Diez de enero. Lo que me cuesta reirme

Cuadro de herramientas

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Me encontré con el ex-alcalde de Santiago en el rellano de una escalera y hablamos.  Y no es que yo vaya diciendo por ahí a todo el mundo que me voy para Angola, que si, que lo hago, pero salió el tema y charlamos hasta el punto de decirle que iba a Kuito, a cuatrocientos kilómetros de Luanda.  Y me dijo que si, que sabía donde estaba, porque un amigo ex-diputado en Europa, había tenido que ir allí por asuntos de cooperación y que al llegar a Luanda para coger el avión a Kuito se encontró con que el avión había salido dos horas antes del horario previsto.  Y cómo? Había preguntado sorprendidísimo.  Porque los de la UNITA llevaban un tiempo sin bombardear la ciudad y nos pareció muy oportuno, le respondieron. Ahora son tiempos más pacíficos, pensé yo.  Pero JB siguió contándome los incidentes que durante todo aquel viaje sufrió el diputado, que fueron tantos que acabaron por conformar un relato  con el que el ex-alcalde se moría de risa.  Incluso me contó a carcajadas el final de la aventura,  cuando a su amigo le dio un infarto ya al final del viaje cuando se encontraba en la terminal de Madrid esperando a recoger sus maletas.

Mi humor es diferente y como hacía tiempo que se había apagado la luz de la escalera, no me privé de responderle a todo lo que me contaba con muecas de espanto y terror.  He de confesar, a favor de JB, que yo soy muy dramático, siempre he asistido con angustia a  las películas de Chaplin y  a las  de Buster Keaton.  Creo que es porque soy de Santiago que es una ciudad marcada por el dramatismo y la solemnidad de la iglesia.  No hay nada mas que acudir de noche a la Quintana, que por algún lado pone que se llama de Muertos, a escuchar las campanadas del reloj de la catedral.  Antes decías, te dejan estupefacto.  Ahora simplemente, acojonan.  Pues imaginaros como salimos los niños que nacimos en Santiago cuando las campanas de la catedral imponían los tiempos de la vida diaria.  Marcados.  De la necesidad de darle la vuelta a ese sentido de la vida empecé a tomar conciencia cuando rondaba los quince o los dieciséis años.  Y todavía ando en ello.

Cuando estudiaba el bachillerato me compré un libro de Santayana porque lo vi en una librería el día en que el profesor de filosofía, al dar una lista enorme de filósofos españoles, se detuvo en George Santayana para decir que era el filósofo español mas internacional. De entonces me quedó en la memoria aquello de que vivimos dramáticamente una vida que no es dramática.  Y fue esa frase por la que empecé a barruntar que había otra vida menos tensa y más divertida que aquella en que nos hacían vivir los curas del colegio y los de la calle. Y comprendí que de lo que se trataba era precisamente de desdramatizar una vida que no podía ser más hierática, mas extremadamente solemne, más grave. Como no podía ser de otra manera en una ciudad donde los niños dormíamos acunados con ese tañido oscuro de las campanas de la catedral.   Como dije, ahora todavía ando trabajando eso de la desdramatización de la manera de vivir.  A veces se me va la mano y parezco todavía mas idiota de lo que realmente soy.  Es que me excedo. Sin embargo, no consigo reírme todavía ni siquiera de las caídas tontas.

Y a las doce llamó Olivier para decir que ya tenía en su poder mi pasaporte y mi visado. El viaje se ponía en marcha  Antes de comer ya teníamos en nuestros mails los billetes de Iberia con destino a Luanda. Algo más de quinientos euros cada uno.  Los más baratos a día de hoy.  Ayer costaban unos sesenta euros menos cada  uno pero entonces el visado no había llegado a nuestras manos.

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