Tres de febrero. En las playas de Punta da Restinga

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Salimos después de desayunar rumbo a Lobito.  No teníamos prisa pero tampoco queríamos perder el tiempo.  Así que después de tomarnos nuestro bolloo con mantequilla y mermelada de uva nos fuimos con nuestras mochilas a la avenida principal a ver si cogíamos un candongueiro que no fuera muy agobiante.  Si es que existen.   Antes  de seguir, un consejo.  Nunca le llaméis candongueiro, les parece fatal.  Ellos dicen que son taxis.  Y serán, pero son lo más parecido que hay a un candongueiro. A los taxis, como los conocemos nosotros, por aquí les llaman taxis particulares. Y a los candongueiros, les llaman simplemente taxis, cuando por lo menos deberían llamarles colectivos.

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Los candongueiros son unas furgonetas normales que en Europa son de 9 o 12 plazas incluidos el conductor y el revisor pero que aquí, aprovechando al máximo todos los espacios puede llegar a las 17 o 19 plazas. No os podéis imaginar como estiran.  Mejor dicho, como nos encogemos nosotros. Hoy, como suele ser habitual nos tocó un candongueiro agobiante.  Fuimos llenos un tiempo considerable y a toda velocidad durante todo el trayecto.  Mirad las fotos y podréis imaginaros como puede llegar a agobiarte el ir como un bólido y cargado hasta el techo de pasajeros.

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Pero llegamos y además hicimos una amiga.  Al llegar a Lobito, que solo está  de Benguela a unos treinta kilómetros por autopista  – entiéndase por autopista una carretera de dos sentidos separada por una medianera de cuarenta centímetros de altura, sin valla alguna ni por la derecha, ni por el centro, ni por la izquierda – el Cooperante decidió preguntarle a la mujer que iba a mi lado que cómo hacíamos para llegar a Restinga.  No solo nos lo dijo sino que decidió acompañarnos.   Con ella cogimos un nuevo candongueiro hasta el centro de la ciudad y una vez allí, nos indicó la dirección que debería de llevar el siguiente al que tendríamos que subirnos.

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Para que lo entendáis, los candongueiros están pasando constantemente en todas direcciones.  Su revisor, que además de cobrar y ordenar donde te sientas, va siempre con medio cuerpo asomado por la ventanilla oteando clientes.  Así que al mínimo gesto que hagas desde la acera,  la furgoneta, que siempre es azul, se acerca a tu lado y antes de que pare le gritas a donde vas.  Restinga, gritas y si va en esa dirección  el revisor abre la puerta corredera y se baja para que te puedas subir tu.  Si por esa puerta ya es imposible que entre nadie, pues va por atrás, abre la del maletero y te metes allí , lugar en el que, increíblemente, cabemos otros cuatro pasajeros.

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Pero qué es Restinga, os preguntareis.  Restinga es una lengua de arena de cuatro, cinco o seis kilómetros de largo y de entre cien y dos cientos metros de ancho, que protege el puerto de Lobito y en donde los adinerados de la ciudad han decidido vivir  siguiendo la tradición.  Las casas de principio del siglo XX son  casonas grandes como palacios.  Y hermosas, lástima que estén todas arruinadas.  De ellas tengo pocas fotos porque hoy, Cooperante aparte, he tenido una alianza en contra que casi me vence.

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El  primero de los Candongueiros que cogimos tenía las ventanillas soldadas y con los cristales tintados, así que no pude hacer nada más que fotos interiores.  Y cuando dejé la furgoneta se me había acabado la batería de la cámara y poco después decidió por agotada la del teléfono.  Cuando logré reponerme ya había sobrepasado los palacios así como las casas de la época colonial de mayor esplendor, que todavía están en pié.

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De las que si tengo fotos son de las casas de mediados el siglo XX, más modestas pero igualmente envidiables.   No son como las que salen en las revistas que hay por ahí, pero serían en nuestro mundo chalets de clase media/media alta.  Aquí resultan de clase de vértigo, pues la distancia que les separa, a los que pueden tener estas casas, de la inmensa mayoría de la población, es infinita.

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La costa exterior, la que da al Atlántico, es una larga playa en la que han puesto como pequeños rompeolas para, creo, evitar que las corrientes se lleven la arena y a la gente.  Por el el lado interior, la que da al puerto de Lobito, la playa se limita a la zona de la punta, donde ya no hay chalets, en los últimos quinientos metros sino pinares , bares y restaurantes, en uno de los cuales pretendimos comer hoy pero del que salimos escaldados solo con ver los precios de la carta.  Nos vinos para el lado de nuestro hotel,  en un chiringuito también de lujo, con palmeras que crecen en la misma playa, donde por unos  lomitos de cerdo, cuatro,  con arroz y patatas fritas, que no llegaría ahí a ser un plato combinado, pagamos 40 $.

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Bueno pues en este lugar de lujo hemos decidido, El cooperante y yo, pasar el último día de estas minivacaciones.  Al principio, cuando la amiga del candongueiro nos dejó en el centro de la ciudad,  nos buscamos un hotel-pensión  en el que por 8.500 kawanzas, nos daban una habitación en la que la puerta y la ventana daban al patio de la casa.  No estaba mal, dado de donde veníamos, de un cuarto sin ventana.  Pero calculamos que entre ir y venir a la playa nos iban a cobrar los taxistas de la furgoneta lo que nos íbamos a ahorrar durmiendo en la pensión.  Así que nos fuimos.

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La primera parada la hicimos en el Hotel Restinga, como un tres estrellas nuevo o un usadito cuatro estrellas.  Nos gustó, pero no nos lo quedamos porque el precio del cuarto estaba en ese momento en los 28.000 kvanzas, 280 &.  Una barbaridad.  En nuestra segunda parada dimos con lo que nos convenía, uno de 14.000 kavanzas, 140& los dos.  Tiene ventana?  Le pregunté al muchacho que me había llevado a enseñarme el cuarto.  Por supuesto, dijo señalándome unas cortinas que estaba echadas.

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Nunca debí de abrirla, pero uno es así de tonto.  Cuanto mejor hubiera sido dormir  en aquella habitación de 140 dólares la noche, en la confianza de que tras aquellos cortinones había una ventana que daba a la lujosa avenida que corre por el centro de Restinga.   Pero tuve que mirar a donde daba.  Fue poco tiempo. Un abrir y cerrar velozmente, para que  la probable pestilencia que hierbe en los cubos de basura no entrara en la habitación.  Por lo demás no estaba mal, si exceptuamos  que la única bombilla es de 25 w y q e la ducha no desagua bien y que la toalla que me tocó a mi, está raída y que no hay donde sentarse si no es en la cama o en uno de los dos taburetes que están junto a la puerta de salida del edificio.

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Pero fue un buen día.  Nada más alojarnos nos fuimos a la playa.  El mar estaba tranquilo pero con cierta fuerza,  te acercaba y te alejaba de la costa, según fuera o viniera la ola. Nada, ningún temor.  El cielo estaba azul, la arena que podríamos llamar morena, como aprendimos en Benguela,  estaba limpísima y había un chiringuito con palmeras naturales muy cerca.  No podíamos pedir mas.  Mirad las fotos.

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Pero como yo estoy tomando unas pastillas para la malaria, que no para los mosquitos que ya me han picado tres, pues no puedo tomar el sol.  O no debo, para no exagerar.  Así que viendo una sombrilla por allí cerca en la que había estirado un niño me fui, después de bañarme, a hacerle compañía.  Tenía un tiratacos en la mano.  No es de los ricos, pensé.  Y me acordé de cuando yo también hacía tiratacos con una gaya de buxo y unas gomas de rueda de coche.  Nunca me salieron bien, ni nuca fui capaz de cazar nada con ellos salvo romper algún cristal.  Menudo tiratacos, le dije.  Y el niño viendo que me admiraba aquella cosa, se incorporó lo justo, metió la mano en el bolsillo y sacó tres pajaritos muertos que extendió en la arena teñida de rojo por la sombrilla.  Yo no le dije nada, pero el Cooperante cuando llegó le preguntó al verlos, Y para qué los quieres.  Que bruto, pensé.  Para comerlos, verdad? me adelanté en la respuesta.  Si dijo el niño.  Entonces yo me levanté y me fui a bañar otra vez.  Hacía mucho calor.

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Sabes lo que me dijo el niño?  Me preguntó el Cooperante gritándome desde la orilla.  No, qué te dijo, le grité yo mecido por las olas.   Que él no se baña en esta playa porque el mar se lleva a la gente.   Hasta creo que me costó mas llegar a la orilla.  Sentados en la arena el Cooperante y yo razonamos.  No es posible que eso ocurra, aunque es verdad que el mar es algo bravo, porque sino no pondrían un chiringuito de tanto lujo aquí mismo.  No, dijo el cooperante, además cuando llegamos había un hombre bañándose.  Y ya no está, le dije yo con pesimismo.  No, se fue con el perro que paseaba.  Ah! Respiré tranquilo.  Y los dos volvimos a chapuzarnos.

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Cuando volví a la sombrilla el niño y los tres pajaritos muertos estaban allí.  Le pregunté porque no se bañaba y repitió lo que le había dicho al Cooperante.  Entonces cogí una de las manzanas que me había comprado en Benguela dos días antes y le regalé una.  La cogió sin recato, sin un simple gesto de duda y sin darme ni las gracias.  Por supuesto que no me importó nada, me gustó ver como se la comía.

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Os confesaré un crimen. Uno de ellos.  Yo también maté pajaritos.  Pero, en contra de lo que escriben los guionistas de las películas y de las series, yo no me acuerdo de mi primer muerto sino del último.  Yo tenía una escopeta de balines y me había pasado como media mañana debajo de unos cables de la luz tratando de darle a las golondrinas que estaban allí posadas.  Me parecía increíble, debía de llevar treinta disparos y no solo  no le había dado a ninguna sino que además, ni se inmutaban.  De vez en cuando, una de ellas se dejaba caer, como si le hubiera dado, y enseguida remontaba el vuelo.  Aburrido de las golondrinas, me fui.  Junto al estanque de los patos, donde ponían las muchachas a clarear la ropa,  había un peral de unos dos años que era poco mas alto que yo y en donde descubrí  que había ido a posarse una bandada de gorriones.  Me acerqué sigiloso, elegí la víctima, le apunté y disparé.  Hubo un revuelo de pájaros asustados pero no cayó ninguno.  Me parecía imposible.  Si lo estaba viendo, estaba en el mismo lugar posado.  Me acerqué, le aplaudí para asustarlo.  Y nada.  entonces me puse de puntillas y fui a tocarle con la punta de la escopeta.  En ese momento un pajarito salió volando dejando caer al pajarito muerto que estaba sujetando. Le había matado a su pareja. No volví a matar a nadie,  ni siquiera a alguno de los muchos hijos de puta con que me he cruzado en la vida.  Aunque confieso que con ellos he vacilado.

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Después de los primeros chapuzones en la playa que estaba junto al hotel, decidimos marcnos e intentar alcanzar el extremo de aquella Punta da Restinga.  Y lo alcanzamos estaba como dos kilómetros mas allá de donde nos hospedábamos. Nos bañamos de nuevo.  Incluso sin temor alguno pues el hombre que estaba en el agua cuando llegamos resulta que era el socorrista de la playa, allí había dos, y después de preguntarnos si sabíamos nadar nos aconsejó que no saliéramos mucho.  No debe de tener ganas de trabajar, me dije.

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Pasamos  el resto de la mañana bañándonos y yo refugiándome en las sombras de los pinares cuando no estaba en el agua.  Después fue cuando entramos y salimos corriendo del restaurante Zulú y nos fuimos a comer al que estaba en la arena cercana a nuestro hotel.  Y por la tarde lo mismo.  Mucha playa y mucha sombra.  Yo incluso me fui al Hotel a ducharme dos veces creyendo que me había cansado de playa.

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A última hora nos fuimos andando hasta el centro de la ciudad.  Nos gustó mucho.  No había casi nadie por la avenida que une Restinga con el centro porque entrando en la ciudad va flanqueada por el puerto y por la vía del tren.  Nos paramos a ver como unos chicos pescaban chocos y como tres mujeres muy gordas se esforzaban por realizar unos ejercicios tiradas en el suelo.  Cuando consideramos que ya habíamos andado suficiente como para comernos un churrasco de pollo, nos dimos la vuelta.

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Nos vamos a cenar y después a la cama que mañana a las seis tenemos que salir a la calle a buscar candongueiros que nos lleven a donde para el  autobús Macon que nos ha de llevar a Kuito.  Aunque no queramos.

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