Treinta y uno de enero. Cuando llueve en Kuito

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Ayer llovió tanto que me creí en Macondo.  Vino el cooperante a buscarme al Cíber, a meterme prisa, mucha prisa, porque el cielo se estaba poniendo tan mal, tan mal, que no podía esperarse que sucediera nada bueno.  Me faltan diez minutos, le dije.  Y quedamos en que le saldría a la cafetería de la explanada.  Date prisa, pero mucha prisa que no sabes como está el cielo, me dijo antes de irse. 

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Cuando estaba a punto de darle a “publicar” al día 30 un relámpago se llevó la luz y empezó a llover con mucha violencia.  En el cíber solamente estábamos tres personas.  Miré al hombre que me cobra y a su amigo con el que charlaba y me pareció que ni se habían dado cuenta que se les estaba viniendo abajo el negocio.  Debe ser así, pensé y traté de imitarlos  Estiré las piernas y me recosté en la silla.  Pero a los diez minutos aquello continuaba.  Seguía lloviendo intensamente y la luz no había vuelto.  Además, el día se había oscurecido.  Llamé a El Cooperante que permanecía aislado en la cafetería de la explanada.  Se veía venir, me dijo.

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Como el tejadillo del cíber volaba hasta el borde de la acera salí fuera a intentar captar el diluvio.  No fui capaz, ya veréis, parece solo un día de mucha lluvia.  Pero mientras lo intentaba vinieron a refugiarse unos niños pobres que arrastraban un cochecito hecho con una lata de sardinas.  Les hice unas fotos y me identifiqué con ellos.  Yo también hacía camiones con latas de conservas.  Pero no tenía tanto ingenio, ni tanta habilidad como para ponerle ruedas como ellos.  Tan solo les ponía un carozo de maíz como cabina.

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Con las latas de sardinas y de bonito jugaba en El Cabido, la finca que mis tíos tenían en Baión.  Era invierno, mis primos no estaban, y a pesar de que los días eran cortos a mi se me hacían muy largos porque el tiempo se me pasaba muy despacito en aquella finca tan grande.

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Yo creo que allí estuve de enero a marzo los inviernos de mis 10 y 11 años.  Era asmático y dejaba Santiago por que la humedad me mataba.  Recuerdo que cuando empezaban las crisis mi abuela amenaza con irse a vivir a León y llevarme con ella.  Yo me pasaba lo peor sentado en uno de los sillones de orejas del salón viendo como pasaba el día por mi casa .  Entonces las casas tenían mucho movimiento, había muchachas, venían pobres a pedir, dos o tres días a la semana acudía una costurera que era muy triste y que cosía  durante todo el día y que se sabía los cuentos mas terroríficos y las historias reales más violentas. 

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Para mi el asma era una molestia que me inmovilizaba.  De vez en cuando oía que al hijo del médico más eminente de la ciudad le ponían oxígeno que tenían en su sanatorio.  A mi no.  A mi dieron una vez una medicina muy nueva a la que reaccioné mal y vino el médico a las dos de la mañana para salvarme.  Yo creí que me moría pero entonces como estaba convencido de que los niños buenos íbamos al cielo no me importaba mucho.  Después fue cuando decidieron enviarme a Bayón y allí, además de jugar con los coches de sardinas leía los libros que mi tío Eduardo se había traído de Buenos Aires cuando se volvió pensando que Franco se caía.  La verdad que solo leía a Lorca que era al que entendía mejor y si él le veía que los lagartos llevaban delantalitos blancos no se habría extrañado que una lata de sardinas con un carozo fuera un camión.

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Seguía lloviendo y volví a estirarme en la silla a esperar que amanaira la lluvia o volviera la luz.   Y esperando, esperando, esperando, como ocurre en los cuentos, me quedé dormido. Me despertó una llamada de El Cooperante.  Qué hacemos? Me preguntó.  Yo ya no aguanto más.  Llevamos hora y media aislados.  He visto un paraguas por aquí, voy a buscarte?  Espera diez minutos, le dije y cogí mis cosas y me fui corriendo. En la cafetería de la esplanada todavía nos comimos unos pepitos, que traían también un huevo frito, y cuando ya nos desesperamos, hartos de matar el tiempo, nos arriesgamos a cruzar a la cancha del Sporting Club Petróleo de Bié. Dos horas largas después de que empezara el aguacero  llamamos a un amigo que pasó a recogernos.

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Hace dos días decidí revelar las fotos de las mujeres de la panadería para regalárselas ya que voy a estar viéndolas muchos días.  Ayer no las pude recoger porque la tienda de fotografía fue escenario de una pelea violenta y estaba cerrada por la autoridad.  Al parecer, me contó la mujer que se pasa el día limpiando con un paño las pisadas de los clientes que entran en el súper que está al lado, que un angolano, aquí se dicen así, pasó por la tienda de fotos a reclamarle al chinés, que es el dueño, un dinero que le debía.  Y el chinés le pasó un cuchillo por la cara, el cuello y el hombro, abriéndole todo seguido y dejándole muy mal parado.  Pero mañana abre, me dijo.

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Hoy volví y había lleno como de costumbre.  No me atreví a hacerles una foto, evidentemente, pero me dediqué a observarlos con detenimiento.  Había tres chineses y dos angolanos.  Uno de los chineses era fuerte y rudo y era el que trataba las fotos en el ordenador, después de que otro más bajo, delgado, casi enclenque y muy amanerado las hiciera para documentos a los que se sentaban en  la silla que estaba junto al escaparate.  El tercer chinés era normal, delgado, pálido y tampoco sonreía, se dedicaba a hacer fotocopias.   Los dos angolanos eran delgados y altos y lo que mas les diferenciaba eran las gafas Ray Ban que llevaban, unas eran negras y las otras rojas.  Cuando estaba en esto,  dos mujeres salieron del cuarto de atrás armando un revuelo grande.  Una reía y la otra, que parecía ser la que mandaba, daba gritos en chino a la vez que agitaba en el aire una mano con un fajo de billetes de cien.  Por lo menos eran cien billetes.  Estaba feliz pero como no conseguía contagiar a nadie, interpreté en un primer momento, empezó a repartir billetes entre los que trabajaban allí.  Como los que los recogían no se expresaban con tanta algarabía .en seguida llegué a la conclusión de que les estaba pagando el sueldo.

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Me dieron las fotos y me fui al súper a tomar el café de las once con el Cooperante.  Decidimos que mañana, sábado, nos íbamos a Benguela.  Yo me vuelvo a la oficina y tu te vas a los autobuses Macon, te acordarás? Macón, si.  no te preocupes, Macón.  Qué fácil, pensé, habiendo estado ayer en Macondo.  Tienes que ir como hasta el chino, siguió instruyéndome,  donde compraste la mosquitera y un poco antes o un poco después ya están allí las cocheras y las oficinas de la empresa que va a Benguela.  Tranquilo, las encontraré.

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Estaban más abajo del cruce donde se cogía para el chino.  Estaban donde empezaban las afueras y aproveché para tirar unas fotos y tratar de mostraros como son los barrios por aquí.  Las hice con cuidado porque había mucho guardia y mucho soldado por el barrio y como uno es blanco y canoso enseguida me detectan.  Pero las hice, veréis como es como yo os decía, casuchas pobres ya desde el mismo borde del centro, que los de aquí llaman ciudad.  Vas a la ciudad? Me preguntaban ayer los de las furgonetas en el mercado de Chesindo.

Creo que me estoy enrollando mucho pero hoy no quiero dejar de contaros lo que me ocurrió cuando entré ayer en una de las casas con jardín que ya os mostré en una foto, una que es azul y tiene el jardín muy descuidado.  Por la puerta de  entrada de los coches  salía una mujer, le di los buenos días y le pregunté qué había en aquel jardín tan grande.  No le entendí muy bien lo que me dijo, algo así como que había ido a buscar plaza para un instituto de segunda enseñanza.  Le di las gracias y entré.  Mi intención era hacer las fotos de los restos de un espléndido jardín venido a menos por la guerra.  Y me encontré con tres detalles que me llamaron la atención.

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El primero fue  al encontrar la sede de la Asociación de San Vicente Paul.  Mi abuela Carmen, que mantuvo todos mis vicios casi hasta el día de su muerte, fue presidenta de esta asociación en Santiago, asociación que creo que es la que mantiene en pié la Cocina Económica  en la ciudad y que hasta el año pasado o así, dirigía una monja que yo conocí de novicia y que todavía hoy me llama por mi nombre en diminutivo.  Cuando la veo le doy dos escandalosos besos  y ella se ríe.

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El segundo fue al ver, en aquel jardín tan abandonado, como una mujer se esforzaba por recuperarlo, con los pies descalzos y blandiendo una azada pequeña.  Era como ver a una hormiga vaciar el océano con un caldero (San Agustín? Quien sabe).  Cuando la vi le robé una foto.  Después me acerqué y le pedí permiso.  Me lo dio y se dejó retratar lo que quisiera.  Estábamos los dos felices.  Tanto, que cuando me iba me llamó para que la retratara con la bañera en la cabeza.  Me imagino que preferiría que la recordase de portadora y no de jardinera.

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Y el tercero fue al escuchar unas voces que me llamaban desde el cielo mientras fotografiaba a la mujer descalza.  Tardé en darme cuenta de que aquellos gritos que venían de arriba iabn dirigido a mi.  Una mujer desde lo alto de la escalera que entraba en la casa me llamaba para que subiera.  Ay!  Pensé quien tuviera voluntad para una aventura.   Era grande y fuerte como una matrona y agradecí que solo pretendiera que la retratara a ella también.

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Hice más fotos hoy, algunas las veréis al final.  De todas ellas destaco los tarros con medicinas que una feiticeira desdentada vendía en nuestra calle, junto a la valla de Angola Telecom.    Por cierto, hoy comimos  un pescado duro como una sardina que estaba muy bueno y oculto en una salsa que tenía mucho tomate.  Me hubiera gustado mostraros el restaurante, pero con el Cooperante es imposible.  Pero un matrimonio o así de chinos de los que ya os hablaré.

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Ah! Mañana saldremos a las seis y media de la mañana ruma a Benguela.  El viaje es de unas nueve horas, si no hay incidentes.  Vénguela está en la costa y no sabría deciros a que distancia.  A lo mejor a ochocientos kilómetros, a lo mejor a tan solo seiscientos.  No se.  Además, vamos a pasarnos antes por Lobito.   Espero que en Benguela pueda encontrar un cíber.  El hotel al que vamos, que es de los baratos, nos cuesta 90 dólares por habitación.  Las tiene por 75,  pero el cuarto de baño está en el pasillo  para compartir con otros huéspedes.  Como voy con El Cooperante no os prometo muchas fotos.  Trataré de darle el esquinazo.

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2 pensamientos en “Treinta y uno de enero. Cuando llueve en Kuito

  1. De dónde vienes no puedes tener miedo a la lluvia, creo que por Santiago se mueven en canoa;). Precioso relato Javier!!

  2. Pues si, eso de las fotos es un calabobos al lado del Tsunami de las costas gallegas….tenias que verlo !.

    Me encanta como escribes, como mezclas tus recuerdos de niño con el viaje… tus relatos por entregas me tienen enganchada !.

    Por lo que cuentas el lugar es carísimo, escandalosamente caro y violento, con razón tienen esas caras en las fotos.

    Cuidate moito y sigue contando.
    Un beso

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