Treinta de enero. En el mercado de Chesindo

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Al escribir la fecha es imposible no acordarse que hoy nació Pío.  A él también le cuesta reírse, excepto por la mañana que se levanta feliz.  Es como si celebrara el estar de nuevo con todos nosotros.  Después parece que le desilusionamos, que no damos la talla que esperaba  y ya cuesta arrancarle una sonrisa.  Hoy cumple un año.  Esperemos que se haga mas benevolente. 

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Hubo un tiempo en que la seriedad, la gravedad en la expresión, era considerada una virtud.  Mi tío Adolfo, al que nunca vi reírse a carcajadas, era un hombre muy divertido, y cuando se hablaba de un hombre serio siempre decía, lo que hay que saber es si padece o no la seriedad del burro.  Adolfo, además de entretenido por su humor y su basta cultura, era una persona a la que le gustaba mucho Portugal y llegó a comprarse en Camiña la casa de un indiano.  Era muy bonita, de techos altos y artesonados y maderas traídas del Amazonas.  Le hubiera gustado venirse conmigo a Angola y, entonces, este diario sería un diario útil, lleno de datos, de observaciones inteligentes y de anécdotas divertidas.  Él fue catedrático de Geografía e Historia en el instituto de Pontevedra y cuando ya era muy mayor y estaba encamado, le otorgaron la medalla de Alfonso X El Sabio. Hay que cotizar a Hacienda por ella? Preguntó.  Si hay que pagar algo, no la quiero, dijo.  Fue Mariano Rajoy, que había sido alumno suyo, a entregársela cuando era ministro de Aznar.

Por cierto que Mariano Rajoy a mi me parece una persona con un gran sentido del humor.  Lo digo en serio.  A lo mejor es su única virtud.

 

Hablando de personajes serios.  Esta mañana me he encontrado al perro de los vecinos encaramado a lo más alto de la valla.  Me dicen que acostumbra a ponerse ahí.  Podría pensarse que lo hace para vigilar y mejor defender la casa o para ver el desfile de gente por la acera.  Pero no.   Él está ahí para que lo vean. Yo creo que quiere ser león de entrada de alameda o de puerta de palacio, porque él siempre está muy serio e inmutable.  Petrificado.

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Nuestro vecino de habitación, el Tercer Cooperante, tiene una nariz prominente y ganchuda, es delgado, consume mucho café, mucho internet y fuma mucho. Y es de los que tiene una seriedad inteligente.  Hoy me lo encontré de mañanita a los pies de la escalera, en el holl, tendiendo la colada  en un tendedero plegable.   Si la cuelgas fuera, hoy que salió el sol, al mediodía la tienes seca, le dije.  Me miró como lamentando mi ignorancia e intenté corregirme diciéndole, claro que a lo mejor llueve de repente.  No, dijo al fin, es que tengo miedo que entren a robarla. Me eché a reír y me fui a triturar un par de naranjas.

 

El Tercer Cooperante estaba en serio.  Está obsesionado con los robos, me dijeron después.   No comprende como yo me arriesgo a dejar el ordenador y la cámara en la planta baja de la casa cuando nos vamos a dormir.  Pero si hay un guardia en el porche durante toda la noche, me justifico.  Le da igual, él tiene debajo de la almohada un cuchillo de cocina.  Cuando se fueron salí a colgar fuera mi toalla y la mochila del cooperante.  Si miráis la foto, calculad que la altura del muro es de dos metros, encima tiene la alambrada de pequeñas cuchillas y, además, da al patio de la casa de al lado.

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Después del desayuno me fui al mercado de Chesindo.  Iba a ir andando, son cinco o siete kilómetros, pero temí llegar demasiado tarde.   La alternativa para moverse por la ciudad son las motos, 200 kwanzas por desplazamiento, o las furgonetas que cobran la cuarta parte, 50 kwanzas.  Por seguridad elegí la furgoneta, le hice una foto al salpicadero para vierais que no estaba en rodaje.

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Chesindo es más que un mercadillo de los que se ponen un día a la semana por nuestros pueblos.  De entrada podría dar la misma impresión porque todo son puestos y actividades comerciales al aire libre.  Pero es más que todo eso.  Para empezar es un mercadillo permanente, viene a ser el centro comercial de la ciudad de Kuito.  Hay además actividades comerciales que no existen en nuestros mercadillos como la venta de ferralla, bombonas de butano, colchones, la reparación de motos o las peluquerías.  

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Chesindo es grande y por zonas muy amplio y desahogado.  En otras, como donde se venden los productos del campo, el espacio no sobra y para moverte lo haces arriesgándote a pisar la mercancía.  

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De entrada parece que está todo mezclado, porque los puestos de ropa los ves por todas partes, pero la disposición de los tenderetes obedece a cierta planificación. Me habían dicho que iba a estar abarrotado.  Pero hoy no lo estaba. Hoy no, hoy me pareció precisamente que estaba muy vacío. Es verdad que es muy grande y espacioso y, salvo la zona de las verduras, las harinas y el carbón, todo está dispuesto para recibir a mucha gente, pero hoy no la había.  Es posible que el jueves no sea el mejor día por estar en mitad de la semana.

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No había gente pero estaba todo dispuesto para recibirla.  Las mujeres que vendían carbón tenían preparadas unas cien bolsas para entregar y seguían haciendo. Las mujeres que vendían pollo frito tenían los expositores llenos y mas pollos por descuartizar y freír.  Y las de la harina parecía que todavía no se habían estrenado.  Como le pasaba a las mujeres que vendían verduras y otros productos del campo. O a los niños que vendían trozos de salchichas  que todavía tenían la bandejas más llenas que vacías.

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Tampoco había mucha gente, yo no vi a nadie, en los puestos de venta de ropa, o en los de los colchones, ni en los que vendían DVDs, ni en los de enchufes.  Se venden enchufes!  Sí había dos mujeres probando zapatos.  Una tenía que ser la vendedora y otra la cliente pero estaban las dos tan entusiasmadas probándoselos que no supe distinguir cual era el papel de cada una.  Les hice unas cinco o seis fotos y como no levantaban la cabeza, les pedí permiso para retratarlas.  Y como respuesta me dieron un no tajante, como diciendo: no nos molestes.

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La mitad del recorrido por el mercado estuve acompañado de una nube de niños vendedores ambulantes que solo podía quitármelos de encima haciéndoles fotos.  Algunas las publicaré, me imagino.  Hice setecientas y en la primera selección fui capaz de apartar 118.  Pero no se  cuales serán las últimas que elija.  Posiblemente en el propio Cíber acabe decidiendo las que colgaré.

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Cuando salí de casa estaba un poco preocupado por mi seguridad y, sobre todo, por la cámara.  Me iba a un mercado en las afueras de la ciudad, a cinco o seis kilómetros del centro.  Un mercado que, me decían, va a estar abarrotado y donde, casi seguro iba a ser el único blanco y la única persona haciendo fotos.

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Mis temores eran infundados tuve una mañana tranquilísima y pude hacer casi todas las fotos que quise.  Es verdad que muchas personas no quisieron que las fotografiase pero otras muchas se prestaron contentas.  Contento que no siempre he sido capaz de retratar.

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En un momento, ya casi al final del recorrido, después de hacerle una sesión de fotos a tres chicos en un tenderete en el que no se vendía nada, uno de ellos dijo que quería hacerse una foto conmigo.  Y pensé que para eso yo tendría que darle la cámara a otro y dejar que este me sujetara mientras el que iba a hacer de fotógrafo salía corriendo con mi cámara.  Fotos a mi no, que soy muy feo, les dije sonriendo y con cierto arrepentimiento por mi desconfianza.

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Tuve otro momento de, digamos de  precaución.  Las furgoneta-taxi, que aquí llaman candongueiro,  llevan un conductor y un revisor vendedor, que es el que va ofreciendo los servicios de taxi a toda la gente.  A mi me invitaron a subirme a una, pero como todavía faltaban muchos puestos por cubrir y no quería estar allí esperando, les dije que me iba a andando y que me cogieran por la carretera.  Quedamos en eso y eché a andar.  El punto por el que yo abandoné el monte en el que se asienta el mercado de Chesindo estaba distante de la carreta un kilómetro largo si seguía la pista de tierra por la que iban los coches y las motos,  y a unos cuatrocientos metros si me metía por caminos de caminantes.  Elegí el atajo, pero cuando me di cuenta unos chicos jóvenes y harapientos estaban parados a mitad de camino. Me detuve y el miedo o la precaución me hizo verme zarandeado por aquellos cuatro rapaces que después salían corriendo con mi mochila y la cámara.  Qué le vamos a hacer.  Volví atrás y cogí el camino largo.

 

Pero que quede claro que Chesindo me pareció un lugar tranquilo, de gente amable.

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