Veintisiete de diciembre

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Me fui al centro.  Tan pronto acabé con el blog subí andando hasta lo alto del mercado de Zeido y le pregunté a un conductor de uno de los bajaj, de los que pone Force detrás, por encima de la matrícula, que esos son los grandes y los colectivos, qué cuanto me cobraba por llevarme a Corner, que es el centro neurálgico de Dire Dawa.  Me dijo, 2 birr.  Y me subí manifestando mi alegría de que no me quisiera cobrar de más.  Abajo, a la salida del ciber, le pregunté aun conductor de un bajaj pequeño, de los de uso individual, qué cuanto me cobraba por llevarme a Corner y me respondió que cincuenta birr.  Le dije que era un escándalo y que prefería ir andando, y me puse con los dedos a caminar por el aire.  Él y el amigo con que estaba tomando café se echaron a reir y me dieron la espalda.  Por eso subí andando hasta lo alto de Zeido.  Además así hice unas fotos preciosas a unas señoras que vendían frutas, protegiéndose del sol con unas paraguas de distintos colores. Y a una señora que le pedí que se quitara el largo pañuelo que la cubría para poder retratar los tatuajes que llevaba por la barbilla y por el cuello.  Se rió escandalizada pero se lo quitó y le hice fotos como si le estuviera metiendo mano.  Casi me escandalizo yo también.

DSC_0443Pero no creáis que todo es una fiesta, esta mañana en el ciber se fue la luz.  Les pregunté, son dos chicas ya amigas mías, que cuanto tiempo íbamos a estar sin luz. Se rieron.  En épocas de lluvias hasta cinco días puede durar el apagón en Dire Dawa.  Pero en esos doce minutos sin hacer nada, mi cuerpo empezó a actuar por su cuenta y la cena a la que me invitó ayer el cooperante empezó a pasarme factura.  Hacía una noche espléndida y cenamos fuera, al aire libre.  Como se hace casi todo aquí.  Una señora en cucliyas nos preparó una especie de frijoles, o de habas, o de guisantes negros y marrones, que mezcló con patata cocida, que en vez de aplastarla, la cortó con un cuchillo en dos mil o tres mil trocidos.  Después le echó una salsa y nos lo pasó.  Venía en un plato de aluminio y un hombre que salió del caseto de hojalata en el que apoyaba su espalda la señora, nos dio tres cucharas también de aluminio. Cogimos dos, Kayumi se abstuvo.  Ya ves, nos dan hasta cuchara, dijo el cooperante.  Estaba muy rica la muy traidora.

DSC_0435En el bajaj grande que cogí en el Zeido estaba ya con cuatro viajeros.  Era un chico con su hermana, su madre y un amigo que llevaba la camiseta del Real Madrid.  Les miré por si tenían una foto.  A la hermana le faltaban dos dientes. Dos o tres.  Hablamos todo el camino.  Mas ellos que yo, que se esforzaban por sacarme alguna palabra que me entendieran.  Por hacer algo, en los diez o doce minutos que dura el viaje, saqué la cámara para mostrarles por el respaldo las últimas fotos que había hecho.  La mujer se enfadó, cuando vio que se iluminaba la pantalla de la cámara, y amenazó con rompérmela.  Le explique al hijo, con ella ni lo intenté, que las fotos se hacían por delante, por el objetivo.  Ya, ya, me dijo él, en traducción libre.  Entonces volví a intentar mostrarle la cámara a la madre y esta se escondió a mi espalda  gesticulando mucho. Para tranquilizarla, metí la mano en el bolsillo y le puse la tapa al objetivo.  Peor aun, todavía se enfadó mas y en vez de gesticular me golpeaba la espalda.  Y todo esto en una motocarro que va dando saltos y zarandeándonos a todos, pero mas  a los cuatro que íbamos detrás. Me eché a reir y la hija, el hijo y el amigo se rieron también.  Y les dije en un inglés impecable: Yo soy bueno.  Yes, yes, dijeron todos.  Y tu madre también. Y se rieron mas.  Y fue cuando ya estábamos en Corner.  Fui el primero en bajarme, pagué mis dos birr, algo menos de diez céntimos de euro, y les dije adiós.

DSC_0499El plan era dedicarme toda la mañana que me quedaba a hacer fotos por el barrio residencial antiguo de Dire Dawa, un sitio por el que habíamos pasado la tarde anterior tratando de localizar un restaurante de los de verdad, con suelo y paredes. Javier, que vivió un año en Cuba, me decía que tenía un aire con La Habana, donde las ruinas hablaban de un pasado colonial y rico.  Aquí también hablan de un pasado esplendoroso las amplias avenidas arboladas, con no más de ocho casas por manzana.  Pero donde hoy todo se ve arruinado.

DSC_0457No se si habré logrado captar ese aire de barrio residencial venido a menos, a mucho menos.  Pero hay fotos preciosas que hablan de una sensibilidad que hubo por conseguir un lugar hermoso  para vivir.  Al empezar el barrio, frente al Banco Nacional de Etiopía está un palacio que habitó Haile Selassie I, el Negus ( Iba a escribir el Megus, por el Megos que era un señor que tenía una taberna frente a la estación de Carril, que la mantuvo abierta hasta el final de sus días a pesar de que el último cliente había entrado veinte años antes.  No sabría que hacer.)  El palacio donde se hospedó el Rasta Fari, no pude fotografiarlo, solo pude una parte del jardín pero no dice nada.  A la tarde lo intenté por la parte del rio, pero solo logré retratar a cuarenta halcones, grandes como gallinas, que estaban posados en un árbol seco de su jardín.

DSC_0689Bien, volviendo al barrio.  Las casas están casi todas arruinadas, reconvertidas en chabolas a base de latones y chapas de diversos colores.  Traté de retratar alguna, por encima de la verja, subiéndome a un madero, a un coche viejo, a la verja de enfrente o metiendo el objetivo por entre las verjas rotas o entre las alambradas; pero aun así la maleza, a veces, y la porquería, en otras ocasiones, no me dejaron hacer gran cosa.  Ya veréis algunos ejemplos.  En otras ocasiones entré.  En una porque nadie me dijo nada, era la sede del Ethiopia Somali People Democra Tic Party.  En otra porque abrí la puerta y pasé preguntando por el maestro.  La idea no fue mía, me la dio un señor, o eso me pareció entender,  al que le pregunté si podía pasar.  En una tercera porque estaba abierta a todo el mundo.  Se anunciaba como Hotel aunque era un simple y arruinado bar, que dejaba patente la paternidad africana de Cuba y en donde le llamé caradura al camarero por creer que me estaba cobrando de más.  Oh! Casualidad! Allí me encontré con un “cubano” , un etíope que había estado viviendo en Cuba y que me aclaró que el precio era justo.  Mas que justo, me diría después Javier, fue muy barato.  Aprenderé.  Del cubano tengo que decir que me extrañó el interés que puso por saber donde vivía y lo que cobraba el cooperante, que hacía yo, de donde venía, cual era mi oficio y que cuanto tiempo pensaba pasar en Dire Dawa.  Al final, no pude negarme, porque me llamó el cooperante para ver cómo me iba y tuve que darle también mi numero de teléfono.  Creo que se le pegaron las malas costumbres cubanas.DSC_0683

Y la cuarta fue en la que resultó ser la sede del partido del señor presidente de Etiopía.  Pero como entré por la parte de atrás no me enteré hasta que llegué a la parte de delante acompañado por un señor que me llevó de la mano.  Ahora lo cuento.

DSC_0699La puerta estaba abierta y entré.  Me saqué la gorra y saludé a un hombre que estaba en un porche que amenazaba con caerse, a otro que tenía las piernas metidas en un cuadrado de madera y se disponía a tomar un café y a una mujer que acaba de llevarle un cafe al señor desde una caseta de las que por aquí abundan tanto y sirven igual de vivienda que de cocina.  Me saludaron y como no me parecieron muy amigables me fui volando.  Pero como me di cuenta que se me estaba acabando el barrio, volví a atrás, me volví a meter en el jardín y les pregunté directamente si podía hacer unas fotos.  Poca cosa, les grité aun sabiendo que no me entendían.  Como el del porche dijo que si con la cabeza, empecé a hacer disparos hacia todas partes.  Entonces el que estaba tomando café, que después lo retraté en una plaza montado en bicicleta, me llamó y me pidió que le hiciera una foto.  Le hice dos.  Y miré a la mujer que le atendía por si me daba permiso para retratarla; pero me dijo que no.  Entonces una mujer que estaba en la caseta me llamó.  Bueno yo oí gritos que salían de la cocina y me metí a ver que era.  Había un niño desnudo y una mujer en cucliyas delante de un fuego, que quería que entrase a hacerle una foto.  Le hice tantas y nos reímos tanto que la mujer de fuera vino a vernos.  Entonces la cocinera metió la mano en una bolsa y se puso un gorro de chef y ya fue una fiesta.  Me animé y le pedí a la otra mujer que me dejara retratarla y se dejó un poco, que es como te dejo que me la hagas pero yo no quiero.  Pero la vi tan triste y tan dolida que paré y le pregunté que le pasaba, que por qué no se reía como nosotros.  Hizo un gesto imperceptible señalando al hombre que tomaba café y que ahora estaba a mis espaldas.  Entonces la empujé al interior de la caseta y le dije, ríete ahora, pero no fue capaz.  Mirad las fotos,  es la mujer triste que sale tres veces.  Me entraron unas ganas de empezar a patear a aquel mamón.  Pero como si se hubiera enterado de mis intenciones.  Vino allí me cogió de la mano y tiró de mi para que le acompañara.  Por un momento pensé que me llevaba a lo oscuro.  Menos mal que el cooperante me había advertido que en Etiopía los hombres van cogidos de la mano, como señal de amistad.  Bueno, si.  Pero yo no lo tenía muy claro.  Y además no me soltaba.  Me llevó por un lateral de lo que debió de ser un palacete, donde solo había cuartos vacíos y en ruinas, hasta que se detuvo ante una puerta indicándome que entrara.  Era un almacén de papelería en el que dos mujeres se afanaban por ordenarlo.  Les hice dos fotos de compromiso y se las enseñé deprisa.  Después aquel hombre tan antipático volvió a cogerme de la mano y a llevarme por otros vericuetos en ruinas hasta una sala mas grande que la anterior.  Allí había otras dos mujeres muy atareadas haciendo números en un ordenador.  Ni me hicieron caso, pero me sonrieron sorprendidas cuando les enseñé las fotos que les había hecho sin darse ni siquiera cuenta.  Volvió a cogerme de la mano y me llevó a un jardín en el que había mucha gente y en una sala vi la figura del presidente de Etiopía, una foto recortada en blanco y negro.  Le dije a un oficinista que había allí que se pudiera al lado de aquel sherif y los retraté a los dos, al mozo y al presidente de cartón.  Pero solo una vez, porque el chico, viendo lo que había hecho se separó rápidamente de la figura del Presidente.  Después me fui por la puerta del jardín que daba a la calle y ya vi el letrero del partido en el gobierno.  Detrás de mi salió aquel hombre cruel que no dejaba sonreír a la mujer y le disparé cuando cruzaba la plaza en su bicicleta; pero no cayó.  Fue un disparo con la cámara. DSC_0805DSC_0809DSC_0809DSC_0829

DSC_0855Crucé la plaza y antes de hacerles mil fotos a una mujer, a una iglesia ortodoxa, a uno de sus curas, a una clínica dental, a una librería extendida en la acera con la mercancía un poco pasada y a una tienda de muebles, que tenía trece sofás a la venta, le hice varias a una farmacia.  Primero por fuera y después por dentro.  Y cuando estaba dentro me salió el farmacéutico a preguntarme por qué, que lo preguntan muchos, por qué? por qué?  Y a mi no se me ocurrió otra cosa que decirle que mi hermana, quise decir mi hija, pero me salió que mi hermana tiene una farmacia  debajo de casa. Lo de debajo de casa se lo dije un poco mas bajo y en castellano.  Entonces se alegró y me dejó hacer las fotos. Qué ruin soy, que recurso de pícaro para hacer unas fotos que ni me salieron bien.  Me sentí tan mal que volví a los dos minutos y compré lo único que encontré que sabía lo que era, un jabón que no irrita la piel.DSC_0879

Volví por el palacio en que durmió Halei Selaisie y disparé de nuevo por entre la verja a un jardín que no dice nada y me fui andando hasta donde trabaja Javier, para que me llevara a casa en coche.
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Por la tarde se empeñó el cooperante que fuéramos a un barrio que le llaman Taiwan, porque todo lo que está a la venta viene de China.  Era una nave muy grande, muy grande, entre el rio y el barrio comercial donde habíamos ido a comprar mi móvil.  En aquella nave, que deben de ser seis o siete unidas, es como un gran bazar chino,  hay de todo de esa baja calidad  que tienen las tiendas  de los chinos.  La única diferencia es que aquí, no hay ni un solo chino ni es una sola tienda, son cientos de pequeños huecos donde hay cientos de personas vendiendo miles de cosas.  Pero muy especializado.  Unos venden ropa, otros sandalias, otros cosas de cocina y casa, otros arreglan ropa con una máquina de coser y otros mil mil cosas distintas.  Nosotros compramos un saco de arroz de cinco kilos.  Después kayumi y yo volvimos andando  y fue cuando le hice la foto a los halcones del palacio donde una vez durmió un rey que presumía de ser descendiente del rey Salomón.DSC_0936

Al final, como siempre, acabamos en el Elga.  En la terraza.  Y mientras esperábamos a Javier, yo crucé la calle y fui a hacerle unas fotos a unas guardias de la Ora, que no se como se llamará aquí, pero que se dedican a poner multas o, por lo menos, a controlar a los coches aparcados.  Con ellas ya había tenido mis mas y sus menos por unas fotos.  Así que insistí.  La mas reacia me pidió una coca cola a cambio.  Ya saben aquello, mis principios no me lo permiten; pero tengo otros.  Así que acabaron tomando dos zumos de frutas y una ración de bizcocho cada una que me costó un ojo de la cara, 52 birr, unos dos euros y dos céntimos.  Como Javier se retrasaba, Kayumi y yo nos volvimos en un bajaj para casa.  Yo iba a pararme en el ciber pero estaba cerrado.  Resulta que es cristiana y por aquí se celebra a San Gabriel.  Mañana es el día grande y en todas las iglesias dedicadas al arcángel acuden los fieles vestidos de blanco.  El cooperante quiere que vaya pero a mi no me apetece nada.  Me horrorizan las romerías.  Pero si voy os lo cuento.  Os vais a enterarDSC_0179DSC_0190DSC_0195DSC_0641DSC_0594DSC_0561DSC_0562

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