Veintiocho de febrero. De vuelta

Aeropuerto de Huambo

Aeropuerto de Huambo

Aeropuerto de Huambo. Aeropuerto familiar, casi privado.  La torre de control tiene la altura de un tercer piso.  Todo es nuevo, excepto las relaciones que existen entre la cafetería del aeropuerto y la de dentro  de la sala de embarque, se odian.  El guarda de seguridad de la puerta, en cambio, se lleva bien con la mujer que regenta la cefetería que atiende la sala VIP, la de la sala de embarque.  Fue él el que me llevó hasta allí sin necesidad de que pasara por el scaner ni el control.

En la cafetería del aeropuerto, que está en la primera planta, es lo único que hay en la planta de arriba, no tenían nada para comer, nada.  Les pregunté donde podía tomar algo y me enviaron a un restaurante que hay fuera, a unos cien metros de la terminal.  No hay pérdida, saliendo a la derecha, no hay otro edificio.  Al salir quise asegurarme que allí iba a encontrar algo que comer, eran las nueve y todavía no había desayunado.  Le pregunté al guarda y fue él el que me llevó al interior de la terminal, me pasó por la puerta de embarque y le hizo una seña al funcionario que dormitaba en el puesto de chequeo del equipaje, va al bar, le dijo.

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Cafetería del aeropuerto de Huambo

Enseguida vi que tenían Coca Cola Light, la Zero la vi después.  Les pedí una tostada de pan solo y que después le echaría un poquito de aceite.  No, aceite no tenemos.  No tienen aceite?  No, no tenemos.  Pues póngamelo con queso.  Una tosta  de queso.

Me siento en una de las tres mesas de delante del mostrador y desayuno.  Hay una mujer tomándose una sopa en otra mesa.  Hay algo extraña en ella, pero no sé lo que es.  Una chica joven aparece y pregunta por el precio de varias cosas en el mostrador.  Se va sin nada, no le debe alcanzar en dinero.   Me lo como todo, me pareció poquísimo y me voy, prefiero subir a la cafetería del piso de arriba, da el sol y se ve el campo de aterrizaje.

Cantina de la sala de embarque

Cantina de la sala de embarque

El Sr. Gomes me dejó  antes de las nueve en la entrada del aeropuerto.  El Sr. Gomes es uno de los conductores de la ONG, People In Need, que es la que me invitó a venir a Angola.  Es la fórmula para poder conseguir el visado de entrada.  El Sr. Gómes es reservado, habla poco o nada, cuida el coche que conduce, parece que se identifica con él y con su puesto de trabajo.  Forma un trío muy beneficioso para todos.   Cuando vas con el sr. Gomes vas con la garantía de llevar a un buen conductor y a una persona sensata, responsable e independiente.  Él es lo que es, nada mas que eso, pero es sin duda el mejor.  Yo lo prefiero a cualquier otro.  Hace lo que cree que tiene que hacer sin pedirte permiso ni presentar disculpas.  Pero no te importa porque siempre su actuación es la correcta.  A pesar de todas estas virtudes tiene un aura extraña, fruto de su modo de actuar siempre independiente y diferente.

Me vino a buscar a casa a la hora señalada, a las seis y media.  Después pasamos a recoger por la oficina a la mujer que les hace la comida a los cooperantes y en el camino recogimos a una mujer más, las dos querían ir a Huambo a ver a sus familiares, las dos mujeres , al parecer, son de esta ciudad.  El viaje fue relajado y tranquilo.  Yo lo hice dormitando.  Fueron dos horas, como estaba previsto, y antes de las nueve, el sr. Gomes detuvo el todoterreno delante de la entrada al aeropuerto de Huambo.  Entonces me bajé y le agradecí el que me hubiera llevado.  No me acuerdo si me despedí de las mujeres, me imagino que si.

Las despedidas son siempre difíciles.  Ayer noche después de comernos las tortillas yo decidí retirarme.  Había demasiados cooperantes, creo que estaban todos los que trabajan en Kuito y que esa noche estaban en la ciudad. Me despedí de ellos con mucha brevedad, aunque hubo un ligero momento en que se pudo liar mucho, el Cooperante nos libró.  Había una mujer que me hacía preguntas y a la tercera respuesta noté la mirada furibunda del cooperante como diciéndome, nos vas a dar la noche con tus batallas?  Así que les dije adiós, les agradecí el trato y me fui a dormir, que era lo que quería.   Sin embargo deberíamos de formalizar más estos actos.  Cuando uno se marcha debería de dar un discurso de despedida en el que debería de hacer una valoración sincera de lo que ha vivido.  Bueno, sino es sincera y es inteligente, mejor.  La sinceridad muy a menudo acaba resultando una impertinencia.

Sala de embarque  del aeropuerto de Huambo

Sala de embarque del aeropuerto de Huambo

Una vez acudí a la boda de un amigo sevillano con una amiga canadiense.  Éramos pocos, unos veinte, contando a los amigos y familiares de los contrayentes.  El padre de la novia canadiense, como es habitual en su país en un acto como este, pronunció un discurso contando lo que le parecía la boda.  Y a mi me pareció un discurso muy bonito, donde la inteligencia del orador nos salvó de un sentimentalismo tontorrón.  Ese en el que yo caigo a menudo, a pesar de mis esfuerzos por evitarlo.

La sala de embarque es pequeña, como todo el aeropuerto.  En el vestíbulo,  a la izquierda, hay dos metros de escaparate de zapatos, bolsos, ropa.  Si te gusta algo, el cristal se corre y te lo venden allí mismo, sin mostrador ni nada.  Después está la caseta de TAAG, la compañía aérea, con el espacio justo para que dentro estén dos mujeres.  Enfrente de TAAG, como a unos treinta pasos están los mostradores para los billetes y las maletas, hay, cuatro pero solo funcionan dos.  Una mujer está como seis pasos antes haciendo guardar el turno y la distancia.    Había dos personas delante de mi, fui el tercero.

Entrada al aeropuerto de Huambo

Entrada al aeropuerto de Huambo

En la cafetería del piso de arriba no tenían Coca Cola Light, me la tomé normal pero si tenían hielo, abajo no.  Al principio estoy solo pero poco a poco va llegando la gente. A lo mejor es verdad que el avión despega cuando llega.  Que el horario oficial de despegue es solo orientativo.  A veces sale diez minutos antes, me dijo el Cooperante.  Por ahora, según la última información, la que figura en la tarjeta de embarque, ya tengo hora y cuarto de retraso sobre la hora del billete.  Ya no saldremos a las 11,15, lo haremos a las 12,30  La hora para pasar el chequeo es a las once y cuarenta. Oigo una voz femenina muy amable que parece estar muy cerca de mi, casi me habla al oído.  Me giro y me encuentro con  la mujer que estaba desayunando en la cantina de la sala de embarque , está a mi lado y es tan alta como yo sentado en la silla.  Me pide dinero y le digo que no,  pero me arrepiento, la llamo y le paso 50 kwanzas.

Mujeres cubanas charlando en la cafetería del aeropuerto de Huambo

Mujeres cubanas charlando en la cafetería del aeropuerto de Huambo

Ya se que todas estas cosas que cuento no tienen el menor interés pero evitan que mi aburrimiento llegue al límite.  Escribiendo se me pasa el tiempo mucho más aprisa que comiendo, por ejemplo.  Os decía que este aeropuerto es muy familiar, ayer mismo, por la noche, mientras cenábamos las tortillas de la despedida, el cooperante que trabaja para la FAO, me contó que la última vez que tomó un avión en Huambo cuando ya estaba corriendo por la vista para despegar dio un frenazo brusco hasta detenerse e inició la maniobra para volver a la cabecera de la pista.  Ante la intranquilidad del pasaje el comandante les informó que había tenido que abortar el despegue porque se le había cruzado un perro en la pista.

Hay seis mujeres cubanas hablando animadamente en la mesa de la entrada a la cafetería.  Hay muchos cubanos en Angola, los hubo siempre desde la independencia con Portugal, no se si antes; pero si desde que se entabló la guerra con la UNITA y los independentistas de la provincia petrolera enclavada en el Congo.  Todavía quedan profesionales cubanos que están trabajando en Angola y por los que Angola le paga a Cuba una cantidad anual.  En Kuito, tres casas antes de llegar al despacho de el cooperante, hay una pequeña urbanización de seis casas prefabricadas, en la que vivían los médicos cubanos que trabajaban en el hospital.    Hay, también, cubanos que estuvieron luchando aquí hace veinte años y que ahora se han venido a trabajar, como el cubano que conocimos comiendo un día en el restaurante del sípery del que creo que ya os hablé.  Si, aquel que había llegado a Kuito para estar una semana y media y llevaba ya mes y medio o tres meses esperando para poder volverse a Luanda.  Pues ese hombre, desde La Habana y por medio de un amigo informático, había conseguido encontrar trabajo en Luanda, burlando los controles  que el gobierno de Cuba pone para el acceso a internet.  Había salido legalmente de su país y no tenía nada en contra de su gobierno, decía.  Pero no quería contactar con los cubanos  desplazados oficialmente a Angola.  No tenía ganas de explicarles porque se había venido, decía, no soy un disidente, pero no quiero dar explicaciones. Trabaja en una constructora, revisando las cuentas.  Por eso lo tendrán apartado en Kuito.

Torre de control del aeropuerto de Huambo

Torre de control del aeropuerto de Huambo

Primera mirada atrás.  Kuito me parece una estafa.  Es una ciudad, pequeña, bonita, encantadora que no deja ver la miseria que la rodea y la sustenta.

Volviendo al avión.  Me ha dicho la señora que me dio la carta de embarque que el vuelo haría escala en Menongue, bueno, en la provincia de Menongue, puntualizó y  me ha dejado parvo, pero que yo sigo hasta Luanda.  Ya, le dije, pero tengo que descender en ese lugar ignoto de la provincia de Menongue  o me quedo en mi asiento quietecito?  Se ríe.  No bajo, no?  No desciendo?  Me quedo en el avión?  Si, si, usted sigue a Luanda.  Ya, pero no me bajo en Menongue, No, no, usted  sigue a Luanda.  Correcto, señorita, muchas gracias.  Y ya veré.

También cuando estaba con lo de la tarjeta, me preguntó la mujer si llevaba algo de valor  en la maleta.  Lo pensé y en un momento hice repaso a mis pertenencias.  Cuatro calzoncillos baratos, tres pares de calcetines, no se cuantos menos de los que llevé, un pantalón con los bolsillos rotos y otro lleno de manchas de grasa del aceite de las tortillas, los dos con  años de veteranía.  Una botas Chiruca con dos inviernos de uso en Meis, dos jerseys que heredé de David, porque los iba a tirar y me parecieron que todavía tenían un uso, tres camisetas de manga corta de  veranos anteriores, una especie de trenca y una cazadora que compré por 80 euros las dos el día anterior a venirme  y un neceser con un cepillo de dientes y un cortaúñas, sin pasta ni desodorante, que se los dejé al cooperante. Y un libro de Toni Jud, el último, ese que es medio autobiográfico.  Algo de valor?  Si, si, algo de valor.  La maleta, que es de mi hija.  Y en la mochila?  Ahí si, ahí llevo un ordenador y una cámara de fotos, me callé que la cámara también era de otra hija. Por cierto, que antes de devolvértela te la llevaré a limpiar, como el año pasado, pero este año vuelve peor, el polvo rojo del viaje a Kuemba se le ha pegado un poco, por fuera.  Espero.   Además, te advierto que este año llevo unas doce mil fotos, quizá alguna más.  Y a las cincuenta, ni que fuera humana, empieza a envejecer.  Así que será mejor que no me la dejes mas.  Porque con las de Etiopía se ha dejado la mitad de su vida conmigo.  Te pongo esto aquí, porque como tu no lees el blog,  me la seguirás prestando y cuando se rinda… siempre me queda el decirte, ya te lo advertí en alguna ocasión.  Ya se que así no vale.

Sala de embarque del aeropuerto de Huambo

Sala de embarque del aeropuerto de Huambo

Tardó en llegar el avión, pero como decía todo el personal del aeropuerto, al final llega siempre.  Nos llamaron para embarcar cuando el avión despegó de Luanda.  Estuvimos como 45 minutos en aquella sala pequeña.  Éramos 53.  La mayoría angoleños.  Menos nueve que no lo éramos.  El ambiente general era de gente rica, por su desenvoltura, por sus ropas, por sus teléfonos y portátiles.  Las mujeres parecían preocuparse más por dar esa imagen.  Por un momento me pareció ridículo que los cooperantes estuvieran esforzándose tanto por sacar a una parte de este país de la pobreza mientras esta otra parte se esforzaba por aparentar tener más dinero, vivir mejor.  Que diferente me pareció este pasaje de aquel con el que volé  de Madrid a Luanda.  Salimos a las cuatro de la tarde.  Pero cuando íbamos a despegar  hubo un fallo informático y el avión se detuvo.  Vinieron los bomberos y una máquina pata revisar el avión, eso me pareció a mi desde mi asiento.  Quince minutos después despegamos.  El vuelo fue silencioso y agradable.  En la comarca de Menongue todavía viven en libertad algunos leones y elefantes.   Desde el avión no se detectan, imposible, pero si las amplias zonas arboladas sin rastro  del hombre.    Hace poco que unos cooperantes de una ONG filmaron a un león en Kuemba, en el municipio donde estuvimos pasando tres días, donde Rescate trabaja en 30 aldeas en la formación de cooperativas.  En Menongue llovía ligeramente después de una mañana en que la tromba fue tan importante que todavía se veían, desde el avión, todos los barrios anegados. Pobre gente, pensé, les habrá entrado el agua hasta  el fondo de sus casas de adobe, se les habrá mojado todo, absolutamente todo.

Cafetería del aeropuerto de Huambo

Cafetería del aeropuerto de Huambo

Al final los pasajeros que íbamos a Luanda no nos bajamos del avión.  Media hora después de aterrizar en Menongue despegamos.  Cuando llegamos a Luanda, hora y cuarto mas tarde, ya era de noche.  En mi móvil tenía dos llamadas del taxista de confianza de los cooperantes.  Le llamé.  No podía acercarse al aeropuerto pero me enviaba el móvil de otro que se llamaba Abel.

Cuando aterrizamos me llamó la atención que a los pasajeros de la clase turista, que aquí, como no hay turismo, llaman clase económica, no nos permitieron descender del avión por la puerta delantera, esa era para uso exclusivo de los de primera clase, todos angoleños que, además, tenían un microbús solo para ellos esperándoles al pié de la escalerilla

El coche de Abel era un Toyota Corola de hace, por lo menos, veinte años.  Tenía golpes por todas partes.  La inseguridad ciudadana en Luanda es elevadísima, por eso es conveniente llamar siempre a un taxi de confianza, incluso para un día como hoy en que solo teníamos que recorrer 500 metros, los que separan los aeropuertos de Luanda, el doméstico del Internacional.

Mientras esperaba a Abel vi a un portugués con el que ya había cruzado tres palabras en el aeropuerto de Huambo, que estaba tratando de saber como llegar a la salida Internacional.  Le invité a venir conmigo. Era de Oporto.  Me vino bien me dio confianza para aguantar hasta el final el viaje al aeropuerto internacional.  Abel y su coche tenían tan mal aspecto que a los veinte minutos de no haber llegado a ninguna parte, ya empecé a sospechar hasta del taxista de confianza.  Que lejos está el Internacional, me habían dicho que eran solo unos 500 metros, le dije.  Si, no serán más, me respondió.  Y todavía no los hicimos?  Hicimos más pero todavía no llegamos, me dijo y menos mal que añadió enseguida: tuvimos que ir a cambiar de sentido allá lejos y ahora tenemos que ir mucho más allá para ponernos otra vez en la otra mano. Sus palabras me tranquilizaron  Y al portugués, que le pidió el número de su móvil para llamarlo cada vez que pase por Luanda.  Lo hará en 15 días,        que son los que se coge de vacaciones cada cinco meses.

Abel nos dejó a la entrada del aeropuerto Internacional de Luanda.  Un edificio no muy grande que apenas tiene vestíbulo.  A cuatro metros de la entrada ya hay un guardia al que tienes que mostrar el pasaporte y el billete.  No hay ninguna pantalla, ninguna pizarra, nada que indique ninguna dirección.  Me imagino que como le pasa a todo el mundo, al entrar necesitas detenerte un segundo para saber hacia donde tirar, pero no hay nada que indique nada.  La corriente de gente te arrastra hacia el guardia pero, por un momento temimos que si lo pasábamos ya estábamos en terreno de embarque.  Y si no era esa la dirección que debíamos de tomar?   No se veía ningún mostrador, ninguna señal indicadora de puertas, en ninguna parte se anunciaban llegadas o salidas. Necesitábamos pensar si era esa nuestra entrada.  Pero todo esto transcurrió en cinco segundos.  Fue entrar y paralizarnos.  Fue en ese momento en el que un joven se nos acercó diciéndonos en voz alta varios destinos. No, le indicamos, nosotros vamos a Madrid.  Ah!  Madrid, Madrid es por la otra puerta y ya se acercó otro joven de treinta y tantos y se prestó a guiarnos, vengan, vengan, voy para allá.  Y empezamos a seguirle.

A mi ya me había pasado eso cuando el Cooperante y yo  buscábamos un autobús para desplazarnos del Lago Tana a la ciudad de Gondar, en Etiopía  Una vez que habíamos entrado en la estación de autobuses,  una explanada como dos o tres campos de futbol donde estaban aparcados casi un centenar de autobuses y furgonetas,  un hombre se había prestado a indicarnos el autobús que nos correspondía.  Le seguimos de un lado a otro y cuando nos dimos cuenta nos había sacado de la estación y nos llevaba hacia unos callejones.  Vámonos dijo el Cooperante, deprisa, deprisa, que nos lían.  Ahora en Luanda me pareció que nos estaban haciendo lo mismo.  Cuando ya nos habíamos alejado treinta pasos de la puerta del Aeropuerto, nos cruzábamos con un policía y le pregunté precipitadamente, porque el portugués ya se me perdía con el extraño guía,  para Madrid? para Madrid? y el guardia me indicó la puerta por donde nos habían sacado los timadores.  Nos salvamos de haber perdido incluso los billetes.

aeropuertode Huambo

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