Catorce de febrero. Adios Kuemba, adios.

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La memoria de la guerra se hace a un lado

Eran los últimos momentos en Kuemba.  Me levanté temprano, todavía no había amanecido, serían sobre las cinco y diez de la mañana.  Necesitaba el tiempo para recoger todo e ir a dar una última vuelta al rio.  El Kuemba me había impresionado.  Lo mismo que había sabido convertirse en el centro de la vida de la ciudad, también a mi me ha había seducido.  El rio y su entorno, incluida la casa arruinada que domina la ciudad y el valle al que se precipita el Kuemba.

La mirada sobre el Kuemba

La mirada sobre el Kuemba

Como siempre la hora de salida eran las siete.  Iba a ser un día importante para los cooperantes.  La visita a dos aldeas, Calenga y Samaquina, en donde iban a celebrar importantes reuniones para decidir el futuro a corto plazo de estas dos comunidades.  Estaba todo preparado para que a las reuniones fueran al mas alto nivel.  Por supuesto que no era la ONU, tan solo los hombres y mujeres de una aldea de veinte o veinticinco casas, pero para ellos iba a ser una reunión importante.

Reunidos en Calenda

Reunidos en Calenga

Las dos aldeas están en el proceso de aprendizaje de la explotación agraria de sus tierras.  Ellos que han vivido durante cientos, miles de años, de la caza de los animales salvajes que había en los alrededores, necesitan ahoa adaptarse a los nuevos tiempos.  Llevan como un centenar de años de retraso.

Camino de Calenga

Camino de Calenga

Se llega a Calenga por un camino por el que a duras penas pasa el todoterreno.  A unos siete kilómetros de Kuemba en dirección a Kuito, se toma un desvío a la izquierda y después de unos tres kilómetros rozando las retamas de los lados del camino se llega a la aldea.  Como en todas, lo que abunda son los niños.  Falta como media hora para que empiece la escuela y todos salen a nuestro encuentro.

En Calenga

En Calenga

Al principio guardan las distancias, pero después de enseñarles  las tres o cuatro fotos colectivas todos quieren que les haga una individual, en la que estén solos y se puedan ver con detalle.  Hago muchas.  Cuando salí de Calenga, dos horas mas tarde, el contador marcaba 496 fotografías.  Hago como diez o veinte fotos seguidas a diferentes niños y a continuación se las muestro.  Se ríen, disfrutan mucho viéndolas.  A cada niño que se ve en el respaldo de la cámara, todos le gritan su nombre

Sacando agua del pozo

En Calenga sacando agua del pozo

Una hora así, me agota.  Les digo que no voy a hacer más fotos, que se vayan, que ya no hay mas.  Meto las manos en el bolsillo y me pongo a pasear tratando de ser indiferente a todo.  Pero es imposible estoy en una aldea  en el corazón de Angola donde la vida no ha cambiado mucho en los últimos quinientos años.  Así que enseguida encuentro un motivo para volver a coger la cámara.  Pero es imposible siempre hay un niño en el medio poniéndose en pose.  Como toda la aldea está en la reunión, no me queda mas remedio que fotografiar una aldea desierta.

Calenga

Calenga

Cuando veo algo que me interesa, unas cabras, un gallinero, unos perros a la puerta de una choza, entonces,, apunto  hacía un lugar que esté en el lado totalmente opuesto.   El solo gesto de llevarme la cámara a la cara, hace que todos los niños corran a ponerse delante del objetivo. Les  hago cinco o seis fotos enfocando a niños diferentes y lo más rápido que puedo me doy la vuelta fotografío lo que me había llamado la atención.  En quince segundos ya tengo el campo de visión de la cámara con los niños dando saltos para salir en la foto.

Uno de los cercados de los cerdos

Uno de los cercados de los cerdos

Hago eso cinco o seis veces y cada poco me piden que les deje ver lo que he retratado.  Son muy graciosos.  Al enseñárselo, van gritando todos a la vez el nombre de los que salen retratados, como ya habían hecho antes, y lo que me sorprendió es que todos a la vez también gritan, como si cantaran,  el nombre de la aldea cuando no se ve a ningún niño en la pantalla. Calenga!

entretenidos

entretenidos

Cuando creí que ya no me quedaba nada más que entrar en las casas, lo que no pude hacer porque nadie me invitó ni vi posibilidad de hacerlo, decidí coger un camino estrecho que había en el lado opuesto al lugar por donde habíamos entrado en la aldea y caminar por él unos veinte minutos  y así, con otros veinte minutos de vuelta, calculaba yo que sería el tiempo que faltaba para que la reunión concluyese.  Me equivoqué, cuando faltaban diez minutos para que llegase de nuevo a la aldea, estaría a unos seiscientos metros, por aquí no tiene sentido andar deprisa, vinieron unos niños a buscarme.   Pero hoy no hay escuela?  Les pregunto. Pero ellos gritan , que se van, que se van.

La escuela de Calenga

La escuela de Calenga

Cuando llegamos a Samaquina ya estoy cansado.  Espanto la sensación de vejez justificándome en que llevo cinco horas a pie.  Y con solo dos tostadas de pan con aceite y sin haber bebido nada, me digo.   La entrada en la aldea me eleva un poco la moral.  A la entrada, bajo un árbol, un maestro le está dando clase a medio centenar de niños.  Que alivio, pienso.

La escuela  de Samaquina

La escuela de Samaquina

Me vuelvo a equivocar.  Hay niños que no van a la escuela.  Son los niños de la calle que, al parecer aquí también los hay.  Pero no vais a la escuela, les digo.  Y todos se rién azorados y como para evadirse me señalan a la entrada de la aldea, y a la escuela bajo el árbol.  Tenéis que aprender a leer, les digo.  Y todos señalan al mayor del grupo, que se ríe y le pega al que le apunta con el dedo.

Reunidos en Samaquina

Reunidos en Samaquina

Me meto en el coche, saco los pies por la ventanilla y trato de dormir algo.  No soy capaz.  Me voy en busca de la reunión y, para mi sorpresa, los encuentro a todos sentados a la sombra de unos árboles.  Es curioso, las dos actividades más importantes de la aldea se celebran al aire libre.  Y me doy cuenta que  Samaquina es diferente,  además de sacar el agua del pozo con una bomba manual, es una aldea arbolada.

Casa en Samaquina

Casa en Samaquina

Nos vamos y todos contentos.  En este viaje voy solo en el asiento de dos plazas de al lado del conductor.  Me ajusto el cinturón todo lo que puedo para que los baches me zarandeen menos.  Al principio parece que funciona, pero en las cinco o seis horas que dura el viaje a Kuito, me lo abrocho y me lo desabrocho un centenar de veces.

Camino de Kuito

Camino de Kuito

El viaje es una tortura, por la carretera y porque no se para nunca.  Solo una parada para hacer pis cuando alguien lo pide y solo lo han pedido en dos ocasiones.  Yo no, porque desde que estoy en Angola casi no hago.  Ni me anima el ver que lo hacen otros.  Es que no bebo tanto, me tranquilizo.

Carretera de Kuemba a Kuito

Carretera de Kuemba a Kuito

La carretera es la misma que hicimos para llegar a Kuemba y casi diría que volvemos por donde vinimos, por las mismas huellas.  Pues el mal estado de la carretera impide que circules siempre por la derecha o por la izquierda.  Vas por donde puedes, con una única condición, que si viene algún vehículo, las motos casi no importan, tienes que dejarle libre su mano.  El que viene de frente hace lo mismo.  La diferencia ahora es que es de día y puedes ver por donde vamos.   Y lo que sorprende son la cantidad de camiones, de tanques, de tanquetas y de todo tipos de transporte bélico están reventados en los arcenes de la carretera.

Los restos de la guerra

Los restos de la guerra

El conductor nos lo explica.  Los de Unita minaron todos los laterales de la carretera porque sabían que si había necesidad de dejar pasar lo normal es que los transportes más pesados y mas lentos se echaran a un lado.  Y ahí se quedaban despanzurrados.  Todavía hay zonas con minas antipersona y anticarros.  Hay como dos kilómetros señalados donde se anuncia que es territorio con peligro de muerte.  En dos ocasiones vimos a personal equipado desactivando minas por los lados de la carretera.  Llevaban con ellos una ambulancia.  Como para ir contento a trabajar!

Carretra ade Kuemba a Kuito

Carretra ade Kuemba a Kuito

Decía que el viaje es duro, pero resulta mas duro, por esa necesidad que hay de llegar a Kuito cuanto antes.  No se para.  Los coches tienen un depósito tan grande que no necesitan repostar nunca y a los cooperantes les pasa lo mismo.  Ya me había advertido el Cooperante que en estas jornadas se come a las seis.  A las seis de la mañana y a las seis de la tarde.  Por ese motivo, cuando fuimos a Nharea, ya le había protestado.  Un hombre que trabaja necesita comer tres veces al día, le decía yo, que conseguía el asentimiento del resto de la tripulación de entonces.  Pero entonces, como ahora, no sirvió de nada.  En la segunda ocasión que hice referencia a la comida, Bonefacio, con e, nos recordó que él había preparado la noche anterior  algo para comer ahora en el viaje.  Y era verdad, yo le había visto pelar patatas y meterlas en una olla.  Recuerdo que justo antes le había  quitado los ojos a dos o tres con la esperanza de que él se lo hiciera al resto.  Pero para mi sorpresa cuando yo dejé de adecentar las patatas él cogió todas, las bien peladas y las otras, y las metió en la olla.  Y ahora, en el traqueteo imparable del todoterreno nos las daba como comida.

Campana para llamar a la escuela en Samaquina

Campana para llamar a la escuela en Samaquina

Desde ayer a las nueve de la  noche, calculaba yo, he comido dos tostadas con aceite y tres patatas cocidas y ya vamos por las doce y media del mediodía.  Lo peor fue que cuando vi aquella fiambrera gigante llena de patatas y escuchando que no había otra cosa, se me ocurrió decir: vale, hoy comida de pobres.  No estuve muy acertado, evidentemente.  Es lo que nos pasa a los que sufrimos cierta incontinencia verbal, que hablamos antes de que el pensamiento acabe de formularse en la cabeza.  Y siempre la última sílaba la pronunciamos con arrepentimiento.  Y no es que los que actuamos así seamos todos tontos, que esa es otra dolencia, y aunque algunos padezcamos las dos, no siempre van unidos estos dos males.  Pues sabido es que tonterías las pensamos todos, pero solo los tontos las decimos.  De ahí que haya a menudo confusión en el diagnóstico.

Cerdos en Calenga

Cerdos en Calenga

Seguimos viaje y en un momento,  en que la carretera pasaba por el medio de una aldea, el conductor tuvo que dar un volantazo para no aplastar a un cerdo que se rebozaba en el fango de un bache que aun contenía algo de las últimas lluvias caídas una semana atrás. De cuando nos habíamos ido a Be y a Lobito.  Como yo le advertí de la presencia del puerco, me preguntó el conductor, en tu país hay mucho cerdo?  En el gobierno, le respondí.  Y se rió mucho.  Entonces para enmendar mi tontería empecé una disertación sobre la carne que se comía en España, la de pollo, la de cerdo y la de ternera.  Siendo la de cerdo muy rica tiene fama de ser la menos sana, le dije.  Y entonces le iba a hablar del cerdo de pata negra, pero me detuve pensando si habría alguna incorrección política en ello.  Ya sabéis lo mal que se razona cuando el cuerpo está tan molido, tan mal comido y tan maltratado por el viaje.  No fuera yo a cometer otra imprudencia.  Y fue él el que intervino y me dijo que en Angola la más valorada es la de gallina.  No te gusta la de cerdo? Pregunté.  Bueno, ahora no, me dijo.  Y nos contó la historia.  Que siendo él conductor de un camión durante la guerra y transportando a un grupo de soldados y a tres cerdos, tuvo la mala fortuna de pasar por encima de una mina antitanque.  De aquella desgracia salieron ilesos  solamente los dos ocupantes de la cabina.  La escabechina había sido total.  Pero el mal no se limitaba a eso sino que ahora estaban los dos supervivientes tirados en el medio de la guerra y sin poder moverse del lugar, pues aquí las distancias son largas para echarse a andar y más sin saber con certeza donde está el enemigo.  Esperaron.  Pero los que tenían que venir tardaron tanto que el comer se convirtió en una cuestión de vida o muerte.  Qué hacer’   Se preguntaron.  Y su acompañante en la cabina tomó la decisión de ir a recuperar a los cerdos a la caja del camión en donde , al explotar la mina, se había producido una dramática y sanguinolenta escabechina.   Aquella fue la última vez en que comió carne de cerdo, pues según contó, que en aquel momento no tuvo la certeza de que lo que estaba comiendo o era cerdo o soldado.

Un cerdo en la carretera

Un cerdo en la carretera

Lo contó con naturalidad, con la sabiduría del que distingue con claridad y exactitud los límites de lo que está bien y de lo que está mal.  Y se rió.  Y nosotros también por no desairarlo o porque como dice el cooperante aquí te vas acostumbrando a todo.  Aunque eso me lo decía cuando estábamos los dos cenando y yo le preguntaba que le parecía la carne.  Esta muy buena, me decía.  Pero si nos han engañado, nos estamos comiendo un cartón, le asustaba yo convencido de que nunca había comido nada más malo.

En Calenga

En Calenga

Como siempre el viaje se hizo interminable en la última hora y más en esta ocasión en que uno de los que iban atrás quiso parar un momentito y todos consideraron que lo más cómodo, para no tener que revolver todo el coche, era que saliera por la puerta delantera.  Que era fácil, que se estirase un poco, pasara las piernas por encima de mi respaldo y que después se dejara caer.  Yo salí para que pudiera hacer esa operación, que se hizo pero que se llevó por delante la rigidez del respaldo de mi asiento.  De tal manera que, a partir de ese momento tuve que viajar casi acostado.  Al principio bien, como unos diez metros, después la cabeza empezaba a golpearse contra el respaldo y a veces con tanta violencia que tuve miedo de perder el sentido por derrame cerebral.  Así que viajé el resto del tiempo llevando el cuello estirado como un pollo espantado.

El pozo de Calenga

El pozo de Calenga

Llegamos a Kuito pasadas las cuatro de la tarde.  El viaje había sido un éxito.  El Cooperante tuvo la brillante idea, no me acuerdo de los argumentos, de que lo primero que había que hacer era dejarme a mi en casa y después llevarle a él y a todo el material a la oficina.  Y fue lo que se hizo.  Pero al bajarme del coche tomé conciencia de lo sucio que estaba.  El polvo rojo de la carretera me había teñido íntegramente.   Así que al entrar, después de comprobar que seguíamos sin luz y que por lo tanto no había ni agua caliente ni lavadora, me saqué las botas y me metí vestido bajo la ducha.   La ropa y yo, incluida mi gorra,  nos lavamos con Sanex.

La escuela en Samaquina

La escuela en Samaquina

Reunidos en Samaquina

Reunidos en Samaquina

Letrero en el centro de la aldea

Letrero en el centro de la aldea

Gallinero, en el medio.  Calenga

Gallinero, en el medio. Calenga

Mujer en Calenga

Mujer en Calenga

Calenga

Calenga

En Calenga

En Calenga

Calenga

Calenga

Calenga

Calenga

Calenga

Calenga

El centro para reunirse en Calenga

El centro para reunirse en Calenga

Reunidos en Calenga

Reunidos en Calenga

Marac

Goiaba en Calenga

Carretera de kuemba a Kuito

Carretera de kuemba a Kuito

Un pensamiento en “Catorce de febrero. Adios Kuemba, adios.

  1. Me muero de risa…. Mira q eres exagerado!
    Me encanta q hayas ido con el Cooperante, tanto a años viviendo x el mundo adelante y nunca nos cuenta q trabajo tan importante hace!
    Os echamos de menos!
    Muchos besos

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