De Zubiri a Pamplona. Diez de abril de 2015

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Akerreta. Antiguo señorío de los Reyes de Navarra.

Las jornadas son duras para un urbanita como yo que no caminaba más de cuarenta minutos cada día. Por lo menos a mi, el camino me exige tanto que no me deja fuerzas para la imaginación.   La imaginación se excita en el reposo, en el dolce far niente. Esto de andar toda la mañana tensando los músculos, forzando las articulaciones y retorciendo todos tus miembros te deja cansados hasta los pensamientos. Está bien tener un alma fuerte capaz de soportar todo tipo de esfuerzos, pero los que exige el camino van mas allá , te aniquilan. En tus deseos no hay nada más allá de una buena ducha y una cama confortable.

Yo que empecé el camino atravesando Los Pirineos, creí, en los días previos, que me iba a sentir como Roldán entrando en la España sarracena o como uno de los pares de Francia que murieron con él, o ,por lo menos, como un soldado de leva que le acompañaba en la aventura deseoso de hacerrse con los tesoros que se prometían sacar a los moros. Pero pasé por Orisson y Loeperer concentrado en superar aquellas cuestas o en resistir a los embates del viento congelado de los pirineos. Y crucé Roncesvalles, los hayedos de Donsimón y el robledal de Brujas sin aprovecharme de su belleza. Alcancé el alto de Erro y me olvidé de disfrutar de su valle. Todo yo estaba en el camino.

Concentrado en conseguir toda la fuerza de voluntad posible, en concitar toda tu capacidad de resistencia, no reparas en casi nada de lo que te rodea. Sin embargo, hoy, cuando me desperté en la cama de la pensión del Puente de la Rabia, me acordé de algunos instantes que había vivido en el Camino y en los que no reparé en su momento, atendiendo como estaba a superar retos y a acallar quejidos de todas y cada una de las partes de mi cuerpo, incluso de aquellas que nunca lo habían hecho. El vuelo de las águilas sobre las granjas y rebaños que desde Saint Jean de Pied de Port alcanzaban las montañas que llegaban a España, el canto de un mirlo que me recibió silvando cuando entraba, muy de mañana en El Espinal o lo que estaba escrito en el fronstipicio de una casa de Lintzoain “Hicieron Joaquín Ripay y Catalina Larrey. Año de 1859”.    Y Así que hoy salí dispuesto a no hacerle caso a mis dolores ni a atender los reclamos de las articulaciones y los músculos. Salí atento al milagro, dispuesto para el asombro.

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Casa en Lintzoain.

 

Es verdad que busqué apoyo en un Ibuprofeno pues sobre las cuatro me sobresaltaron unas molestias en la rodilla derecha y unos escozores en un dedo del pié, dedo que ni sabía que tenía. Tuve que tocarlo para reconocerlo. Era el de al lado del meñique del pié izquierdo. Un dedo silencioso, recatado, prudente, cauto que nunca dio señales de estar vivo. Así que a las seis me levanté envolví aquel dedo desconocido en un esparadrapo y comencé a vestirme. Después intenté quitarme el esparadrapo porque empecé a pensar si no le sentaría bien el haberlo amortajado así, sin gasa ni algodón. Pero fui incapaz de quitármelo y como ví que lo iba a arrugar mucho, lo dejé para que el tiempo y las duchas lo despegasen. Y que sea para bien, me dije. A las seis y media me presenté en la panadería pidiendo un vaso de leche para tomarme el ibuprofeno. No quise más . Me gusta ponerme como premio el desayuno a las dos horas u once quilómetros que hoy caían en el Horno de Irotz (11,2 km).

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Desayuno en la panadería de zubiri. 6.30 horas

Sensible como me había levantado intenté buscarle gracia al perro peregrino que dos muchachas arrastraban con ellas por el camino. Me pareció el perro de la tele y por un momento creí que me iba a hablar. Entonces caí en la cuenta del silencio que me acompañaba, me había olvidado el bordón, el palo, el bastón, en la pensión del Puente de la Rabia. Como todavía era noche cerrada me fui a apostar a la puerta esperando que antes de que saliera el sol, alguien saliera de la casa. Tuve suerte, a los cinco minutos asomó la patrona que me dio el palo y me fui al camino.

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Zubiri. 6.50 horas

Estaba oscuro todavía y hasta pasada la fábrica de las afueras de Zubiri no empezó a clarear. Fue después de Illaraz, habiendo hecho el camino que va a la iglesia y al pequeño cementerio que quedan a las afueras, cuando el campo empezó a dar señales de que estaba ahí, de que estaba vivo. Fue un cerezo pequeño y muy podado que se presentó empezando a florecer. Después unos árboles que si el sol hubiera brillado parecerían de oro.

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Cementerio de Ilarratz

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Cerezo empezando a florecer en Ilarratz

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si brillara el sol serían de oro. Ilarratz

Mas tarde, cruzado ya Elkirotz el camino se fue bordeando de retamas que estaban ya floridas, de flores muy pequeñas y blancas que, crecidas en los linderos de los prados parecían que los manchaban de blanco. (es difícil evitar ser cursi). Pero la verdad que estos detalles me alegraron el camino que fui compartiendo en sus primeros kilómetros con una familia coreana a los que me atreví a decirles que en las carreteras circularan por la izquierda, que entre los prados no, que solo por donde circularan coches. Y me lo agradecieron sonriéndome mucho.   Eran dos mujeres y un hombre mayor que se detenía ante las vacas y los caballos que pastaban cerca para decirles palabras de una sola sílaba.

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Camino de Elkirotz

 

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Camino de Ilkirotz

 

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Camino de Elkirotz

 

Después cruzamos Akerreta, uno de los señoríos de los reyes de Navarra en el valle de esteribar, al que el camino empezó a cruzar en el Siglo XII. Precisamente en esa época comienza a construirse la iglesia de la Transfiguración, a la que en el siglo XVIII dejaron como está ahora. Es un conjunto de tres o cuatro casas y la iglesia que están en lo alto de un otero, lugar privilegiado para la vigilancia del valle.

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Akerreta

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Akerreta

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Akerreta

Después el camino comenzó a perder encanto. No era más que un camino por el campo demasiado próximo a la carretera, con un ruido monótono que a veces no distinguías si era el procedente del río que nos acompañaba unos metros más abajo o de la carretera que estaba en la otra ribera. Monotonía y aburrimiento hasta llegar al lugar que llamaban Arleta. Ahí de nuevo apareció el encanto. Un conjunto de casas abandonadas, alejadas del mundo. Como un enclave de otro tiempo que resistió las embestidas del siglo XX y de lo que llevamos del XXI. Unas construcciones que, en principio, parece que amenazan ruina pero que alguien como a escondidas está reconstruyendo y disfrutando. Por un momento, el paisaje espolea de nuevo la imaginación, como una o dos horas antes lo habían hecho aquel cerezo o las retamas o la iglesia de la Transfiguración en Akerreta.

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arleta

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Arleta

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Arleta

Un poco más tarde un hombre que me salió al paso en el camino me pidió que le ayudara, que estaba en el paro. Me detuve y como me pareció que me lo decía sin pamplinas de pedigüeño, como si me pidiera fuego, me paré. A su lado había unas bolsas con frutas y otras cosas para comer. Lo vendes ? le pregunté. Claro, me dijo. Pues entonces no te voy a dar nada, te voy a comprar algo, un plátano, por ejemplo  Y se lo pagué un poco mejor de lo que me pidió. Y estuvimos hablando mucho más de lo que yo quisiera.

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Puente de entrada en Villav

Después de ahí nada. Bueno, el puente a la entrada de Villava, donde me dejé olvidado el cayado, por segunda vez en el día, y tuve que volver a por él después de haber andado unos centenares de metros por la calle mayor. Ah! Y el puente de la Magdalena ya en Pamplona y las murallas de la ciudad. Y también, un poco antes, en la carretera antigua de Burlada un para de casas pareadas.

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Pamplona. Puente de la Magdalena

Nada más entrar por la Puerta de Francia, en la calle del Carmen, me quedé en la tercera casa. Casa Ibarrola un pequeño hostel de 20 camas encapsuladas. Extraordinaro, sino fuera porque las zapatillas y la mochila hay que dejarlos fuera de la vista. La mochila también? Le pregunté. Si, por las chinches, me dijo. Pero si todavía no las hay. Si, las traen los que vienen de Francia, aseguró. Pues yo vengo de Francia y no traigo chinches, le respondí. Qu tu sepas, me respondió. Vienen en las mochilas, al descansar las dejais en el suelo, en el campo, en la hierba… y de ahí vienen.

Le dije que si, me dí una ducha reconstituyente y me fui a comer a un lugar maravilloso enfrente de la farmacia que está al final de la calle del Carmen.

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Casa Ibarrola. Camas encapsuladas

 

De Pamplona no os voy a contar nada. Tampoco lo haré de aquel profesor de filosofía que nos explicaba a Heráclido y nos hablaba de Xabier Zubiri. Se llamaba Picayo y como el personaje de un esquizofrénico me acompaña desde mis 17 años. Era delagado, como si pasara hambre, usaba una chaqueta tres tallas mas grande y era inseguro y temeroso al hablar. Me dio clases como profesor sustituto de Filosofía en Preu y en la Universidad. Siempre está ahí, como un personaje, que espera que le den espacio en una novela, en una obra de teatro o en una cátedra. Da igual. Si sabéis donde colocarlo avisadme.

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Pamplona. Un peregrino australiano

 

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cruzando la Puerta de Francia. Pamplona

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Entrando en Pamplona.

 

 

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Carretera de Burlaba

 

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Caballos cerca de Akerreta

 

 

 

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Camino después de Akerreta

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Camino junto al río. camino de Zuriain

 

 

 

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Después de Akerreta

 

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Akerreta

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Hotel en Akerreta y peregrinos coreanos entrando en el lugar

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Después de Ilarratz

 

 

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