Veintitres de enero. Empezó el viaje

IMG_3988Y lo hice en tren.  Ahora ya da gusto ir en tren a Madrid.  Sales a las 9.05 y estás a las 14.40 en Madrid.  Te da tiempo incluso de aburrirte un poco.  Lees los periódicos, haces los sudokus y haces fotos, muchas fotos.  Entre lo oscuro que está el día y los túneles el viaje parece una lucha de este gusano articulado por encontrar la luz del sol.

Estamos saliendo de Galicia y el paisaje aparece en blanco y negro en el que resasalta la nieva, blanquísima y virgen, como recién caída.

Hay muchísima más luz en el interior del vagón que en el exterior.  Para hacer las fotos el truco está en pegar el objetivo al cristal de la ventanilla y disparar mil veces.  Salen tres muy bonitas.  Algunas  son como un cuadro abstracto, donde lo importante es la mezcla de colores.  Otras son fotos normales, un poco oscuras, pero esa falta de luz resalta la tristeza del paisaje.  En este viaje de nuevo me llama lla atención la Galicia miserable que se ve desde el tren.

DSC_1359 2Mi intención primera era desayunar en el Senda, en la calle del Hórreo, mi bocata de jamón y mi cocacola, pero llovía, orvallaba.  El cielo estaba totalmente negro y sin visos de que fuera a cambiar para mejor en los próximos cincuenta minutos, en todo caso podría llover más fuerte, así que decidí bajar directamente a la estación y mal desayunar allí.  Llegué con tiempo suficiente y algo húmedo, mas que mojado.  Eran las ocho y cuarto de la mañana.

Tres chicas obesas estaban en la mesa de delante.  Se habrán hecho amigas por identificación física?  Solo una desayunaba un chocolate con un cruasán.  En la mesa del al lado había un chico joven con una mochila y en la otra mesa un matrimonio de jubilados, a los que, no se por qué, enseguida les endilgué un destino.  Los jóvenes para Coruña y el matrimonio a Madrid.  Tampoco sé por qué los uní en matrimonio.

Veinticinco minutos antes de la hora la pareja de setentones se levantó y doblé mi apuesta a que se iban para Madrid.  Yo esperaría diez o quince minutos más y acabaría de leer la noticia del madrileño que está dando la vuelta al mundo en bicicleta y quisieron matar unos terroristas en Pakistán.  Eso si que es un viaje con riesgo, pensé.  Y yo con miedo al avión.

Pasaban de las menos cuarto y cuando iba a coger la maleta vi un reloj de pulsera debajo de la silla que había ocupado un poco antes la mujer mayor.  Me pareció bueno, no era moderno, podría ser, perfectamente el regalo de las bodas de plata. Me apreció una pareja equilibrada y convencional a los que la pérdida del reloj iba a entristecer y, a lo mejor,  romper el encanto que pudiera tener para ellos aquel viaje en tren. Una pareja y el camarero me vieron bajarme a cogerlo.  Me miraron sin decirme nada ni hacer un gesto pero no dejaban de mirarme.  Pensé en dejárselo al camarero pero me lo imaginé con un contrato temporal y no me pareció seguro aquel lugar donde hasta el personal de plantilla está de paso.  Sin embargo, le confié mi equipaje y salí a localizar a la pareja.  Si se iban a Madrid estarían en el tercer andén.  Acababan de llegar los trenes de Coruña y Vigo, me detuve al borde de las escaleras pero no había sitio para descender.  Bajé en el ascensor con una mujer a la que conocía que se iba a Madrid al entierro de su consuegra.  Yo le dije que andaba buscando a una mujer que se le había caído el reloj.  Me miró con extrañeza, pero no pude explicarle más porque ya estábamos en el control de subida al tercer andén.  Los jubilados no estaban y de repente me pareció que me quedaba sin tiempo.  Tenía que volver al bar, coger mi equipaje y pasar el control.

En el bar, la pareja que me había visto coger el reloj me siguió con la mirada.  El camarero al que le había encargado que cuidara mi equipaje ni se enteró que me lo llevaba.

Se iban a Madrid y se habían situado por donde les había dicho la guardia del control que caería su vagón.  Les pregunté si habían perdido un reloj y se sorprendieron, se lo di y me lo agradecieron diciéndome que eso decía mucho de mi.  Me dejaron intrigado.  Hubiera preferido un simple muchas gracias o un Dios se lo pague.  Qué les habría dicho el gesto de mi?  Qué era honrado? Qué tenía para comer y no necesitaba quedarme con el reloj?  Que no tenía una mujer a quien regalárselo? Que lo entregaba porque me apretaba? Que no sabía lo que valía?  Por si la expresión era un truco para liarla y empezar a hablar  les dije un de nada, que no se si iba a cuento, y decidí alejarme.

Tras el banco y el montón de carritos tras los que me refugié estaba una mujer que trabaja en una productora de televisión en Madrid y que conocí cuando yo andaba con lo de Localia.  A dónde vas? Me preguntó.  Pude haberle dicho que a Trujillo pero creo que se me nota en la cara  y en el gorro de explorador en que se me transforma la visera cada vez que pienso en Angola.  Y en seguida me empezó a hablar de amigos que viajaban a lugares exóticos y de las enfermedades rarísimas que habían contraído que les obligaban a estar hospitalizados de vez en cuando sin que en ningún momento supieran que tratamiento aplicarles.   Qué vagón tienes? Le pregunté cuando ya el tren se veía venir.  No era el mío.  Respiré tranquilo.

Salió el sol antes de que llegásemos a Zamora

En la estación de Chamartín me esperaba YK, la mujer de el Cooperante.  Que detalle!  Todo un cimplido.  me llevó en taxi al despacho de Rescate y se llevó mi equipaje a su hotel, que me ofreció para descansar por la tarde.

Pero ya es por la tarde y escribo en un bar con wifi.  En un par de horas nos iremos a cenar y después al aeropuerto.

4 pensamientos en “Veintitres de enero. Empezó el viaje

  1. Bueno, Javier, ya estarás en Angola y de viaje por caminos de tierra.
    Parece que la salud te preocupa un poco, si en Etiopia no pasó nada no tiene por que pasar aquí. Ahora bien, cuidado con los leones.
    Esperaré ansiosa tu blog.
    Besos al coperante.

  2. Bien por ese viaje y ser un buen ciudadano. Ya estarás en Angola y ahora nosotros a disfrutar del blog. Por aquí sigue sin aparecer el sol. Abrazos
    MR

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