Diecinueve de enero. Rutinas

IMG_6588Domingo.  Inevitablemente los días de la semana marcan nuestro tiempo. Aun cuando no trabajes,  un domingo es un domingo.  Te das cuenta que lo es porque son los demás los que dejan de hacer lo que hacen habitualmente. En el súper han hachado la persiana, los cafés de la semana no han abierto y a la tarde el kiosco está cerrado. Para uno no debería de haber diferencia entre los días de la semana y, sin embargo, la hay.  Los domingos no pueden disimular lo depresivas que son sus tardes.  Ni siquiera se libran las  de un domingo como este en que es inevitable la omnipresencia de Angola  por la inminencia del viaje.

El cooperante empezó ya su regreso a Angola.  Tomó el tren de las once cincuenta para Madrid.  Allá estará trabajando hasta el jueves en que quedamos para comer juntos.  Después, cerca de la una de la madrugada cogeremos el avión para Angola.

Las rutinas probablemente sean necesarias para llevar una vida equilibrada.  Yo no tengo.  Carezco de rutinas.  Y las busco.  Si hubiera que señalar en mi un hábito diario, una característica común a todos los días de mi semana,  solo se podría señalar el desbarajuste como secuencia invariable.  Bueno, como excepción en esa ausencia total de programación solo se podría subrayar el desayuno.  Todos los días de la semana me esfuerzo por desayunar siempre lo mismo:  un bocata de jamón.  Y no siempre es el mismo bocata porque casi nunca logro repetir el lugar.  Y lo intento.  Pero no lo consigo.  No hay más rutinas, no hay mas pautas hasta la noche en que la ingesta de mis pastillas vuelve a hacerme creer de que el orden es posible.

No siempre he sido así.  Es verdad que he sido inconstante, pero había temporadas en que era fiel a ciertos hábitos.  Y entonces los domingos también poseían sus pautas y se vivían de acuerdo con ciertas costumbres.  Las mañanas del domingo eran siempre igual  de luminosas, de alegres… siempre mas vividas, menos tristes y depresivas que sus tardes irremediablemente oscuras.  No hay nada como el ajetreo de los días laborables para evitar que se te venga abajo el ánimo.

Pero no nos queda otra.  Para llegar al lunes debemos pasar la tarde del domingo.  Creo que esta tirria dominguera me viene de los años del colegio, en que a la salida del cine de las tres y media te encontrabas que estabas ya en el final del día y te abatía la inminencia de la vuelta al colegio.   Qué sufrimiento el colegio!  Qué años tan terribles.  A veces, no hay mas que pensar en lo que hemos superado para pensar en positivo.

El cooperante se pasa la tarde en el tren y yo no hago nada, me entretengo en escribir el blog. Me construyo una rutina.

 

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