DE VILLAVANTE A ASTORGA. VEINTISIETE DE ABRIL DE 2015

Rollos de paja en una granja de Santibáñez de Valdeiglesias

Rollos de paja en una granja de Santibáñez de Valdeiglesias

Esta madrugada a la salida del pueblo se me echó encima un perro grande, grandísimo, una mezcla de mastín y pastor. Un perro que si ponía sus patas en mis hombros me sacaba la cabeza. Menos mal que el perro era cariñoso, a las tres segundos era ya como un amigo de toda la vida.

El perro

El perro

Pero me dio un susto de muerte. Yo le hubiera clavado el pincho de la punta del cayado,si hubiera reaccionado a tiempo. Cuando pensé en levantar el palo para clavárselo ya estaba el animal lamiéndome la mano. Fui lento, menos mal. Es que esta noche dormí mal, entrecortadamente. Como siempre, pero con más cortes todavía. Además, la mochila que llevo a la espalda con mas de diez kilos, también resta movilidad. Y en esos momentos estaba tratando de encender la linterna de mi móvil. Pero bueno, que estoy haciendo? No voy a justificarme por haber tenido menos reflejos que un perro.  Y eso que caminaba prevenido.

Las seis y media en Villavante

Las seis y media en Villavante

Al salir del albergue ya no me encontré a gusto. Tuve una clara sensación de que no estaba solo. No iba muy abrigado y me sentí como desprotegido, pero eso no es más que la consecuencia de llevar poca ropa, me dije para tranquilizarme.   La mañana estaba fresca y hacía viento.  Recorrí con la mirada la plaza  en la que estaba el único albergue de Villavante y las bocacalles que confluían en ella.   Las veletas de la casa de enfrente giraban a toda velocidad y sin embargo no se oía ningún ruido. Todo estaba en paz, pero me pareció una falsa tranquilidad.  A esas horas Villavante es un pueblo amarillento, perfectamente iluminado, con todas sus casas pulcramente recortadas contra un cielo negro.  Me pareció el lugar y el momento propicios para un crimen. No vi a nadie ni logré percibir ningún ruido. Me pareció que lo del silencio me intranquilizaba más que la soledad, la agrandaba.  Desde que me eché a andar no llevo el sonotone, camino solo y no lo necesito, pero en esos momentos lo eché de menos.  Me quedé quieto.  Noté el peso de la mochila, clavé el pico del callado en la tierra y me apoyé en él. Mientras intentaba desatender a mis miedos fui buscando la flecha amarilla que pintada en alguna fachada, en algún poste, en algún letrero, me indicara por donde se tomaba El Camino.  Mas allá de las luces del pueblo todo era negro, pero eso es normal, me dije, a las seis y cuarto de la mañana, en el campo y con un cielo encapotado. No sé, pero a los tres minutos de estar quieto en aquella plaza buscando la flecha amarilla que me dijera por dónde se iba, tuve la necesidad de volverme y mirar a mi espalda.  Por supuesto que no había nadie, la puerta del albergue estaba cerrada como las contras de las dos ventanas que daban a la plaza.  Pero la sensación de que había alguien más allí me seguía intranquilizando. Pero no lo había, como no había nadie en ninguna de las calles por las que fui buscando la primera flecha que me indicaba la ruta y que encontré pintada en una esquina. Es lo normal, me dije,  en un pueblo de tan pocos habitantes y a esa hora de la madrugada.   Si, todo era normal, pero por primera vez tuve miedo en el camino.  Estaba en las últimas casas y la última bombilla no iluminaba nada.  Me daba un poco de recelo echarme a andar por aquellas pistas en las que el color ocre oscuro de la tierra tampoco ayuda nada para saber por donde andas.  Y con estos pensamientos me encontraba caminando, a la vez que intentaba encender  la linterna del móvil cuando el perro salió de entre unos  tablones que estaban de pie apoyados en la pared de la última casa.

las veletas de enfrente retratadas la tarde anterior

las veletas de enfrente retratadas la tarde anterior

Al principio no me pareció mal que hiciera el camino conmigo, me hacía compañía. Incluso me pareció que había venido para protegerme. Pero pasados tres kilómetros cuando empezó a rayar el sol, comencé a pensar en el perro como un problema. No es que me importara que aproximara mi imagen al de un perro-flauta, en absoluto. Lo que me preocupaba es que iba a hacer con él cuando llegara a la noche. O antes, cuando entrara en un bar. Era un perro muy grande e iba a generar tensión en cualquier calle de cualquier pueblo. Y, estaba claro, que el perro iba a decir que era mío, que yo era su dueño. Pues como comprobé varias veces, me obedecía en todo.

El perro, otra vez

El perro, otra vez

Como a quinientos metros antes de llegar al pueblo de Hospital de Órbigo, cuando vi que me tenía que meter entre carreteras, decidí echarlo de mi lado.   Hice de todo, primero gestos y aspavientos con el cayado y al final hasta le tiré piedras. Logré alejarlo como cien metros y en dos ocasiones tuve que repetir la operación, pero al final logré perderlo de vista.

Hospital de Órbigo

Hospital de Órbigo

Cuando entraba ya en Hospital de Órbigo y estaba seguro de que me había desentendido del perro me pareció ver un zorro en la carretera. Era una cría y al parecer todavía no estaba atento a la presencia inesperada de un depredador como yo, o peor aun, no me tenía el menor respeto, pues de estar jugando con algo, pasó a ir delante de mi hasta las primeras casas del pueblo. Una vez allí me miró, como diciéndome: hasta aquí tenía que traerte, y se escabulló por entre unos matorrales. Solo falta que venga un pájaro a posarse a mi lado – me dije- para que me sienta aceptado por la fauna salvaje de estas tierras.

El zorro

El zorro

Cuando entraba en Hospital de Órbigo, ya el sol empezaba a iluminar las casas del otro lado del río. Parecía que íbamos a tener un día precioso, que lejos me parecía en esos momentos el miedo y la oscuridad de Villavante. Y qué corto se me habían hecho estos cinco kilómetros y medio. El pueblo empezaba a desperezarse. Un hombre venía de frente vestido con ropa deportiva y un coche laguna que me salió por la izquierda me obligó a dar un parón en seco. Cuando pasó el coche y eché a andar a mi lado estaba el perro grande. Mierda de perro, pero ya estás aquí otra vez? Me miró mientras lo maldecía y cuando acabé buscó mi mano y me la lamió.

El perro delante de mi en una calle de Hospital de Örbigo

El perro delante de mi en una calle de Hospital de Örbigo

Realmente aquel perro y yo congeniábamos. Incluso me parecía mucho más listo que yo. Entiéndaseme, él más listo como perro que yo como persona. Pero no encontré ningún argumento para permitirle que siguiera viajando conmigo. Qué iba a hacer al llegar a Astorga? La solución me la dio un vagabundo que dormía en el porche de una entidad bancaria, diez metros mas allá del primer bar entrando en la ciudad y que ya estaba abierto. Buen hombre, me dijo levantándose de entre unas mantas. Me daría unas perrillas para desayunar? Unas perrillas no, un perrazo y dos euros. Y le pedí a cambio que lo mantuviera entretenido unos minutos. Y me fui deprisa. Pero el cabrón no lo entretuvo ni dos minutos. No había dado ni cincuenta pasos y ya estaba de nuevo asustando al perro para que se fuera y viendo como el yonqui entraba en el bar del principio de la calle.

A la salida de Hospital de Órbigo

A la salida de Hospital de Órbigo

Cuando se acaba Hospital de Órbigo, el camino vuelve a darte dos posibilidades, en este caso para llegar a Astorga. Yo elegí la de la derecha, la que va por Villares de Órbigo y Santibáñez de Valdeiglesias. Unos alemanes, que acababan de salir del albergue de San Miguel, prefirieron seguir recto. Me pareció que mis últimos espavientos y amenazas habían asustado definitivamente al perro, pero de todas formas decidí marchar apurado y no detenerme a hacer fotos en el primer kilómetro. Pero a los cien metros temiéndome lo peor volví la vista atrás para ver si venía el perro y lo vi marchar detrás de los alemanes que habían cogido la otra alternativa. Me relajé. Pero duraría poco.

Camino de Astorga

Camino de Astorga

Como visteis yo soy fácilmente impresionable. Un poco de frío, una noche oscura y un pueblo desierto y monto una de terror. Un perro y un zorro y me creo San Antonio. Pero es que no me esperaba que doscientos metros después de haber visto como el perro se iba con los alemanes, me saliese una cigüeña y se pusiera a caminar delante de mi con todo el descaro, como el zorro. Pues eso no es todo.

La cigüeña

La cigüeña

Al llegar a Santibáñez de Valdeiglesias me meto en el primer bar a desayunar y a los cinco minutos de estar allí y de cruzar tres palabras con la camarera. Me dice en un susurro: es posible que se haya cometido un crimen. Me imagino que me lo habría dicho a mi porque era el único español que estaba entre los veinte peregrinos que desayunaban en ese momento en el bar. No me cayó el zumo, pero no fui capaz de tragar lo que tenía en la boca y el que ya venía me rebosó y se me escurrió por la barbilla y el pecho. Bueno, no es seguro, me dijo al ver que me había impresionado. Pero desde el día cuatro falta una peregrina china. Salió ese día muy de mañana de Hospital de Órbigo y no se volvió a saber de ella. Era una china americana. Vino su hermano y todo. Estuvo aquí. Ella no llevaba móvil, se comunicaba a través de los ordenadores de los albergues. Me contó todo esto de un tirón, cuando acabó, sin decir nada, cogí mi bocata y mis bebidas y me fui a una mesa.

El bar del desayuno

El bar del desayuno

Estaba ensimismado en el desayuno cuando una alemana me preguntó, desde donde vienes andando? Ah! hablas español? No, me dijo y me mostró una libreta en la que traía escritas cincuenta frases con las que defenderse en el camino. Después nos dijimos de dónde éramos cada uno y nuestro nombre. Del mío me acuerdo perfectamente, el de ella creo que era Ana, pero en alemán. Y como co teníamos más que decirnos ella se fue a su mesa con sus otras dos amigas. Ya nos conocíamos, las había adelantado en un momento en que ellas dudaban en cómo cruzar una gran laguna en el camino. Entonces me había dicho, qué valor tienen estas mujeres tan mayores venir a hacer este gran esfuerzo.

saliendo de Santibáñez de Valdeiglesias

saliendo de Santibáñez de Valdeiglesias

Fue más tarde un británico de Escocia y de nombre Gregorio, pero en escocés, el que me dijo que el 15 % de los peregrinos éramos mayor de 65 años. Yo creí que éramos más. Y me incluí en el porcentaje por no ponerme a darle explicaciones sobre el tiempo que me faltaba para cumplir esos años. El escocés tenía ganas de hablar y hablamos. Primero fue el nombre. Yo le dije el mío y el me habló de un pueblo de Navarra con ese nombre. Después me dijo el suyo y no fui capaz de repetirlo en voz alta. Me dijo que la traducción al español era Gregorio. McGregor? Le dije yo y casi me parto de risa, pero lo disimulé bien. no, no y repitió su nombre en escocés. Y me dijo que nunca había encontrado ese nombre en ningún lugar del mundo. No supe si tenía que parecerme algo extraordinario. Pero me quedé un poco fastidiado por no saber reproducir su nombre. Ya me había pasado antes con la alemana. Es que tengo un oído fatal. Desde siempre.

Los amigos escoceses

Los amigos escoceses

Cuando digo esto de que tengo un oído fatal. Siempre hay alguien que me sale con la impertinencia de que eso se educa. Cuando yo tenía catorce años, alguien, probablemente el cardenal, decidió que todos los colegios de Santiago deberían de acudir un día a la catedral a ganar el jubileo, dado que ese año era Año Santo. Para eso todos los alumnos de todos los colegios deberían de llevar ensayado el Himno al Apóstol, pues estaba previsto que se cantase durante o al final de la misa. Pues bien, en el colegio le dedicamos varios días a aprender la letra y a ensayar su canto. Una tarde, el Hermano Martín, que era el de los coros. Empezó a cuartear aquel coro de quinientos niños que cantaba el himno al apóstol. No sé que pretendía. Pero fue haciendo callar, primero ,a la mitad de los quinientos y dejando que los otros 250 cantasen, después siguió dividiendo y dividiendo, hasta que localizó la voz, la única voz que desafinaba en ese coro multitudinario. Y dijo su nombre en voz alta, que era el mío, y le pidió que abandonara el coro. Yo no recuerdo que me pareciera mal. Cuando llegué a casa y lo conté todos se morían de risa.   Cuando en casa jugábamos a ver si adivinas que canción es esta, dando solo unos compases. Cuando me tocaba a mi, podía incluso tararearla que era imposible de adivinar. O sea, que cuando digo que tengo mal oído es que tengo mal oído. Y además soy sordo, coño!

El camino a Astorga

El camino a Astorga

Bueno, pues Gregorio y yo nos hicimos muy amigos. Todo lo amigos quese pueden hacer dos personas que caminan diez kilómetros juntos por los montes que llevan hasta Astorga. Sin embargo, no creo que lo vuelva a ver. Él y los otros dos escoceses con los que camina han decidido hoy hacer una jornada más larga para reducir la de mañana que se presenta muy dura para atravesar las montañas de Ponferrada.

Saliendo de Santibáñez

Saliendo de Santibáñez

Me contó que le espera su mujer y su hija en Santiago y que quiere ir con ellas a Noya y a Pontevedra. A Pontevedra no sé por qué; pero a Noia quiere volver porque allí estuvo en 1980. Y también me contó que una vez, atravesando unos montes en Canadá se encontró con un gallego que era de Noia y que los dos habían celebrado mucho ese encuentro. También le pregunté por qué hacían el camino y ahí se complicó mucho la conversación y no entendí nada, pero es posible que tenga algo que ver con una asociación de lucha contra el cáncer que han montado en el gimnasio donde ellos van cada día para luchar contra el paso de los años. Pero no estoy seguro.

Camino de Astorga

Camino de Astorga

Cuando ya estábamos cerca de Astorga nos despedimos, yo quedé en enviarle unas fotos que le había hecho a una dirección que me dio y que ya le envié. Ellos siguieron caminando y yo me metí en un bar a darme un lingotazo de Coca Cola Zero con mucho hielo, con todo el que fue capaz de meter el camarero en el vaso. Allí me saludé con unos alemanes que durmieron en el mismo albergue que yo, en el que hice una gran amistad con la mujer pues coincidimos colgando la ropa a secar.

Astorga

Astorga

Ya en Astorga me encontré con los dos matrimonios australianos que creí haber perdido para siempre y les animé a venir a La Peseta, pero no aparecieron. De los cuatro, vi primero a una de las mujeres que no supe situar en ese instante y estuve a punto de darle dos besos pues me parecía una persona muy conocida y a la que le tenía cariño. Menos mal que al momento vi a los hombres y me di cuenta inmediata de quién se trataba. Tampoco hubiera pasado nada. Es costumbre en España, le habría dicho. Y justo al lado de los australianos estaban las mujeres alemanas que no sabían como esquivar un charco, entre ellas Ana, la que llevaba la libretita con las cincuenta frases para sobrevivir al camino.

Camino a Astorga

Camino a Astorga

Esto de ir de peregrino lleva un áurea que te facilita la vida en el camino.  Aunque a veces uno se empeñe en complicársela.  ¿Os acordáis de un bar del que me fui enfadado porque el dueño ya tenía las tostadas hechas antes de que llegara el primer peregrino que se las pidiera? Bueno, recordareis que como el primero era yo, viendo las tostadas ya hechas y frías me marché por no pasar el mal trago de rechazarle las tostadas y pedirle que me las hiciera al momento.  Bueno, pues resulta que las tienen de muestra, para enseñarle a los peregrinos como son las tostadas con pan no de molde.  Menos mal que me fui y no empecé por pedirle el libro de reclamaciones.  Está claro que no se puede venir con la cabeza de la vida diaria a hacer el camino, que esto es otra cosa.

Camino a Astorga

Camino a Astorga

Hoy mismo en Astorga, nada más llegar al centro me encuentro con La Peseta, el mítico restaurante desde mediados del siglo pasado, o antes.  Como no anunciaba por ningún lado el menú del peregrino o menú del día, ese que antiguamente se anunciaba como plato obrero y se ofrecía solamente en las casas de comida, me puse a mirar la lista de precios para saber por donde andaba.  En esto que se asoma un hombre joven y me extiende un papel diciéndome que era publicidad del restaurante y del hotel.  No, gracias, le dije, ya lo conozco y es probable que de antes que tu nacieras.  La primera vez que vine a comer aquí sería a principios de los ochenta o antes.  Entonces no tenía tanta presencia, pero se comía muy bien.  Y ahora también, me responde.  Ya, ya,también he venido hace unos años, le dije.  Y como seguía allí, como esperando algo,  pues le comenté lo que estaba haciendo.  Estaba sumando una coca cola o dos y un postre al cocido maragato y mirando si me alcanzaba el presupuesto, le detallé.  Por eso no se preocupe, me dice.  Si le da para el cocido maragato, lo otro corre de mi cuenta. Pues ante tanta buena voluntad no voy a poder negarme.  Y pasé dos horas mas tarde a tomarme un cocido maragato y a que me hicieran la cama,  que también me quedaba a dormir en la casa.

camino de Santibáñez

camino de Santibáñez

Hoy me he pasado, lo siento por vosotros, pero cuando me lío, me lío.

Mis rollos de paja

Mis rollos de paja

 

 

 

Astorga

Astorga

Astorga a la vista

Astorga a la vista

Antes de llegar a Astorga

Antes de llegar a Astorga

El negocio de un místico, que pide donativos por los productos que expone

El negocio de un místico, que pide donativos por los productos que expone

Camino a Astorga

Camino a Astorga

Camino a Astorga

Camino a Astorga

Camino a Astorga

Camino a Astorga

Camino a Astorga

Camino a Astorga

calle de Santibáñez

calle de Santibáñez

 

 

3 pensamientos en “DE VILLAVANTE A ASTORGA. VEINTISIETE DE ABRIL DE 2015

  1. Cuando llegues a Ponferrada no te olvides de visitar el Mesón Ramon en Molinaseca
    Buen artículo y buena gente, y bello pueblo yyyyyyyyy
    Animo, ya se acerca La Galaecia

  2. Jajajajajaj ya me lo habías contado pero me muero de risa ” me das unas perrillas? Te dos euros y un perrazo” jajajaj menos mal q no está en la sabana africana! La cigüeña preciosa y lo del zorro increíble y para mi de pequeño no tiene nada!
    Preciosa la foto de Hospital de Orbigo con ese puente y el colorido del amanacer!
    Luego hablamos . Nos debes otra foto!

  3. Qué gracia la historia de Villavante! Yo soy de allí, y te lo digo de verdad que me he reído de lo lindo. cómo bien dices somos tan pocos vecinos que a esas horas el único que podía asustarte era, como fué… un perro.
    Puedes buscar por facebook el pueblo (Villavante Leon) ya que he cogido prestadas tus fotos para usarlas en un album del pueblo. Si tienes más estaremos encantados de recibirlas
    Un besote

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