Dieciocho de enero. Por una almohada

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Tuve un amigo que viajaba siempre con su almohada en la maleta.  Yo no. Y a lo mejor por ella, en algún hotel,  dediqué mas tiempo a dormirme que a estar dormido.  Ahora, para ir a Angola me veo en la necesidad de comprar una almohada.  Dice El Cooperante que allí no la hay y que es mucho mejor que me la lleve de casa.  Debería de ser fácil.  Igual que me llevo unas toallas o un juego de sábanas debería de coger y llevarme una de las almohadas  de casa.  Pero se da la circunstancia de que llevo tres meses durmiendo mal por culpa de las almohadas, sí, en plural, por culpa de las almohadas. Porque las he probado todas.  Incluso fui al médico para ver a que se debía el dolor de cervicales que me despierta violentamente varias veces cada noche.

Pues llevo dos noches probando almohadas que me facilita Manuel, el primo de MJ que se dedica a la venta de colchones y almohadas.  Qué almohada quieres, me dijo.  Una que me de buenos consejos, le dije.  Cuando uno se dedica en exclusiva a un negocio de mono producto a la fuerza acaba sabiendo de lo que vende, piensas al escuchar a Manuel  que habla muy de corrido y con convicción.  Y  lo hace sin rebuscamientos y sin utilizar argumentos seudocientíficos de fala barato.  Así que decides fiarte y te entregas.

Lo primero que te sorprende de las almohadas es el precio.  Por mucho menos de lo que estarías dispuesto a pagar te llevas dos o tres.  Lo segundo es lo poco fiel que eres con la que has dormido tanto tiempo.    No sabes cómo es tu almohada?, te pregunta Manuel.  Es que van con funda, te disculpas.  No, ya. Pero es alta o baja, blanda o dura?  Y me acuerdo de aquella abuela que fue a Ceinos a comprarle una chaqueta para su nieto.  Y cómo es el rapaz, le preguntó el dependiente.  Y ella sin dudarlo le dijo muy segura, rubio.  Yo ni eso sabía de mi almohada.  Bueno, si, que es alargada.

Una vez, hace muchos años, estábamos una noche de verano tomando un café después de cenar en la terraza del Miami, y no sé por qué razón a José Villar y a mi se nos dio por irnos andando a Villagarcía.  Nos descalzamos en Padrón,  sentados en el parque, y cuando quisimos ponernos en marcha nos costó volvernos a calzar. Al menos yo tenía los pies hinchados.  H abíamos andado veinte  kilómetros sin parar y lo habíamos hecho después de un día en el que, seguramente, no habíamos estado quietos ni un momento.  A pesar de eso anduvimos dos o tres kilómetros más, hasta el final de Pontecesures, hasta el cruce  en que la carretera se bifurca hacia Pontevedra y hacia Vilagarcía.  Allí, entonces aquello eran prados,  a diez metros de la esquina nos rendimos.  Nos tiramos en la hierba y como yo no podía dormir sin almohada,  José se quitó su chaqueta y me la dio.  Al despertarme, ya de día, José estaba tieso, bocarriba, temblando de frío.  Y aun recuerdo, al poco de ponernos en pié,  lo que nos alegramos al ver clavado en un poste de la luz un letrero de la empresa de autobuses que hacía nuestro trayecto.  Miramos el dinero que teníamos y decidimos no movernos y esperar a ver si nos alcanzaba para dos billetes.  Cuando llegó preguntamos cuanto nos costaba a los dos ir hasta Villagarcía.  No debíamos de tener buena pinta pero en aquella época éramos tan ingenuos, tan transparentes, que al conductor no le debió de resultar difícil  calcularlo, 11 pesetas con 25 céntimos, dijo.  Q ue era lo que entre los dos llevábamos en nuestros bolsillos.  Nos pareció un milagro.

En La Junquera nos recibió la tía Carmiña Y vosotros? pero nos dio de desayunar como si estuviera esperándonos para hacernos una fiesta.

Mañana, cuando el Cooperante se vaya a Madrid, en el tren de las once cincuenta, se va a llevar en su mochila mi almohada.  No es que yo le exija a las almohadas que estén sobadas de afecto y de amistad, es que él se trajo de Angola una bolsa grande con documentos para dejar en Madrid y ahora, sin papeles tiene mas sitio que yo para llevársela.  Y quien sabe, a lo mejor así me da mejores sueños.

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