Veintiseis de enero. Domingo en Kuito

Camino de misa

Camino de misa

Entre los compañeros y amigos de El Cooperante hay dos que son aficionados a la fotografía y todos los domingos salen de la ciudad a ver si hacen algo.  Hoy fui con ellos.  Además nos acompañó otro cooperante por sumarse a la parranda.  Hacía años, decenas de años que no utilizaba esta palabra.  La visita a Angola es en parte un viaje a nuestro pasado.  Os confieso que dudé en escribirla pero como alternativa solo me salía esmorga.  Hace muchos años que tengo las dos palabras muy ligadas, desde que  vi publicada en castellano  A Esmorga  como La Parranda.  La novela me la había recomendado Umbral.  Entonces y para su enfado, se decía de él que era tan solo una joven promesa de la literatura española que, con 37 años,  acababa de publicar El Giocondo.  Léete La Parranda de Blanco Amor, si no te la has leído, me dijo.  La Parranda era la traducción al castellano de A Esmorga, la novela que dio a conocer en España a Eduardo Blanco Amor.  Por cierto, que con él estuvimos mi cuñado Fernando y yo a su regreso de Argentina.  La primera vez que lo vimos, lo habíamos citado para hacerle una entrevista, supongo, y nos tiramos como dos horas en el ya desaparecido Café Avenida, en la Senra.  Era divertido Blanco Amor.  Era de esos personajes míticos del exilio que te sorprendías de que estuvieran vivos.  Sentí lo mismo cuando conocí a Arturo Cuadrado al que la vejez le permitía seguir manteniendo cierta belleza y elegancia.  Bueno, lo siento.  Es la genética.  Mi abuela Carmen cuando te contaba algo, lo hacía mezclando tres o cuatro historias.  Lo bueno de ella es que lo hacía sin darse cuenta.  Yo simplemente no me reprimo.  Fue mi madre la que subrayaba la costumbre de su suegra.  Ay!  No seas como tu abuela, limítate a contar una sola historia, me decía  Ya veis.  Lo haré por vosotros no seguiré rizando el rizo.

Coro de una iglesia evangélica

Coro de una iglesia evangélica

Cuando vinieron a buscarme a casa yo ya había estado paseando la ciudad y haciendo fotos, como unas doscientas, y creí que había terminado.  Pero me quedaba todavía lo mejor.

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Fui el primero en despertarme y tuve que vestirme y calzarme para ir a prender la bomba de agua al patio de delante.  Me lo dijo El Cooperante.  Verás que está a la entrada, busca por allí una llave y enciéndela.

Cuando salí a la calle dudé en llevarme la cámara.  Pero me la llevé y enseguida quise salir de dudas. Tres casas a la izquierda de la nuestra había un vigilante, nosotros también tenemos uno por la noche, que estaba en la puerta con un transistor pegado al pecho.  Le saludé y como me respondió muy amablemente, le propuse retratarle.  Se puso tieso y serio y dejó que le hiciera una seis o siete fotos desde diferentes distancias.

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La segunda prueba fue una mujer que barría la acera delante de un hotel y la tercera fue un hombre que me pidió que le retratara.  Bueno, pensé, no está la cosa tan difícil como dijeron.   Pero también tuve rechazos.  Unos niños que cogían agua en una fuente se enfadaron cuando vieron que intentaba fotografiarles.  Traté de razonar con ellos pero dijeron que no repetidamente. Y me extrañó, pues suelo ser muy insistente, de esos que llaman pesado.    Mas tarde también se enfadó un hombre que me estaba mostrando que podía cruzar un puente de madera sin peligro.  Yo iba detrás de él y me paré para hacerle una foto al puente  teniéndole a él de referencia, pues me daba la espalda.  A pesar de que iba delante se dio cuenta y me exigió que borrase la foto.  Intenté explicarle cual era mi intención, pero se enfadó muchísimo y empezó a gritar que no quería que yo ganase dinero a su costa.  Lo decía para que lo oyeran todos, el niño que fregaba un camión, el anciano que a cincuenta metros vigilaba a cinco vacas, el hombre que se aseaba desnudo en el río, los dos pescadores que estaban un poco mas abajo y los dos amigos que estaban con él cuando llegamos. Y un hombre que no se que hacía allí.

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Los amigos portugueses con los que iba al oír el alboroto bajaron del todoterreno.  Yo les había hecho detener el coche porque no me fiaba de que aquel puente pudiera con todos, coche incluido.  Dejadme inspeccionar, les había dicho.

Fueron sabios los portugueses pues en vez de entrar al trapo del jaleo, al bajar del coche preguntaron por los cocodrilos.  El asunto tuvo el suficiente interés para olvidar el escándalo que había armado mi guía.  Incluso uno de los nativos sacó de entre sus ropas, sorpresa! una tablet y estuvo haciéndonos vídeo a nosotros.  Por cierto, los cocodrilos no están en lugares como aquellos, rodeados de cañaverales, están donde hay rocas, unos kilómetros rio abajo, dijeron.

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Pero el incidente del río fue una excepción en un día en el que hice más de seiscientas fotos.  Y eso que todavía me reprimo pues de entrada no se respira buen ambiente.  Y no me extraña después de casi sesenta años de guerra continuada.  Que ya os hablaré de eso.  Hoy no, que sino escribo un libro en un solo día.  Basten hoy las fotos de algunas de las casas que todavía conservan las huellas de la guerra.  Casas bombardeadas y acribilladas a balazos que todavía no han sido reconstruidas o reparadas.  E excepción del amplio colegio de los Maristas, que han dejado enmarcada la huella de un obús y algunos disparos.

Kuito es una ciudad con un centro muy hermoso pero muy deteriorado, empobrecido.  Es como si los angoleños no supieran o no pudieran restaurar adecuadamente sus casas.  No dedican nada al mantenimiento de sus casas, al simple adecentamiento de sus patios delanteros o sus jardines, a la pintura de sus fachadas y tienen, sin embargo, uno o dos coches a la puerta.  Con lo que cuesta aquí un coche!  Alguna vez se lo preguntaré a uno de los nativos que trabaja en la cooperación.

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El centro de Kuito no creo que llegue a dos kilómetros cuadrados, dos kilómetros de largo por uno de ancho.  Mas o menos.  El resto de la ciudad lo conforman miles de casas pequeñas, muy pequeñas, hechas de bloques de cemento y tejado de chapa que están esparcidas  en un círculo de algunos kilómetros de diámetro.  Ahí es donde se manifiesta la gran desigualdad que existe, ahí si que hay miseria.  En el centro, limitémonos a llamarle pobreza.

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Si observas el centro de Kuito con detenimiento, ves lo bonito que debió de ser.  Solo hay que imaginarlo con todas las casas pintadas, los cierres, bajos y transparentes, reconstruidos y los jardines cuidados.  Una ciudad amable, humanizada, en la que a cualquiera de nosotros nos hubiera entusiasmado vivir.

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Cuando vinieron a buscarme los amigos de El Cooperante me sorprendió el coche en que venían.  Un todoterreno nuevo, cómodo y con buena suspensión, no como los de la cooperación.  Después me enteré que el coche era de uno de los que conducía, que no era cooperante, sino un trabajador de una empresa de construcción portuguesa que estaba trabajando en Kuito, un fotógrafo excelente que hace que me avergüence de mis fotos.

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Ya en las afueras de la ciudad, antes de pasar por delante de una fábrica destrozada por la guerra y entrar en la mas alejada periferia, nos paramos en la casa de un amigo a dejarles una bolsa con algo.  Él no estaba pero la mujer nos recibió muy alegre y nos besó a todos.  Estaba acompañada de sus dos hijos pequeños y dos niños mayores que parecía imposible que fueran suyos, pero que seguramente lo eran.  Les hice fotos, ella sale riéndose pero los niños no.  Es difícil hacer que un niño pequeño se ría.  Hasta ahora no he conseguido nada más que una fotografía, que hice un poco mas tarde, en la que, después de hacerle mucho el tonto, sale una niña como con una media sonrisa.  A lo mejor es que se dan cuenta, como se dio mi amigo el que conducía el todoterreno rojo, que los niños son los que menos importan.  Te fijaste, me dijo, que son los niños los únicos que andan descalzos por aquí.

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Un poco después de la fábrica cruzamos la vía del tren y entramos en el campo, se había acabado la ciudad.  El camino era  de tierra, por supuesto, y estaba ondulado y quebrado, y también lleno de baches como pequeñas lagunas que había que bordear por miedo a que fueran muy profundas.  En alguna ocasión tuvimos que dar marcha atrás y buscar una alternativa dando un rodeo para alcanzar lo que buscábamos, una cerveza fresca.  Me pareció una fórmula eficaz para entrar entre aquella gente.

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La primera casa en la que vendían cerveza estaba cerrada, los dueños descansaban los domingos.  No superaba los veinte metros cuadrados incluido el porche en el que un cartel de latón anunciaba Cerveza Cuca.   Seguimos el camino y entre la maleza descubrimos otra casucha y un nuevo anuncio de la misma cerveza.  Paramos.  Solo la tenían del tiempo.  Continuamos la búsqueda, dos kilómetros mas allá el camino se había convertido en una carretera sin asfaltar y nos dejamos llevar.  Fueron tres o cuatro kilómetros por el medio de un campo de hierba y arbustos, sin ningún cultivo.  Terminamos en el rio donde un hombre me hizo borrar la foto en la que salía de espaldas cruzando un puente de madera.

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A la vuelta, cuando llegamos de nuevo a la zona de la vegetación exuberante, nos paramos ante lo que parecía una instalación de arte contemporánea,  un puesto de chuches bajo la sombrilla del MPLA, Movemento Para a Liberación de Angola, el partido del gobierno.  Un puesto de golosinas en medio de la pobreza mas absoluta.  No sería la única instalación que veríamos esa mañana.

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Nos paramos a preguntar.  Había un par de mujeres, dos chicos jóvenes que después nos enteramos que ya eran padres de tres hijos cada uno, un hombre mayor impecablemente vestido de blanco con una cazadora imitando cuero y un montón de niños, dos de ellos albinos.  Y, además, una reluciente moto con la que seguramente se conseguía la mayor parte de los ingresos de aquella casa.

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No tenían cerveza pero el hombre del pantalón blanco acabó imponiéndose a todas las voces que hablaban y mandó a uno de los chicos a que fuera a casa de una vecina para que nos preparara las cervezas.  Allá nos llevaron.  Era como una aldea.  Un conjunto de cinco, seis o siete casas de bloques en el espacio mas amplio entre ellas, un grupo de mujeres hablaban, lavaban ropa, se peinaban entre ellas y mantenían niños.

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Delante de la casa en la que entramos a beber había en el suelo, junto a una palangana con ropa enjabonada un contador de agua.  Venía del mismo río donde habíamos preguntado por los cocodrilos y a mi me habían hecho borrar una foto. Y esto? Preguntó uno de los portugueses?  Es un contador de agua, dijo el mismo.  No, pensé yo, es otra instalación.  Mas increíble aún, porque al lado había una olla exprés, una olla exprés, al fuego.

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Entramos.  A mi me hubiera gustado que antes saliera la miseria; pero no, se quedó allí, con la humedad, el olor a humo, a cerrado y a podredumbre.   Juraría que cuando entramos sorprendimos a la dueña de la casa arreglando el salón, poniendo todo en orden.  El tresillo, la mesa de delante, el mueble con el televisor, el DVD y el congelador.  No le dimos tiempo a ocultar el jergón que estaba a un lado de la mesa del comedor.  Pues todo esto había en la casa, a pesar de que era de bloques y estaba techada de hojalata.

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Para su sorpresa yo dije que no bebía alcohol y a los pocos minutos tuve la necesidad de salir pitando de aquel ambiente.  Prefería estar fuera con lo mismo pero al aire libre.

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Un hombre sacaba agua de un pozo y le mostré mi interés por cosa tan sorprendente.  Me lo mostró ilusionado y yo alabé el esfuerzo de los que habían hecho aquel agujero de unos quince metros.  Lo fotografié y  unos niños vinieron a buscarme para que retratara a las mujeres que estaban de palique  en el patio de en medio de la aldea.

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Cuando llevaba unas trescientas fotos salieron los de las cervezas.  El hombre del pantalón blanco ya estaba borracho.  También llegaron más mujeres y más niños y los caminos de entre las casas y la placita se hicieron pequeños y entonces apareció un hombre mayor, como yo, pero totalmente borracho y empezó a liarla  como la lían los borrachos.  Y la hubiera armado si el del pantalón blanco no hubiera ejercido su autoridad.

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En ese momento uno de los chicos de la aldea viendo mi interés en retratarlo todo me llevó por un caminito estrecho entre dos casas y me mostró el tesoro de la tribu.  Una mujer estaba destilando aguardiente de maíz.  En un bidón de aceite industrial, bajo el que había unos leños ardiendo, se cocía una mezcla de residuos de maíz, con azúcar, con agua y un fermento de no-se-que.  Todo eso estaba tapado con una espuma extraña y marrón de donde salía un serpentín que se enfriaba en el interior de un tubo de escape de camión.

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Al verme la mujer abandonó el alambique y el hombre que sacaba agua del pozo le tomó el relevo.  Él es el que sale en las fotos.  Al cabo de un rato vinieron todos los de las cervezas y uno de los fotógrafos que me habían invitado al paseo se mostró entusiasmado.  Un alambique!  Hacía tiempo que estaba buscando uno.

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Cuando ya di todo por retratado me dejé  llevar por el camino hacia unas casas mas apartadas que estaban bajo unos árboles grandes.  El último de los borrachos se dio cuenta y se vino conmigo y empezó a decirme, que bonitos los pajaritos, pajaritos por aquí, y me señalaba unos árboles; pajaritos por allá, y me señalaba un tendal con ropa colgando a secar.  Estaba tratando de embaucarme como solo un borracho puede hacer, simplificando hasta la idiotez todo estrategia. Pero me dejaba llevar hasta que el hombre del pantalón blanco vino a buscarme y me riñó por dejarme engatusar por aquel hombre y me llevó de nuevo hacia el alambique.  Esto, me dijo señalando las botellas que ya estaban llenas, no es bueno, es bebida de pobres.  Y cogiendo un tarro bebió un poco, dudó, lo tragó y escupió demostrando asco.

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Se había hecho tarde.  La comida de la olla exprés ya estaba hecha.  Nos despedimos y, antes de subir al coche,  el que me parecía el motorista me pidió una foto.  Se la hice.  Y el hombre del pantalón blanco quiso salir junto al muchacho y se abrazó a él como un borracho.

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Llegamos a comer tardísimo y en el viaje,  en el que los portugueses venían muertos de risa, me enteré que habíamos quedado en ir a comer el próximo domingo a alguna casa de aquella aldea.  El dueño del todoterreno de color rojo lo había acordado con el hombre del pantalón blanco.  Y entonces entendí las últimas palabras que me gritaba aquel hombre: Teneis mi celular.  Y yo que le había respondido, Y tu la mía, creyendo que me hablaba de amistad.

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3 pensamientos en “Veintiseis de enero. Domingo en Kuito

  1. Parece muy duro, me llama la atención la seriedad y tristeza de esos niños y eso no es debido solo a la pobreza.
    Cuídate mucho!
    Un abrazo

  2. Muy buena la jornada Otero, y la fotos espectaculares. El cooperante se ha pasado con los consejos. Sigue asi, cuidate y mantente alerta y a los demas informados.abrazos
    MR

  3. Me falta la foto de los Maristas!
    Me han impresionado los niños albinos, como llevan ese tema x ahí?
    El de blanco llegué a pensar si sería el Gus Flin (B.Bad) angoleño…. me muero de risa con la despedida!!

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