Uno de marzo. Fin

Alvia Madrid-Santiago

Alvia Madrid-Santiago

La última hora en que volamos sobre España fue la única tranquila del vuelo.  Era un aparato grande, tenía cuarenta y dos filas de asientos por 8 asientos cada fila.  Yo viajé en la ventanilla de la fila cuarenta, el antepenúltimo.  Debía de ser el asiento de las vibraciones porque no pegué ojo.  Y la comida un escándalo.  Cómo se puede servir eso?  Deberían de ponérsela al consejo de administración de Iberia para que fueran conscientes de la calidad de su empresa y de como se ganan el dinero.

En la cafetería del aeropuerto internacional de Luanda el portugués al que había invitado a viajar en el coche de Abel me invitó a un pequeño bocata de pan dulce y a un agua.  No quiero mas, le dije, porque después cenaré lo que den en el avión.  Estará mal pero siempre me lo como todo  por hacer tiempo.  Me arrepentí.  No fui capaz de tomarme nada más que el pan y eso con esfuerzo porque estaba en un estado deplorable para ser un pan. Era como un chicle mohoso.  Y fue lo mejor de la cena.

En Madrid el avión nos dejó en un extremo del aeropuerto.  Tan lejos de todo que tuvimos que andar tanto que al poco tiempo los cuatrocientos pasajeros ya nos habíamos diseminado.   Me detuve en uno de los cuartos de baño del camino hacia los equipajes y cuando salí no había nadie.  Busqué equipajes en las señales y las fui siguiendo hasta llegar a un segundo control de pasaportes.  El primero nos lo hicieron justo al salir del avión.

Estación de Medina del Campo

Estación de Medina del Campo

Pasé el control y siguiendo las indicaciones  llegué a una parada de metro, un tren subterráneo  exclusivo del aeropuerto.  Como me pareció extraño tener que salir de la terminal para recoger las maletas,  me acerqué a las personas que esperaban allí, que reconocía como pasajeros de mi vuelo, y les pregunté, señalándoles el cartel que ponía, equipajes  y tres terminales, si aquel era el camino para llegar a los equipajes, a nuestros equipajes.  No, no, me dijeron, los equipajes de nuestro vuelo son arriba, nosotros vamos a otras terminales.  Les di las gracias y me di la vuelta.  Estaba en aquella parada de metro donde la única salida estaba en subirme al tren; pero no lo hice.  Quería estar en la estación de Chamartín a las 8,30 porque quince minutos después salía el tren para Santiago y en esos momentos en que me encontraba atrapado en aquella estación del aeropuerto debían de ser las  7,30 u 8.45.   Tenía que recoger mi maleta, pasar la aduana y llegar a Chamartín y todo en sesenta minutos como máximo. Y estaba allí, perdido.  Me cago en la puta mierda! Me cago en la..  que cojones habré hecho?  No sabía la hora porque el móvil, donde la miro, lo había desconectado en el avión y para hacerlo volver a funcionar necesitaba el PIN de la tarjeta angolana que tenía puesta y no tenía tiempo para ponerme a buscar en la mochila. No tenía tiempo ni para pararme a preguntarle a los otros viajeros que ya se habían metido en el puto tren.  En los ascensores tenían una jodida señal de prohibido el paso.  Algún hijo de puta había decidido que no fueran utilizables de subida.  Las escaleras mecánicas eran solo para bajar. Que cabronada!  Pensé en subirlas contracorriente pero no creí tener fuerzas para llegar tan arriba, eran muy largas.  Ah!  La última era una escalera fija, normal, la subí lo mas veloz que pude.  Arriba era un rellano amplio que no tenía más salida que los ascensores y la puerta de control de la policía.  La puta policía, qué cojones les voy a decir a estos!  Me va a ser imposible hacerles entender que tenía que pasar el control al revés, que tenía que descontrolarme para ir a buscar mi equipaje.  No tenía tiempo.  Iba a perder el tren por culpa de un despiste, cojones!  Estaré tan viejo? Pero dónde me había despistado.  Yo creía haber seguido todas las indicaciones correctamente.  Busqué por todo aquel vestíbulo pero solo estaban las escaleras de bajada y las puertas de los ascensores para ir al metro. En un rincón empezaban a subir unas escaleras de caracol.  Pensé que serían de uso interno pero creí que debía de intentar buscar en ellas mi salida.  En la primera planta que alcancé la puerta estaba cerrada.  Las escaleras estaban polvorientas, pensé que por el poco uso, subí dos plantas mas  y ya sin fuelle y con el corazón golpeándome el pecho encontré una salida a la planta de embarque. Joder!  Y encima me va a dar un infarto.  Vi a un chaqueta roja,  y tratando de disimular mi agobio y mi extenuación le pregunté por la sala de equipajes, que me había despistado y había acabado en el metro.  No, no se ha despistado, me dijo, tiene usted que coger el metro.  Y añadió, pero baje por el ascensor.

Alvia Madrid- Santiago

Alvia Madrid- Santiago

Conmigo bajaba una pareja que al ver el metro se quedó paralizada.  Por ahí no, dijo ella.  Y qué hacemos?  le preguntó él.  Si buscan las maletas este es el camino, les dije entrando ya en el vagón justo en el momento en que se cerraban las puertas.  Les miré y me pareció que se quedaban desconcertados en aquella solitaria parada de metro sin salida.

Llegué con tiempo de sobra al tren todavía no estaba indicada la vía de la que saldría, así que aproveché para desayunar algo y para comprarme los periódicos.  Le dije a la mujer del kiosco si podría dejarme un clip para cambiarle la tarjeta al móvil.  Y me dijo de muy mala gana, Bueno, un clip, si, pero…  me lo llevé a la barra de la cafetería y resultó un clip demasiado grueso  Se lo fui a devolver y me lo cogió como si fuera un billete de 50 euros. Le pedí un clip o una aguja al camarero y me miró muy extrañado y después, cuando comprendió de lo que le hablaba, me dijo que no, que de eso allí no tenían.  Como tenía todavía unos minutos me fui a la farmacia a comprar una aguja de jeringa, no se me ocurrió otra cosa.  No ya no vendemos agujas.   Es para abrir un móvil, me serviría igual un chip, pero pequeño, cuanto mas fino mejor, le dije.  Pues un clip si que tengo.  Mire a ver si le sirve este.

Unas horas mas tarde, llegando ya a Santiago, me di cuenta que había perdido el móvil.  Es como perder la cabeza.  En él tengo todo, absolutamente todo.  Le pedí a medio vagón que se levantara que mirara en sus asientos, que me dejara mirar a mi debajo, por si se me había caído.  Que si , que también fui sentado en su asiento, es que me moví mucho, que se me había hecho muy largo el viaje.  Pues no, pues no, pues no.  Pues está seguro?  Por favor, puede llamarme.  Da que está desconectado.  Ah!  Si, se me habrá quedado sin batería.  Pues que putada!   Lo seguí buscando, vacié la mochila en la que estaba seguro que no lo había metido, me fui al cuarto de baño, miré por el rellano de entre las puertas de delante y al volver a mi asiento, la chica a la que le había pedido que me llamara me entregó el móvil.  Lo tenía ese señor, me dijo.  Es que no sabía que hacer con él, me dijo el hombre.  Y le di las gracias.  Y me bajé del tren.

Teba y Olivia

SuperTeba y  la Princesa Olivia

Estaba en Santiago, llovía.  La estación de Santiago es una estación triste, una estación de despedida.  Da igual que regreses, el peso de los adioses es tan presente, es tan grande que te aflige. A mi me deprime mucho.  Quizá por eso no fui capaz de ver a nadie conocido en el andén, quería salir de allí cuanto antes, pero unas voces conocidas me detuvieron justo cuando iba a empezar a bajar las escaleras.  Eran SuperTeba y la princesa Olivia que se habían puesto sus mejores galas de carnaval para venir a recibirme.  Olivia se disculpó por no llevar puestas sus sandalias de princesa, pero es que su madre no quería que se mojara los pies.  A Teba me pareció que consideraba una tontería esas pequeñeces, como si no importase nada como uno vaya calzado. Un día les contaré que en Kuito, una pequeña ciudad del interior de Angola había muy poca gente que llevara zapatos, pues la mayoría iba de chanclas  incluso en la temporada de lluvias y los mas pobres, que no eran pocos, iban descalzos.  Porque los zapatos es una conquista social que nos ha llevado mucho tiempo conseguir, como la Seguridad Social que ahora quieren arrebatarnos.  En los años sesenta todavía eran muchos los portugueses que andaban descalzos y me contó Celina, mi amiga y vecina de la aldea, que ella cuando tuvo sus primeros zuecos de madera, en los años cuarenta, se los quitaba cuando iba a cortar la hierba para no estropearlos.  Pero al verlas en el andén, por un momento pensé, a lo mejor estas dos acaban queriéndome. Que bien! Y al momento volví a acordarme de Kuito de que no me olía a nada ni tenía pájaros.  Y me di cuenta de que no me había muerto en Angola y me extrañó.

SuperTeba y la Princesa Olivia

SuperTeba y la Princesa Olivia

4 pensamientos en “Uno de marzo. Fin

  1. Hola, ya estás de vuelta. Después de una experiencia fantástica y lleno de fotos aunque Javi no quiera.
    Nos veremos pos Santiago y me cuentas.

  2. Buenos días. En primer lugar felicitarte por tu blog. Soy seguidora desde hace tiempo y me encanta leer tus viajes, anécdotas y consejos. Me gustaría, si pudiese ser, que me facilitases una dirección de correo electrónico para poder ponerme en contacto contigo de una forma más privada y comentarte algo sobre una posible colaboración. Muchas gracias por tu tiempo y atención y una vez más, ¡enhorabuena!

  3. leyendo lo bien que escribes y mejor, lo bien que sientes creo que queda ocupado, en parte, el vacio que ha dejado Garcia Marquez.
    Para eso estamos los amigos.
    Gracias por este rato.

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