Final

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Os lo debía.  Siempre pensé que el último capítulo tenía que ser el desembarco en Barajas.  Pero no, el viaje reclama su epílogo.  Un resumen breve, de tres líneas en el que escriba la despedida, el cierre, con mis primeras reacciones.  Pues ahí va.

Han pasado cinco días y sigo despertándome a la hora en que lo hacía en Dire Dawa.  Pero aquí son las cuatro y media de la madrugada y todo el mundo duerme.  Y es de noche, todavía muy de noche.  He vuelto a mis desayunos de bocata de jamón y coca cola con mucho hielo, pero ya no alcanzo la segunda en el mismo local porque para ese momento ya estoy congelado, la humedad se me ha metido debajo de la gabardina, del chaleco, del jersey y de las dos camisetas, una termonosequé, con lo que me abrigo.  El periódico me aburre, me cuesta centrarme en las historias de corrupción que ahora se hacen públicas pero que todos sabíamos que estaban ahí, a través de la financiación de los partidos, de la falta de transparencia de las instituciones.  Pero lo leo.  Intento recuperar el ritmo y las costumbres que tenía antes de irme.  Tampoco se me ocurren otras.

El día que aterricé en Madrid, el domingo pasado, me fui a casa de David a esperar que estuviera próxima la hora de salida del tren para casa.  Fueron muchas horas de espera con el cuerpo molido por un viaje que había comenzado  el día anterior, sábado, al tomar el avión en el aeropuerto de Dire Dawa.  Desde entonces, desde la madrugada del sábado tan solo había dormido tres horas en el hotel de Addis Ababa.  Estaba cansado pero no quería dormir para poder hacerlo en el tren, que para eso me había cogido un camarote con cama y cuarto de baño.

David no estaba pero me había dejado las llaves de su piso en la farmacia de abajo que está permanentemente abierta.  Lo primero que hice fue buscar en la maleta la ropa de invierno, al hacerlo un olor a café se desparramó por el apartamento.  De nuevo  en Etiopía, inevitable.  El olor es una de las llaves en los recuerdos.  Pero tampoco me detuve, necesitaba la ropa  de abrigo.  En Madrid hacía un frio de invierno castellano, seco pero de bajas temperaturas, necesitaba el abrigo, un jersey gordo, la bufanda y la gorra.  En el taxi ya me había dado cuenta de que eran insuficientes el jersey y el niki de manga corta.

Me fui a la calle , me tomé una pulguita de jamón, dos coca colas light y medio postre de dulce de leche.  Una comilona mientras ojeaba, de echar un ojo,  El País Semanal.  Al terminar, fui al  Vips a comprarme una tableta de chocolate.  Compré una de Lindt de chocolate con leche cremoso, y me fui al bar de al lado a tomarme una Coca Cola light.  Me senté en la terraza bajo el calor de una seta de butano, una de esas estufas altas que ponen ahora en las terrazas para rentabilizarlas en invierno.  En la mesa todavía estaba el importe de la consumición de los anteriores clientes.  Cuando vino la camarera, le sonreí lo mas dulcemente que pude y le dije que aquel dinero no era mío.  Eso ya lo se, me dijo en el tono seco y displicente de los camareros que están hartos.  Me sentí un idiota y por primera vez eché de menos a mis vecinos del barrio de Sabateña.  Al peluquero que se me ponía en pose para que le hiciera las fotos y que cada vez que me veía pasar por delante de su negocio, me saludaba siempre sonriente y con un gesto de ánimo o de victoria. Del carnicero, de la mujer del restaurante somalí, de la chica que cuidaba la mesa de billar, de los guardianes de la casa,de la cristiana del ciber, de la mujer del ultramarinos que me vendía las tarjetas para recargar el móvil, de la mujer que me hacía los desayunos al borde de la carretera, de la cocinera y los camareros del Elga 2 .  Y a todos los veía sonrientes, amables, pero no solo conmigo, sino con todos.  Parecía que obedecieran la consigna de disfrutar de la vida, tampoco tenían otra cosa.  Tu puta madre te va a dar propina, pensé.  Pero luego se la dejé porque se retrasaba en traerme la vuelta y yo ya hacía tiempo que quería volver a casa.

Tardaron las nueve y cuarto de la noche. Cuando le pedí al taxista que me llevara a la estación de Chamartín ya iba roto.   No indicaron la vía de la que salía el tren hotel hasta las diez y diez.  Y mientras tanto pasee el holl de la estación porque no era capaz de estar sentado.  A veces me pasa.  Soy incapaz de estarme quieto.  Ya en el camarote esperé a que el tren se pusiera en marcha para ir a cenar algo, la cena, es el tiempo que tiene el revisor para abrir la cama.  Apenas cené.  Pedí una ensalada de jamón y fruta pelada.  Pero empecé por una pastilla tranquimacín 0.50 por miedo a que el agotamiento no me dejara dormir.  La había incluido en mi botiquín de urgencia por si me entraba el pánico en algún vuelo.  El efecto fue tan inmediato que a la mañana siguiente fui a pedir perdón por haberme marchado sin tomar el postre ni haber preguntado por el precio de la cena.  No recordaba nada,  solo esperaba que no me hubiera tenido que acostar el revisor.

Por la noche me pase el tiempo haciendo un reportaje fotográfico a un hotel de Dire Dawa que estaba prácticamente en ruinas.  Pero fue cuando unos clientes se empeñaron en salir en las fotos cuando percibí con claridad que aquellos movimientos que nos zarandeaban era en realidad un terremoto.  Salí por piernas no sin antes advertir a los clientes de lo que estaba ocurriendo.  Cuando el zarandeo fue mayor me desperté y tomé conciencia de que estaba en la cama del tren de vuelta a casa.  Y era ya la hora de levantarme, las cinco y media. Lo hice con parsimonia y fui el primero en llegar al vagón restaurante. De nuevo esa indiferencia desagradable como respuesta a mis palabras de excusa por lo de la noche anterior.  Le pedí un zumo de naranja, natural.  No.  Pues entonces no desayunaré.  Al final me decidí por un poco de pan con jamón, me dijeron que no hacían bocadillos,  y una coca cola.  Bueno, estaba llegando a casa, el tiempo y la amabilidad del personal me iban acercando a una realidad que yo sabía que no siempre iba a ser tan dura.

Antes de alcanzar Santiago ya recibí un watssApp de mi fanincondicional en el que me enviaba una foto del andén  desierto de la estación con el texto, han pasado 31 días.  Ya estoy en casa, me dije.
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