Veintinueve de enero. Despertar en temporal

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La última vez que me desperté fue a causa de la lluvia.  Hacía un ruido como si estuviera un camión pasando por la terraza, así que decidí acurrucarme en el saco y esperar.   De repente cayó un rayo sin previo aviso.  Como no vi el relámpago preferí pensar que al camión que pasaba por la terraza se le había caído parte de la carga.  Me acurruqué más y me quedé pendiente del siguiente trallazo.  No vino.

Con los años lo que antes no me inmutaba ahora me pone en alerta y lo que me intranquilizaba me desquicia.  Y me pasa con las tormentas.  Cuando era pequeño nos cayó un rayo en casa y las habladurías en el pueblo a la mañana siguiente decían que yo me había quedado paralítico y mi hermano se había muerto.  No eran verdad;  pero de aquello, de lo que solo anotamos en el momento el trastorno de tener una parte de la casa de mis abuelos derrumbada, parece que con el tiempo hemos ido descubriendo que había hecho mella en nosotros, al menos en mi.  Pues esta mañana, como me viene ocurriendo desde hace unos años, la caída del rayo  me puso en guardia temiendo la llegada de una tormenta.

Cuando aminoró el ruido, cuando era el de un de simple día de temporal, decidí levantarme.  No era el primero, alguien se me había adelantado y estaba ya en el cuarto de baño.  Se habría atrevido a salir al patio a encender la bomba?  Me parecía imposible con la que estaba cayendo.  Además, pensé, podría quedarse electrocutado.  Bajé a la cocina a ver si había agua en el grifo del fregadero y me encontré el suelo del holl y de la cocina mojados.  A mi exclamación de sorpresa, una voz procedente del comedor me  aclaró que se había inundado esa parte de la casa y que había tenido que pasar la fregona.

Nos dimos los buenos días y me alegré de haber retirado de la mesa del comedor los cargadores de la cámara, del teléfono y del ordenata, además de la funda del ordenador, el ordenador, el disco duro, la caja del disco duro  y la mochila en la que guardo alguna vez todo esto.  El tercer cooperante trataba de espabilarse con un café y con la ventana abierta sentado a la mesa.  Me dio una larga explicación de las consecuencias de la lluvia torrencial de la noche.  Y pensé en el hombre que hace guardia y que suele dormir acurrucado en un rincón del porche.  Se habrá ahogado el vigilante, le dije.  No lo se, me respondió.  Cuando abrí la puerta ya no estaba.  Es verdad, se va muy temprano, le dije para no seguir con la broma.

El Cooperante dormía y decidí despertarle.  Oíste el rayo?, le pregunté.  No.  Y tampoco te despertó el ruido de la lluvia?  No, me respondió.  Pues me parece que hoy voy a hacer la cama porque no se puede salir con la que está cayendo todavía, le dije.   E hice la cama. Que no es nada fácil cuando se trata de un colchón de matrimonio tirado en el suelo y cercado por una mosquitera como si fuera un dosel.  Te tienes que meter dentro y estando allí, encima del colchón, realizar la faena. Estiré la sábana de arriba y  al estirar la manta me di cuenta que es mucho mas pequeña.  Es de cama de noventa o de setenta. Tampoco importa, hoy he comprobado que me va mejor dormir en el saco, es como dormir embalsamado como una momia egipcia, pero noto menos los alambres del colchón.

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Como el baño seguía ocupado decidí arreglar un poco el cuarto.  Corrí las cortinas y vi la terraza, que está cerrada, inundada.  La mochila del cooperante estaba allí, como una isla.  Se lo dije y me respondió  desde la cama: Joder!  Se la mostré goteando y se la puse al lado del cajón que le hace de mesilla.   Entonces oí que dejaban el curto de baño libre y me fui a duchar.

Estaba llenando el segundo cubo con el agua de la terraza y me vino a preguntar El Cooperante por lo que estaba haciendo  y si me iba con él a desayunar, que los otros dos ya se habían ido.  Es el segundo caldero, le dije retorciendo la fregona.  Deja eso, hombre, me dijo.  Eso aquí no lo recogemos.  Cuando me fui en navidades iba a llevar esa bolsa naranja con mis cosas y no pude porque estaba empapada, me explicó.  Pues hoy está seca, le dije señalando la bolsa que estaba encima de una silla. Pero si no lo secamos se va a caer el porche, añadí.  Es que esta casa la hizo un cubano, culpándole de lo que pudiera pasar y dando por sentado que yo acepto, como es verdad, que los angoleños no saben de construcción todavía, pues en cada gavilla de peones que vemos trabajando en una obra siempre hay un portugués, un peón más, no un vigilante, porque es el que sabe. 

Si acabas tu aquí yo bajo a desayunar, le dije descartando su consejo de que dejase estar la inundación como estaba.  Vale, dijo y me cogió la fregona.DSC_0007A

La puerta de la entrada y la de la cocina que da al patio de atrás estaban abiertas para que la corriente de aire fuera secando el suelo.  El reflejo de la luz del día dejaba ver que habían pasado la fregona pero no habían barrido lo que ya no habían barrido en todo un  mes.  Traté de que no me importara y me fui a prepararme el desayuno.

No tenía sitio.  A parte del charco que había entre el fregadero y el frigorífico, en toda superficie horizontal no se podía apoyar ni un vaso.  Alguien se había dado cuenta de cómo estaba todo y  había decidido empezar a limpiar.  Junto al fregadero, que rebosaba de loza,  había  hecho un hueco y puesto la bandeja del horno a la que había echado agua para que se fuera reblandeciendo toda la mugre que tenía pegada.  Está bien, me dije resignado, hoy, en vez de caminar una hora, fregarás dos.  Y estaba en eso cuando oí que bajaba El Cooperante.  Te vas?  Y recordando el charco sobre el que estaba le pregunté que en dónde había dejado la fregona.  Arriba, me respondió con naturalidad, en la habitación.  Estoy mayor para vivir con treintañeros, me dije.

Cuando acabé, puse a tostar uno de los bollos de pan que sobraron de ayer y mientras tanto, me pelé dos naranjas y las metí en la trituradora de la carne.  El resultado es un líquido espeso, una especie de sopa que tomo todas las mañanas.  No creáis que soy un cocinitas, es que no hay exprimidor. 

Y ahora mientras me tomo mis tostadas con aceite os estoy contando como me han ido estas primeras horas de la mañana.

Parece que escampó, me voy al cíber a ver si os puedo pasar lo de ayer.  Que en la oficina de El Cooperante internet va tan lento que me lleva tres horas subir las fotos.  Os seguiré contando.

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Bueno, Genial!  En algo menos de una hora os pude pasar el día de hoy,  Y si me doy prisa hoy mismo dejo preparado esto que os estoy contando para que mañana a primera hora lo tengáis en vuestros ordenadores.  Si no me lío, porque aquí todo va mas despacio y todo se complica un poco a causa de nuestro desconocimiento.

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Los de fuera dicen que aquí son lentos en todo, les pides un café y tienes suerte si te lo traen a la primera, en ocasiones tienes que pedirlo hasta tres veces, nunca te sirven lo que les pides y pueden tardar media hora en cobrarte la consumición.  También dicen que la construcción es de muy baja calidad, que en todas las casas hay muchas manchas de humedad, que los enchufes se descuelgan de las paredes y que los picaportes de las puertas te quedan en la mano.  Lo mismito que en la Andalucía de los años setenta, en donde te anunciaban en los bares que el papel higiénico no lo depositaras en el interior del wc.  No estaban preparados.

 

Y es verdad que eso es así.  Ayer a la noche nos fuimos a echar una partida de póquer a casa del portugués que no vive con nosotros, porque no es cooperante, y en el cuarto de baño no había luz, lo que solucionabas encendiendo la del pasillo. Total la puerta no se podía cerrar porque se le había descolgado el picaporte.  Por cierto, al final no jugamos porque los dos aficionados a la fotografía también lo son a la cocina y se habían puesto a preparar unas pizzas.  Sobraron.  Y eso que aparte de nosotros cuatro vinieron el tercer cooperante y una instructora de Sudáfrica que está dando unos cursos invitada por People In Need, la ONG checa que también me invitó a mi para que pudiera conseguir el visado de entrada.

 

Y la puerta de nuestra cancilla también está estropeada, la llave solo entra por la parte interior de la cerradura.  Es una pesadez a la que estoy obligado casi por juramento.   Me cuentan que una vez entraron a robar en esta casa.  Al llegar, el sábado después de comer, se encontraron con un cristal roto y la puerta abierta.  No faltaban ni las cámaras de fotos, ni dinero, ni ninguno de los portátiles.  Estaba todo.  Aquello, entendieron en seguida no podía ser mas que un aviso.  Una semana antes habían entrado a robar en casa de un trabajador de la oficina y como su mujer estaba dentro pudo ver a los ladrones y enseguida fueron a presentar denuncia.  Los detuvieron.  Pero la denunciante tuvo que aguantar que una feiticeira, amiga de la familia de unos de los detenidos,  viniera todas las mañanas a realizar conjuros y maldiciones delante de su casa..  Y como eso al parecer no estaba dando resultado,  ahora , deducían mis compañeros de casa,  se trataba de amedrentar a todos los cooperantes.

Por la noche, a la hora de la cena, se dieron cuenta de que su deducción era una imbecilidad, les habían robado la bombona de butano.  Al parecer hay una organización delictiva que se dedica exclusivamente a robar bombonas.  Valen una pasta, me dicen.

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Hoy no pude preparar la comida que a mi me conviene y nos fuimos al restaurante que puso un hombre que se pasó unos años en Cuba, La Bodeguita le llaman.  Comí con el Cooperante y aprovechando que se había ido a lavar las manos saqué la cámara y me puse hacer unas fotos, porque me gustó la imagen de la tertulia que “el Cubano” tenía montada con tres amigos.

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Precisamente fue después de comer que me fui al super, que está en el otro extremo de la ciudad a tratar de comprarme algo de chocolate.  Encontré unas galletas de marca Isabela, que se exceden en lo dulce.  Por cierto que compré las galletas, un pack de seis manzanas, otro de seis naranjas,  una malla pequeña de patatas, serán unas veinte, y un gel de Sanex por 1.685 kwanzas.  Exactamente 16,85 doláres, unos doce euros.

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Y fue cuando iba para el súper cuando sorprendí a una mujer haciendo pis junto a un contenedor.  Lástima, que como pasé antes por casa el Cooperante me rogó que dejara la cámara.  No le había gustado que yendo con él me hubiera parado a hacerles fotos a unos niños a la salida del restaurante.   La mujer era una de esas que se dedica a vender pieles de serpiente, huesos de animales curadores y polvos de colorines.  Podría ser una feiticeira, pensé.  Y por casualidad,  cuando volví a pasar por el mismo lugar un poco mas tarde, había un soldado haciendo lo mismo en el mismo contenedor.  Tengo que probar, me dije. 

DSC_0125Ah! Al llegar a casa con la compra una mujer que vendía plátanos me vendió los que veis en el centro de mi mesa.  No logré entenderle cuanto dinero era.  Le fui dando hasta que dijo basta.  Se paró en los 100 KWanzas.  En tan solo un dólar.

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