Veintiuno de diciembre

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Hice como siempre.  Me levanté temprano y me fui a desayunar a la calle. Leí el periódico y volví a enamorarme de Helen Hunt.  Siempre está ahí pero la veo tan poco que me olvido.  El País la traía en la primera página de la revista OnMadrid que reparte los viernes en la capital.  Está hermosa.  Las noticias del periódico también me animaron.  Parece que empezamos a ponernos de pié.  Los directivos de 118 ambulatorios madrileños han firmado su renuncia, que harán efectiva cuando se convoque el concurso de privatización de la sanidad madrileña. En Etiopía destinan el 4% del Producto Interior Bruto a sanidad, en España algo mas del 9% y en Alemania supera el 11%.

Sigo leyendo y el espíritu se me enaltece con Hollande que ha reconocido en Argelia los sufrimientos generados por la colonización francesa.  Y una alegría mas, multan con 119 millones de euros a las compañías de teléfonos por los precios abusivos de los SMS.

Y hay una página que parece escrita para mi, que me voy al mundo del hambre y la pobreza.  Las ONGs  denuncian la disminución de la Ayuda Oficial al Desarrollo, ADO, en los presupuestos de este próximo ejercicio.  Estará a niveles de 1981, en el 0,2% de la renta nacional bruta, cuando debería estar en el 0,7% para cumplir con lo requerido por la ONU.  El hachazo ha sido de un 70% desde el 2009.  Las cifras de la ayuda humanitaria son todavía mas escandalosas.  En los presupuestos del año 2010 se destinaba a ayuda humanitaria 127,5 millones, en los del 2013 serán tan solo 12,3  millones.  Ahora si que los recortes costarán vidas  directamente.

El taxista que no escuchaba la Cope cumplió.  A las once en punto acudía a buscarme y en poco menos de 20 minutos me dejaba en la terminal uno de Barajas, sin que notásemos en nada la huelga del transporte público.  O sí, no había autobuses y circulábamos mejor.  A las doce ya había facturado y pasado los scanners de seguridad y todavía me quedaban tres largas horas hasta que anunciaran el retraso indefinido del vuelo  de la compañía Egytair con destino a El Cairo.

Pero la primera sorpresa no fue el retraso del vuelo sino el que todas las cafeterías y restaurantes del aeropuerto estuvieran cerradas.  Había huelga.  Nada que objetar .  En  la tienda del duty free me hice con una bolsa de regañá, que son esos panes como onzas aplastadas y crugientes, y con una tableta de chocolate sin azúcares añadidos de marca Torras.

DSC_0053Embarcamos con hora y media de retraso, pero llegamos a la hora prevista.  Es la inexplicable efectividad del sur.  Del vuelo no tengo mucho que decir,  apenas de movió y en media hora ya estábamos sobrevolando el mediterráneo.  Me acordaré toda la vida de la mujer encantadora que me atendió en facturación.  Me ofreció una ventanilla pero eligió el asiento con menos espacio de todo el avión. Estuve aprisionado durante casi seis horas.  Tuve que hablar con la mujer del asiento de delante para rogarle que no reclinara totalmente su asiento porque si lo hacía me impedía abrir la pantalla del ordenador.  Me hizo caso y pude abrirlo unos treinta grados.  No había espacio para mas entre mi barriga y el asiento de delante.

Pero no quiero quejarme, pero el avión olía mal.  Íbamos muchos.  Era un aparato en el que antiguamente iban cinco asientos por fila y ahora han colocado seis.  Todo muy ajustadito.  Si hubieran quitado un poco de aire, nos hubieran transportado al vacio, como las bolsas de jamón de los super.  Pero fue un buen vuelo.  Incómodo pero bueno.  No se movió, lo que me liberó, que iba en ventanilla, de observar si el ala corría riesgo de romperse, se incendiaba el motor de mi lado o se veía correr aceite por el fuselaje.  Es verdad que hay una posibilidad entre mil millones pero también toca la primitiva, el euromillón y la lotería todas las semanas.  La tranquilidad del vuelo me evito ese trabajo extra.  Por lo demás bien.  El hombre que iba a mi lado resultó ser una persona muy amable.  Me enseñó a decir gracias, se dice algo así como dina sa.  Tampoco os fieis.  Mi oído no es bueno, llega incluso a garrafal.  Y, además, tuve que quitarme el sonetone porque vi que aparecía en las pantallas donde indican como ponerse el salvavidas, la cámara de oxígeno y los cinturones de seguridad.  Como no entendí nada, opté por quitarme el aparto y guardarlo.  Ignoro las razones.

Después de un largo tiempo, mi compañero de asiento se levantó.  Juraría que fue a lavarse las manos, a hacer sus abluciones, porque al regresar sacó el reloj del bolsillo y volvió a colocárselo en la muñeca.  En seguida se sentó y se puso a rezar.  Que bien, pensé, van a traernos la comida.  Aunque pensé que era una hora extraña, las cinco de la tarde.  Nos trajeron los periódicos.  Eché una ojeada y había mas hombres rezando.  Se inclinan mucho y mueven los labios.  No les debe valer pensar las oraciones. Su dios también se habría sacado el sonotone.  Eché mano de mis reganas de y mi tableta Torras y le ofreci un poco; pero sin verme se inclinó de nuevo sobre el asiento de delante y volvió a sus rezos.  Estará implorando que nos traigan la comida.  Me pareció bien.  Pero pasado otro largo tiempo y en vista de que por allí no pasaba nadie y como ya estaba harto de las regañás y del chocolate derretido, saqué mi última Pink Lady de la mochila y empecé a comérmela.  Y al segundo mordisco se abrieron las cortinas de primera clase y aparecieron las azafatas con el carrito de la comida.  Guardé la manzana en su bolsa y le agradecí a mi compañero de viaje sus rezos.  Pero no me hizo caso, seguía rezando.  Fue solo un instante pero me alegré de ser el dueño de la mochila que iba en el suelo.  Veo demasiadas series de HBO.  Etiopia me curara.

La comida ayudó a matar el tiempo.  No se le pide mas en los aviones. Por lo demás el viaje fue bien, por lo menos hasta las siete menos cuarto en que el reloj debió de pararse por lo menos tres o cuatro horas.  Pero aun así a las 20.30, hora española estábamos en El Cairo.  Con el tiempo justo de embarcar para Addis Ababa.

DSC_0065El segundo vuelo fue mas relajado, solo íbamos dos pasajeros por cada tres asientos e incluso pudimos dar alguna cabezadita.  Tampoco se movió el avión.  Todo sucedió como estaba previsto, salvo que Javier no estaba al otro lado de la puerta de  salida del aeropuerto.  Y que tampoco era de su teléfono el número que me había enviado unas horas antes, en el que salía un coreano que estaba en una fiesta particular en la ciudad de Nazaret.  Mi inglés es de cuando la primera lección consistía  en aprender a decir My tailor is rich.  Con mi oído y el método, la conversación con el coreano me pudo.  Colgué y me puse pegadito a los cristales de la puerta para ver si aparecía por allí mi salvador.  Volví a marcar el número de Javier y me volvió a salir el coreano.  Le expliqué que estaba esperando a Javier en el aeropuerto de Addis Ababa.  No se si lo entendió o no.  Pero mis gestos espabilaron a una etíope, guapa y baja, que vino sonriente en mi ayuda ofreciéndoseme para todo.  Hablaba un perfecto inglés del que a esas horas ya no entendía nada.  Me pidió el número lo marcó y en veinte minutos Javier estaba llamándola.  Sus favores me costaron 20 dolares.  Le dije que era una barbaridad pero me sonrio tan dulcemente, que me senti agradecido de que solo me hubiera pedido veinte.  Dejé el aeropuerto, crucé la carretera exterior, bajé un terraplén crucé una explanada de tierra  en la que había veinte o trienta grupos de diez o doce hombres y vi a lo lejos a Javier haciéndome señas.  Qué gordo estás! Le saludé afectivo.  Me pareció que para un hombre que lleva un tiempo en Etiopía ese podía ser un buen piropo.  Eran las dos y media de la mañana hora española, las cuatro y media hora oficial etíope y otra hora distinta para el hombre de la furgoneta que nos llevó hasta el hotel.  Apagué la luz a las cuatro por España.

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