Veinticuatro de enero. Luanda con cuidado

Luanda

Luanda

 

Cenamos de pena y desayunamos peor. Con lo que era Iberia!  Viajar en avión se parece, cada vez, mas a aquellos viajes en los barcos de los años cincuenta que llevaban emigrantes a Sudamérica.   Me contaba Celina que en el primer viaje que hicieron a Venezuela fueron en los sótanos del barco, ella en el camarote de las mujeres y su marido en el camarote de los hombres.  Eran salas enormes donde iban hacinados y no se oía más que lamentos y lloros.  Iberia parece que intenta recrear la incomodidad y la sordidez de aquellos camarotes comunales.  Para que te vayas dando cuenta de lo que es la modernidad después de la crisis, en el inmenso aeropuerto de Madrid, en Barajas, ya te empiezan a poner en ambiente.  Todo esto que ves aquí, parece que quieren decirte, ha costado una pasta  que tenemos que recuperar como sea. Nada mas llegar ya tienes que pagar por el carrito, porque la moneda que introduces para soltarlo del montón ya no te la van a devolver nunca jamás. También de cobran si quieres utilizar internet.  El wifi anda a 5 euros los 45 minutos. Y los bocatas y las coca colas son un lujo.  Lo mejor era embarcar cuanto antes. Pedimos con nuestras expresiones de mayor amabilidad que queríamos viajar juntos, el Cooperante y yo, y si podía ser que uno de los dos fuera en ventanilla.  Si, claro, nos dijeron; pero son cuarenta euros más cada uno por elegir asiento.  Vale, pues nos los da a boleo.  Y, por favor, que no nos toque salida de emergencia, le rogamos.  Que mas quisieran, eso les cuesta 80 euros.  Por no ir allí?, pregunté asustado.  No, hombre no, me respondió la mujer del mostrador, se le cobran si prefieren ir en las salidas, porque en esas plazas se pueden estirar las piernas, dijo.  A veces, le respondí.  Y no le dije lo que estaba pensando, que por la reducción de espacio acabaremos por acogernos a la legislación para el transporte de animales vivos.  Viajan mas cómodos los pollos de Coren.

En el siglo XV los portugueses que viajaban por la costa de África tenían un índice de mortandad del 50% aproximadamente.  Volvían a casa la mitad de los que salían.  Esperemos que no se entere el presidente de Iberia, porque todavía  se nos puede poner peor esto del avión.  Al menos para los de la clase turista.  Que esa es otra, llamarle clase turista cuando es evidente que es clase currito.  Y en todos los sentidos.  Por lo de las estrecheces y porque la mayoría del pasaje son trabajadores. No hay nada mas que ver el despertar que tuvimos.  300 desarreglados, legañosos, arrugados, todavía el cuerpo con la figura del asiento, descalzos, tatuados, despeinados, pelones.  Menuda tropa!  Y le llaman clase turista! A lo máximo que llegamos los que viajamos a Angola es a domingueros.  El turismo queda aplazado para los viajes del inserso. El vuelo estuvo bien.  Atravesamos casi toda áfrica, cinco mil ochocientos kilómetros y solo estuvimos bailando una hora.  Fue a mitad de camino.  El cooperante ni se enteró, durmió todo el viaje.  En cambio yo no pegué ojo.

En el tiempo de las turbulencias estuve moviéndome toda la hora porque así notaba menos los zarandeos. Acabé agotado pero conseguí dominar el miedo.  A la azafata de nuestra área le debió de pasar lo mismo, porque por la mañana tenía la misma cara de agotamiento que yo.  O peor. Ahora, es la segunda vez que me pasa en vuelos internacionales, las azafatas cierran todas las ventanas y los pasajeros que tratan de dormir al máximo no las abren hasta que anuncian que el avión va a tomar tierra.  Así que cuando llegamos a Luanda y corrieron las cortinillas de plástico hacía ya dos horas que había salido el sol, bueno, que se había hecho de día porque el cielo estaba nublado, del mismo color que reflejaba el mar de manera que cuando pude asomarme a una ventanilla, de dos que se habían ido al cuarto de baño, tarde en darme cuenta que lo de abajo era el mar.  Fue al ver un carguero.  Después el número de barcos se fue multiplicando conforme alcanzábamos Luanda.  Entramos por el mar y no disfruté más porque la insistencia de la azafata  hizo que nos sentáramos todos.

 

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En el aeropuerto nos estaba esperando el Sr. Gómez, que es uno de los chóferes de las ongs que trabajan en los proyectos del cooperante.  O Tío Gómez que le llaman los cooperantes.  Como al Tío Tom, dije.  Y me parece que le quité la gracia al apodo del Sr. Gómez. El Sr. Gómez resultó ser tan amable como poco hablador.  Solo conseguí cruzar una par de frase con él.   Y eso que estuvimos juntos toda la mañana mientras el cooperante asistía a reuniones en distintos edificios a los que le llevábamos el Sr. Gómez y yo. Apenas tengo fotos de Luanda porque no es una ciudad muy amable con los turistas.  Parece que no están acostumbrados.  La primera vez que saqué la máquina en la explanada del aeropuerto, ya se me acercó un hombre joven a preguntarme por la cámara.  El cooperante que ya pensó que me iban a detener se acercó de prisa; pero solo quería saber cuanto costaba.  400 dólares, dije al tuntún.

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La segunda vez fue en el coche.  Me asomé por la ventanilla para retratar una pancarta oficial a la entrada de la ciudad y uno de los vendedores callejeros, aprovechando un parón del tráfico, me dijo con amabilidad, esa cámara te puede costar la vida.  Y el cooperante me recordó que aquí, en Luanda, han matado a un chico español para quitarle el móvil.  No lo leíste en España, fue hace poco. La tercer vez, fue al dejar al cooperante y quedarme a solas con el sr. Gómez.  Quiere tomar un café? Le pregunté.  No, prefiero quedarme cuidando el coche, me dijo.  Bueno pues yo voy y de paso haré unas fotos.  Mejor no, me dijo lacónico. La cuarta vez fue una de las mujeres de una de las oficinas en las que entró el cooperante.  Vivía en Luanda y conocía Lugo, Santiago y Vigo ( no me preguntéis por qué las conocía)  Puedo tener problemas por ir con la cámara por la calle?  Si, me respondió.  Mejor déjala en el coche.  Una pena.  Me quedé sin hacer doscientas fotos, por lo menos.

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Luanda es la ciudad, sobre todo, de la humedad pero también la de los vendedores en la calle. Hay cientos de hombres y de mujeres por las aceras, por el medio de la calle, incluso por el medio del tráfico en las autopistas de salida, que te ofrecen de todo.  yo he visto a la venta, expuesto sobre los hombros o en la cabeza o colgando de los brazos, grifería de cuarto de baño, chanclas, raquetas eléctricas para matar mosquitos, libros de derecho, zapatos de mujer, mantas, alfombras, zapatos de hombre, Teléfonos móviles, tabletas, gorras, sombreros, agua, incluso agua congelada, todo tipo de fruta y hasta vi a dos mujeres vendiendo café descafeinado de Nescafé.

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Todos estos comercios ambulantes ayudan mucho a que el tráfico rodado sea totalmente caótico en Luanda.  Una ciudad en la que conducir es como hacerlo en una pista de coches eléctricos, de cochecitos locos, como le llaman con mas acierto los sevillanos. Hacia el mediodía, después de haber dado dos o tres cabezadas y cuatro cabezazos en los viajes con el sr. Gómez por el medio del caos, recogimos al cooperante y a dos muchachas, también cooperantes, que el día anterior había traído el Sr. Gómez a hacer unas gestiones  a la capital, y empezamos, sin comer, el viaje a Kuito. El cooperante me presentó a sus compañeras, Clara, de Chequia, e Viçença, angoleña pero criada por sus padres en el exilio de Zambia.  No se en qué momento, Clara, que es la jefa de Viçença, me contó que a su novio lo habían tenido doce horas detenido en los calabozo s de Kuito por ir haciendo fotos por la calle y que a ella ya la habían parado por la calle por llevar una cámara.   Qué difícil me lo estaban poniendo.  Tendré que hablar con el alcalde, les dije.  Aquí no saben lo que es un turista, me dijo Clara.  Entonces también tendré que hablar con el presidente de Iberia, pensé. Pero no le dije nada.

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Cuando yo ta creí que habían decidido hacer el viaje hasta Kuito sin parar , nos detuvimos en un cruce de carreteras para comer algo.  Y comimos la mas asqueroso que he comido en mi vida, incluido lo que comimos de pequeños jugando con mi hermana Isabel a las casitas.  Me vengué e hice un montón de fotos a las dos tarteras de carne, a la de la especie de habas y a los pescados tiesos que le vendió a la checa una mujer a diez metros de donde nos sentamos.  Comí de todo y al final me tomé la pastilla contra la malaria y pensé que iba a ser imposible, si sufría alguna reacción,  saber a qué era debido si a la pastilla o a lo que había comido.  Pero todavía me intrigaba más saber cómo era posible que me hubiera comido aquello, qué es lo que había bloqueado la parte de mi cerebro donde se genera la repugnancia a la comida nauseabunda y sucia.  Porque, de verdad, que todo estaba demasiado sucio, extremadamente sucio.  Yo creo que eso es, en contra de lo que cabría suponer,  lo que hace la lluvia que todo lo embarra y mancha,  y lo peor, humedece la porquería impidiendo que se reseque, que se petrifique.  Así que sobre la porquería primera se va acumulando porquería tras porquería hasta que acaba por dominarlo todo.

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Creo que pensé que debía de marginar mis convencionalismos culinarios e higiénicos  y hacerme de inmediato a un nuevo orden.  O así.  Lo que mas me costó llevarme a la boca fue una especie de masa aguada y translúcida, como esa con la que juegan los niños que se estira y se adapta a todos los recipientes.  Es una masa, que en el rural y en las, digamos, comidas populares, sustituye al pan.  La pinchas con el tenedor y la estiras hasta que rompe, suele hacerlo a  los veinte o treinta centímetros.  Es suave al tacto y apenas sabe a algo más que a harina aguada.  También tomé dos pescados.  Eran parecidos al rapante pero hacía tiempo, uno o dos días, que los habían frito con un aceite extraño.  Me imagino de palma pero que me sabía diferente al de Etiopía.  Con el cordero tuve más remilgos, pero  aun así me tomé dos trozos.  Lo que más me gustó fue el potaje que mezclado con la salsa del cordero y la masa que llaman algo así como “funlle”.  De postre me tomé una mirinda de naranja.  Por la lata, por supuesto.  Y me acordé de mi cuñada Mercedes que antes de servirse una coca de lata casi, casi, la esteriliza.

 

 

Después de comer continuamos viaje a Kuito.  El coche es un todo terreno pic-kup, me parece que se escribe así, de esos que tienen doble fila de asiento en la cabina y una caja de camioneta detrás.  Íbamos el Sr. Gómez y cuatro personas más pegadas cada una a su bolsa de ordenador que no podíamos poner detrás, donde iban las maletas y las mochilas envueltas en una lona para protegerlas de la lluvia, porque los amortiguadores de la furgoneta son tan insuficientes como para que el material sensible llegue destrozado.  Así que con las bolsas rellenando los espacios libres que quedaban entre nosotros y el coche emprendimos un viaje agotador.

El Sr. Gómez no dijo ni una palabra salvo a las que le obligaba Clara cuando le preguntaba algo.   Los demás hablamos lo que nos pareció con el fin de hacer un viaje agradable y entretenido.  De manera que me callé lo que iba sufriendo.  Al fin y al cabo llevaba sentado y sin dormir casi 36 horas. Quizá por eso me pasé, hasta que se hizo de noche, disparándole al paisaje.  Sobre todo a esos nobles árboles que aquí llaman imbondeiro, que antes conocimos como baobab, que son esos árboles ancianos y sabios que hablan en todas las películas en las que aparece un bosque encantado.  Son los árboles que hay en la comarca de Luanda, antes de que el paisaje empiece a cambiar a medida que vamos ascendiendo.

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Sobre las ocho y media de la noche, cuando ya hacía como doscientos o trescientos kilómetros que la cabina del todoterreno era como una coctelera por los muchos y profundos baches y cuando yo ya era incapaz de mantener quietas a mis piernas y me revolvía como una miñoca, nos paramos.  Todos estábamos muertos incluso el impasible Sr. Gómes. Dormimos en el Hotel Ritz de  Waku-Kungo   y cenamos en la terraza de un restaurante cercano bajo una impasible y menuda lluvia.  Había mosquitos y como yo me empeñé en señalarlos,  el Cooperante dijo que si, que eran mosquitos, pero que ninguno era el anófeles. Clara, la cooperante checa, lo confirmó.  Y le creí porque ella ya tuvo cinco veces malaria.  La última hace dos meses.  Según contó, fue el Cooperante quien la llevó al hospital.

 

Aeropuerto de Luanda

Aeropuerto de Luanda

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5 pensamientos en “Veinticuatro de enero. Luanda con cuidado

  1. Parece que empieza bien el viaje, menos por la comida, en eso no me das ninguna evidia! Me encanta ver a javi en las fotos. Muchos besos

  2. Bueno, de una tarde de domingo x lo menos ya te has librado! Disfruta y encuentra tu ciber de cabecera para poder publicar cada día

  3. Otra vez metido a la aventura…suertudo!.

    Los de Iberia son unos maleducados, no se acostumbran a la pérdida de su reino y sus días de opulencia les han vuelto unos amargados.
    El emblema del cartel de bienvenida de Luanda recuerda a la hoz y el martillo y el resto parece Centroamérica con mas color en la cara de sus gentes.
    El coche en que te mueves en Centroamérica le llaman “pailas”, a mi me encantaba usarlos, siempre iba detrás y alguna vez que viajamos de noche íbamos contemplando las estrellas.
    Gracias por tus comentarios es como ir con vosotros estos días.
    Un abrazo

    Unadetrece

  4. Javier, cuando vayas a comer recuerda siempre el churrasco de Sigueiro -sin sal-. Un abrazo fuerte. Disfruta. Cuidado con la “cámara”.

  5. Javier eres un explorador fantástico, me gusta mucho leerte .
    Tener cuidado y sobre la comida me da un asco que me muero
    Cuidaros mucho, os recibiremos con los brazos abiertos
    Miles de besos

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