergue, pero cuando salí oí que hablaba con su madre de ir a comer con ella, le hice un gesto con la mano y no me entretuve.

Riego de Ambrós

Riego de Ambrós

Bueno, estaba en lo alto de las montañas que separan León del Bierzo y lucía un sol primaveral. Disfruté un montón de la mañana bajando sin esfuerzo hasta Molina Seca a donde llegaría, con lo que me había entretenido, pasadas las doce del mediodía.

Las mejicanas saliendo de Riego de Ambrós

Las mejicanas saliendo de Riego de Ambrós

 

los mejicanos bajando

los mejicanos bajando

Fue a la salida de Riego de Ambrós, en una bajada tremenda, en que el piso del camino son lascas gigantes de pizarra o de piedra grisácea, cuando me encontré a una pareja de mejicanos con los que ya había coincidido en otras ocasiones, la última comiendo en el restaurante de La Peseta. Como las mujeres, llenas en años y carnes, bajaban con lentitud los hombres se habían detenido a esperarlas en un rellano de la bajada. Allí me paré con ellos y hablamos hasta que nos alcanzaron las mujeres. Eran mejicános los cuatro y era la segunda vez que venían a hacer el camino. La primera ocasión había sido hace ocho años. Entonces habían recorrido el camino desde Roncesvalles a Santiago. En esta ocasión se habían saltado las etapas más feas porque tenían menos tiempo. Y pensé malévolamente que al paso que iban necesitarían duplicar el tiempo de la vez anterior. Nos deseamos buen camino y yo me fui trotando la cuesta abajo.

Bajada de Riego de Ambrós

Bajada de Riego de Ambrós

Molina Seca es un pueblo precioso que también se conserva muy bien y en donde lo que llaman “progreso, los especuladores y sus compinches, no sé si se ha abstenido de entrar o no le han dejado. Pero en este pueblo, como en los anteriores, no se han derribado casas para construir otras más modernas y diez veces más altas. Todavía se puede disfrutar de un pueblo hecho a medida del entorno y de las personas.

Camino de Molina Seca

Camino de Molina Seca

Camino de Medina Seca

Camino de Medina Seca

Esta vez no me quedé en el primer bar y me fui al último. Y estaba cerrado, y el penúltimo y tuve que quedarme en el antepenúltimo, que no tenía nada que comer salvo unas rodajas de pan con una rodaja de chorizo en cada una y sujetas ambas con un palillo. Deje el plato con todos los pinchos, por favor, le dije. Si le parece, yo como y usted cobra. Pero me paré en la segunda rodaja porque vi que aquel hombre sufría mucho. Me pareció que su razonamiento era el siguiente: estas son tapas y se da una con cada vino. Si este señor se las come todas con una coca cola, cuantas coca colas le cobro? Y qué le doy a los demás?   A veces hay que ponerse en lugar del otro, aunque resulte difícil. Al final, no sé si fue porque le pareció excesivo cobrarme dos coca colas, pero no me cobró las tapas.

Medina Seca

Melina Seca

Molina Seca

Molina Seca

De Medina Seca, en donde se entra por la calle de nombre Manuel Fraga, y se sale por una que tiene un cruceiro y la escultura de un peregrino, me fui en dirección a Ponferrada que ya se veía desde los altos antes de llegar a El Acebo. Pero para llegar a Ponferrada el camino te lleva por un lugar llamado Campo, donde hay una fuente romana y una iglesia del Siglo XII, pero que cuando llevas andados veintitantos kilómetros te parece un rodeo innecesario. Pues hace tiempo que estás viendo Ponferrada muy cerquita y el camino te lleva dando una vuelta a la que no le encuentras sentido. Sin duda el cansancio, porque el camino al final lo ves acertado pues así entras en la ciudad por la calle que llevaba al antiguo hospital de peregrinos y al castillo de Los Templarios. Y lo haces también entre las huertas de los labradores jubilados, que seguramente han vendido sus tierras para que creciera la ciudad, y se han reservado estas pequeñas propiedades para venir a cultivar sus cebollas, sus guisantes, pimientos, tomates y lechugas.

Entrando en Ponferrada

Entrando en Ponferrada

Calle del Hospital. Ponferrada

Calle del Hospital. Ponferrada

A la entrada en la ciudad me encontré al amigo coreano con quien había abandonado Foncebadón hacía ya casi ocho horas. Pero él ya estaba duchado, ya había comido y estaba disfrutando de la primavera en Ponferrada y aprendiéndose la historia de España. Me preguntó si iba a dormir a su albergue. Y de nuevo tuve que excusarme por ir a dormir a un hotel en una habitación individual.

Mi amigo el coreano conociendo Ponferrada

Mi amigo el coreano conociendo Ponferrada

Unos metros más adelante, siguiendo las indicaciones para andar el camino por el centro de Ponferrada, me encontré en el puente desde donde se ve el castillo, a María, la francesa, con Pedro el brasileño y un chico de Madrid. Habían dormido en El Acebo y hoy  su etapa seguía hasta 15 kilómetros más allá de Ponferrada.

desde el puente. Ponderada

desde el puente. Ponderada

Esta vez elegí el Hotel Madrid donde lo mejor es su restaurante y el personal. Se ha quedado algo anticuado, pero tiene un aire años cincuenta casi entrañable. Por cierto en esto del camino estoy a prendiendo a dormir en lugares que nunca había dormido. Bueno, durante los años en que anduve en Madrid queriendo ser lo que no fui, viví en todo tipo de sitios. En uno me riñeron por ducharme todos los días. Y en otro, donde para ducharte tenías que levantar el suelo del cuarto de baño, para que no se mojara y pudiera escaparse el agua por un agujero, el dueño de la pensión me pidió si podía dormir en mi habitación, que el sofá del pasillo le resultaba muy incómodo. Le contesté que no y me fui a los dos días porque no era capaz de dormir allí sabiendo que él estaba sufriendo en el pasillo. También dormí en otro lugar donde te acurrucabas donde podías. Yo procuraba llegar temprano y escogía una alfombra mullida que había al lado de un sofá, que nunca me atreví a ocupar, porque siempre fui nuevo. Allí estuve hasta que me comieron la comida que había comprado con mi último dinero, cuatro bistecs de hígado. Pero esas son historias de otro camino que no vienen a cuento.

Mañana a Villafranca del Bierzo. Pues va a resultar que el Bierzo es precioso. Y tiene unas cerezas para morirse, que ya las vi verdes en los árboles.

Disipándose la niebla. Camino de El Acebo

Disipándose la niebla. Camino de El Acebo

Disipándose la niebla. Camino de El Acebo

Disipándose la niebla. Camino de El Acebo

Disipándose la niebla. Camino de El Acebo

Disipándose la niebla. Camino de El Acebo

Primera vista de Ponderada antes de llegar a El Acebo

Primera vista de Ponderada antes de llegar a El Acebo

Empezando el buen día antes de llegar a El Acebo

Empezando el buen día antes de llegar a El Acebo

Llegando a Riego de Ambrós

Llegando a Riego de Ambrós

Llegando a riego de Ambrós

Llegando a riego de Ambrós

Bajando a Molina Seca

Bajando a Molina Seca

Las huertas de los jubilados de Medina Seca

Las huertas de los jubilados de Medina Seca

Medina seca

Medina seca

Medina Seca

Medina Seca

Medina Seca

Medina Seca

Interior del portal de una casa grande en Medina Seca

Interior del portal de una casa grande en Medina Seca

urbanización periférica de Medina Seca

urbanización periférica de Medina Seca

Ponferrada desde Campo

Ponferrada desde Campo

El Camino por Campo

El Camino por Campo

El coreano con otros coreanos conocidos en el camino

El coreano con otros coreanos conocidos en el camino

 

 

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